Corazón caliente, cabeza fría

SEÑOR DIRECTOR:
Hace unos días el ex ministro de Hacienda Andrés Velasco hizo un reconocimiento que conviene subrayar: aunque el alza del salario mínimo, la reducción de la jornada laboral y el aumento de las cotizaciones puedan defenderse cada uno por separado, su acumulación en un lapso breve elevó el costo del trabajo y afectó el empleo asalariado. Es lo que muchos advirtieron cuando estas medidas se impulsaron: que sumadas y aplicadas simultáneamente podían terminar dañando a quienes buscaban proteger.
Que esa constatación provenga de la propia izquierda no es un detalle menor. Durante años se advirtió que el problema no era cada medida considerada en abstracto, sino su acumulación sobre un mercado laboral ya debilitado. Las tres medidas pueden sonar justas en el papel, pero en la práctica encarecen la contratación formal, especialmente para pymes, jóvenes y trabajadores con menor experiencia.
Hace más de un siglo, Alfred Marshall —quien dio forma moderna y popularizó el análisis de oferta y demanda— pedía a los economistas cabeza fría y corazón caliente. El corazón caliente apunta a un fin ético: abrir oportunidades a quienes no las han tenido. Pero ese fin solo se alcanza con cabeza fría; esto es, con evidencia, datos y análisis sereno, sin que el eslogan se imponga sobre la realidad.
Cuando el eslogan le gana a la evidencia, el costo no lo paga la consigna: lo paga el trabajador que pierde su empleo formal y el joven que no consigue entrar al mercado laboral. Ahí está la lección, y bienvenida sea la autocrítica. El desafío ahora es legislar con ambas cosas a la vez —corazón caliente y cabeza fría— para que la buena intención se traduzca, de verdad, en más y mejores empleos.
José Tomás Vergara
Economista y profesor UC
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