Culto

El Cuarteto de Nos: los niños primero

El grupo uruguayo se presentó en el Teatro Municipal de Viña del Mar. Representa un punto de comunión y alegría entre padres e hijos, aunque con cierta ironía y crítica social subyacente. 

Un chico preadolescente le comenta entusiasta a otro que ha visto a un youtuber que analiza a El Cuarteto de Nos -”me encanta”, repite-, mientras el murmullo crece esta abochornada noche de jueves en el Teatro Municipal de Viña del Mar. La audiencia, una mezcla de padres e hijos sonrientes, eleva el tono de las conversaciones en la medida que se acerca el inicio del concierto, en la primera de dos funciones agotadas que rematan hoy viernes en la solemne y recuperada sala de la ciudad jardín. Cuando faltan escasos minutos, los chicos gritan el nombre de Roberto Musso, vocalista, guitarrista y líder de esta banda uruguaya que en los últimos cuatro años ha ejecutado un plan meticuloso e implacable para conquistar Chile, cuando ya son un nombre mayor en Argentina, Colombia y México. En tanto, en su país natal integran el inventario del rock charrúa, en una larga elipsis que los conecta desde el influyente Leo Masliah hacia fines de los 70 -un pionero en esa dosis de humor negro característica de la República Oriental, que con Los Tontos alcanzó el paroxismo-, hasta esta audiencia heterogénea atípica. Si para generaciones previas elegir a los ídolos era una manera de oponerse a los gustos parentales y marcar territorio estético y valórico, El Cuarteto de Nos representa un punto de comunión y alegría entre padres e hijos, aunque con cierta ironía y crítica social subyacente.

Se escucha de fondo a Twenty One Pilots y el público grita “cuarteto” caldeando el ambiente, hasta que la audiencia intuye por las imágenes de la pantalla que el arranque es con Cara de nada de Puertas (2025), el álbum que motiva la gira. Los chicos chillan hasta taladrar los tímpanos, particularmente por Roberto Musso, el líder que coge una máscara con el dibujo básico de un rostro inexpresivo, ocultando sus rasgos.

Con 64 años, Musso merece un punto aparte. A la distancia parece un Mick Jagger sin el swagger, consciente de su público, como si fuera una especie de amigo buena onda cubriendo el escenario con la energía propia de alguien en edad de ser su nieto, sin que resulte forzado. Musicalmente su genética está más cerca de Led Zeppelin que, digamos, artistas rock juveniles como Måneskin, en tanto despliega un encanto y carisma indisolublemente ligado a su trabajo en televisión, en una especie de doble rol entre cantante y animador con un preciso sentido del timing y lectura del ambiente. Como buen rioplatense, maneja el verso y es encantador. Relata historias breves para introducir los temas, abraza al guitarrista Gustavo Antuña y miran juntos hacia la cámara en una postal clásica del rock de otros días, e interactúa con las imágenes de la pantalla, que encajan la trama de Puertas con animaciones y letras.

Para una banda de su trayectoria que se encamina al medio siglo de actividad con rótulo de consagrada, lo habitual sería repasar pocos títulos nuevos y concentrarse en los clásicos; se da por sentado que el público aún no está familiarizado con las últimas canciones. En el Municipal de Viña fue al revés. El público coreó la gran mayoría de las kilométricas letras de Roberto Musso, cargadas de narraciones y personajes, palabra por palabra. “¡Yo no soy el hijo de Hernández!”, gritaron como consigna en El hijo de Hernández de Bipolar (2009), un corte paradigmático del fraseo vertiginoso del vocalista, una herramienta recurrente en su estilo, deudor de una fracción importante del rock latino de los 90 cuando se impuso la combinación de rap y metal. El Cuarteto de Nos nunca llega hasta ese borde de filo guitarrero -Antuña es económico en acordes-, pero suele cambiar el temperamento de su material recurriendo al acelerador rumbo a un rock ligeramente endurecido.

Entre medio caben trazos de candombe en Ya no sé; un brochazo de bailanta y dembow en Marioneta, hasta torcer irremediable con destino al rock; música bailable en El perro de Alcibíades, con un prólogo donde Musso habló del siglo V AC en la antigua Grecia, para explicar que las cortinas de humo desde el poder están en las entrañas de la historia. En momentos así, El Cuarteto de Nos parecía una especie de hermanos mayores de 31 Minutos, enseñando asuntos serios a nuevas generaciones con una dosis de humor y música de fácil retención.

“Fueron más astutos”, coreó el público en Ganaron los malos, una de las nuevas; “te amo Roberto”, gritaron un grupo madres e hijas en la platea mientras el cantante introducía Maldito show. En Contrapunto el espectáculo bajó de intensidad, con Musso solitario en el escenario en una interacción con la pantalla replicando parte de la letra. El pop volvió con Esplín, también parte del nuevo álbum. La mezcla de rock y rap arremetió en Rorschach -“solo veo manchas”, cantaron al unísono Musso y el público-; guitarra acústica para Me amo -“yo soy lo más grande que hay”-; sentimientos de soledad adolescente en Cinturón -“caminé por la ciudad con la mirada perdida”-, y power pop en Invierno, la última antes del bis.

Una estrategia eficaz ha llevado a El Cuarteto de Nos a una constante escalada por Chile en lo que demora un ciclo presidencial, desde el debut en el teatro Coliseo en 2022, para pasar al Caupolicán al año siguiente junto a festivales como Frontera y SurActivo, hasta un multitudinario concierto el pasado 7 de junio en el Movistar Arena. La estratagema continúa como cabezas de cartel para Rec en marzo en Concepción, como si se tratara de un preludio que en algún momento los podría llevar a escasa distancia del Teatro Municipal de Viña del Mar, rumbo al anfiteatro al aire libre más famoso del país al interior de la Quinta Vergara, a ese festival internacional de la canción que lleva orgullosamente el nombre de la ciudad.

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