Por Martín CifuentesEl fotógrafo qatarí que se enamoró de Chile
Khalifa Al Obaidly encontró en la costa chilena una luz que no se apaga. Viajó a Matanzas junto a un grupo de voluntarios del programa Years of Culture 2025 y, entre talleres, caminatas y conversaciones con los locales, descubrió en la arena negra del Pacífico una energía que, según él, “alimenta el alma”.

DOHA.- Lo primero que le impresionó fue la luz. Khalifa Al Obaidly, fotógrafo, recuerda con precisión su llegada a Matanzas, en la costa central de Chile. Pensó que perdería un día porque no estaba preparado para fotografiar, pero pronto notó que allí la iluminación era hermosa todo el día. Esa claridad constante, sin sombras que abruman, lo cautivó desde el primer momento.
A diferencia del dorado del desierto qatarí, filtrado por el polvo y el calor, en la costa del Pacífico encontró algo distinto: una vibración fría, limpia y abierta, donde “cada textura parecía respirar”. “En Doha tenemos arena dorada, pero en Matanzas encontré arena negra dorada, muy parecida a una arena real, especialmente por la luz y las sombras”, cuenta el artista visual, quién agrega: “Tiene una magia cuando la tocas, caminas sobre ella o te sientas en ella: es una terapia para el alma”.

En sus palabras, esa arena parece un ser vivo. Cuando camina sobre ella siente “una energía que viene de la tierra”, algo que recorre el cuerpo, la mente y el espíritu. “La arena de Matanzas es muy diferente... Es más gruesa, profunda, y cuando caminas sobre ella la sientes en el cuerpo y en la mente, con una energía especial”, plantea.
Khalifa viajó a Chile como parte del programa Years of Culture 2025, una iniciativa que busca fortalecer los lazos culturales y artísticos entre ambos países, impulsada por Qatar Museums. En Matanzas, participó en un voluntariado ambiental y comunitario que reunió a artistas, estudiantes y vecinos del lugar.

“El propósito principal de nuestra visita era el intercambio cultural, por lo que todo el tiempo tuvimos conversaciones con la gente... Nos comunicamos con gestos, con sonrisas, con miradas”, recuerda.
Durante varios días, el grupo trabajó en la limpieza de playas, en talleres de cerámica y en la creación de un mural colaborativo. “Esta es una de las fotos que muestra cuánto nuestro equipo estuvo involucrado y comprometido con la gente local en Chile”, relata sentado en un café de Doha, mientras revisa en su computador imágenes aún sin editar. “Fuimos conociendo más sobre Chile, sobre las personas, sobre lo que hacen y su vida diaria”, afirma. En sus fotos, las figuras aparecen delineadas por la luz de la tarde, con sombras que dominan y cuerpos que parecen moverse al ritmo del mar.

La cámara, por su parte, fue un puente hacia el paisaje. “El océano es la libertad, la sensación que tienes cuando ves las olas, el viento, la arena… recarga tu cuerpo y tu mente”, dice. Habla del mar como “un espejo del alma, un espacio que permite liberar lo acumulado”. “Cuando caminas con los pies sobre la arena, sientes cómo la electricidad del pensamiento se descarga hacia la playa y regresas lleno de energía positiva”, plantea.
En una de sus fotografías favoritas, el mar se extiende bajo un cielo pálido y la silueta de una voluntaria se recorta frente al horizonte. “Se puede ver cuánto la gente disfruta la libertad y la naturaleza, y cómo se expresan en el espacio”, asegura. Para él, la luz del Pacífico tiene algo casi espiritual, con una mezcla de silencio y movimiento que lo hizo pensar en la relación entre el hombre y el entorno.

Una tarde, el grupo visitó a un conjunto local que preserva canciones tradicionales del litoral. “Estuvieron cantando melodías que llevan la historia, la pasión, la tristeza y, aunque no hablo el idioma local, pude sentirlo... Me recordó a nuestras canciones del mar, con tonos y melodías similares”, dice. En esa coincidencia entre el canto del pescador chileno y el del buceador de perlas qatarí encontró un “reflejo íntimo, una resonancia ancestral”. “Las melodías tienen el mismo tono, vínculo con la naturaleza y los desafíos de la vida”, recuerda.
Khalifa también dedica tiempo a contemplar. “Me encanta sentarme en la arena o en las rocas, mirar las olas del océano y disfrutar de la brisa y el viento, porque alimenta el alma, alimenta y limpia la mente”, asegura. Su voz se suaviza al hablar del silencio compartido frente al mar, donde la luz cambia lentamente hasta hacerse sombra. “Esta es otra foto que muestra cuán pacífica puede ser la playa y la arena con la puesta de sol”, dice mientras recorre sus archivos.
De regreso en Doha, sigue editando las imágenes de ese viaje. Algunas las llama “fotografías de arena diamante”, porque el contraste del negro y el blanco le recuerda el brillo de una joya. “Es como una terapia”, repite. “Cuando veo esas imágenes siento que todavía estoy allí, escuchando el sonido del océano”, afirma.
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