Por Francisco AravenaCanciones dedicadas en la era del algoritmo
En tiempos en que todo el mundo pregunta qué es lo realmente humano, aquí hay una idea: el arte de dedicar canciones.

Scrolling, scrolling, scrolling… Gracias a esa entelequia omnipresente que hemos acordado en designar como “el algoritmo” es común encontrarse con reels con un texto que dice “si este video te encontró ahora” -como si hubiera magia o un designio del destino involucrado- o mejor, “si esta canción te encuentra ahora”. Que el mensaje venga de “alguien” dedicando una canción tiene un sabor especial, quizás porque nos recuerda un ejercicio profundamente humano: pocas cosas se sienten más reales que mandar una buena canción.
Me encontré con un mensaje de esos en una de esas desveladas con el teléfono en la mano que toda la evidencia científica recomienda categóricamente evitar. Era una canción. Y claro que era para mí, cómo no. Innegablemente.
Dentro de la bella costumbre de dedicar canciones no existe motivación más grande que el dolor. Más aún si es en segunda persona singular. La canción como misil teledirigido a quien ha roto el corazón del hablante es un arte casi tan antiguo como la música y nos ha entregado un playlist invaluable. No voy a listar las grandes cumbres acá -aunque tengo que decir que el álbum Painted From Memory (Elvis Costello & Burt Bacharach, 1998) es el Everest absoluto-, pero viene al caso mencionar al menos la canción que encabeza todo ranking de canciones de desamor: Against All Odds (Take a Look At Me Now), de Phil Collins.
La nombro no tanto por las razones evidentes; más bien recuerdo algo que él mismo confesó una vez: que cuando la escribió -durante su primer divorcio, cuando llegó a su casa y su mujer se había ido con los niños- estaba pensando “cuando ella escuche esto, todo va a estar bien”. Así se lo dijo a Starlee Kine en un capítulo imprescindible del programa radial This American Life en 2007. En ese episodio, la periodista llega al ícono pop buscando la fórmula perfecta para escribir su propia canción de desamor, y en el camino repasa otras joyas del dolor cardíaco como I Can’t Make You Love me (If You Don’t), de Bonnie Raitt, y You Don’t Have to Say You Love Me, de Dusty Springfield. Hay algo genuinamente humano, profundo, hermoso e irracional en esas canciones que interpelan en segunda persona con la idea de “convencer” a un desamor de perder el prefijo. Esa resistencia siempre inútil contra la entropía del amor nos ha entregado canciones imprescindibles, pero difícilmente ha vuelto el tiempo atrás.
Y eso es cierto cuando el amor muere antes que las personas y también cuando sucede al revés.
Nunca había escuchado esa canción que encontré en mi desvelo. Wait for Me suena simple, directa, hecha por un cantautor indie que se hace llamar Somberbloom y que, según leería después, “canta sobre relaciones humanas, salud mental y duelo”. “Alguien que dejó este mundo demasiado pronto me pidió que te mandara esta canción”, decía.
Ya sabía que era para mí antes de que empezara a cantar.
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