Por Rodrigo GonzálezHangar Rojo: El Aviador en su Laberinto
Basada en un caso real, Hangar Rojo aborda la encrucijada de un capitán de la Fuerza Aérea que tras el Golpe debe decidir entre la obediencia jerárquica o lo que le dicta su conciencia. Sorprenden la actuación de Nicolás Zárate y el gran oficio narrativo del director Juan Pablo Sallato.

El capitán Jorge Silva (Nicolás Zárate) anda por los 35 años y sin tener cara de muchos amigos, tampoco parece hacerle daño a nadie. Es un modelo de obediencia, eficacia y trabajo en una institución donde ese tipo de cualidades son las más apreciadas. La verticalidad en el mando es su motor, aunque tampoco es un bastardo sin gloria en el trato con subalternos.
Como debe ser, nunca se ablanda para que se dejen de cumplir órdenes rutinarias del tipo levantarse a las 6 de la mañana, terminar de hacer la cama a las 6.05, entrar a la ducha a las 6.15 y salir de ella a las 6.20.

En realidad nadie sabe mucho lo que piensa el capitán Silva y eso es bastante conveniente en el mundo castrense, sobre todo si quedan pocas horas para que el país viva un Golpe de Estado. El oficial de la Fuerza Aérea vive junto a su pareja, una profesora de la Universidad Técnica (actual Universidad de Santiago) que se queda dormida con la ropa puesta en la cama hasta altas horas de la noche esperando su llegada.
En esos momentos se dejan ver las pocas emociones de Silva. Su convivencia con Rosa (Catalina Stuardo) al menos hace suponer que tiene un proyecto de vida más allá de su profesión. Aún así, ese detalle no basta para transformar al capitán en un personaje con vuelo propio (ironía semántica, considerando su profesión), en un proyecto de héroe o en un candidato a villano.

Lo que activa todo acá son las circunstancias extraordinarias en el contexto de la grisácea monotonía militar. Uno de los personajes lo dice en una escena inicial: “Me hacía falta acción y aquí en Chile la tengo”, comenta el coronel Mario Jahn (Marcial Tagle) al informar al capitán Silva de la decisión de transformar un hangar, el llamado “hangar rojo”, en un centro de detención y tortura pocos días después del 11 de septiembre de 1973.
Es una encrucijada en que ya no se puede ocultar lo que uno piensa y el inalterable Silva tendrá que mostrar sus cartas en la mesa. ¿Está a favor o en contra de la institución? ¿Se dispone a seguir con el plan de sus superiores hasta las últimas consecuencias?

Él quiere proyectar que sí y sin que se le mueva un músculo le dice a su coronel: “Yo no tengo nada que pensar. Soy un miembro de la Fuerza Aérea y estoy a disposición de lo que digan mis superiores”. La cámara sobre el hombro, muy al estilo del cine de los hermanos Dardenne, sigue a nuestro personaje por todos lados y tarde o temprano el espectador puede suponer que el capitán sí tiene mucho que pensar.
Por otro lado, su superior Jahn es el recuerdo vivo de un “pecadillo” previo. Alguna vez Silva logró desarticular un intento de asesinato en contra del presidente Salvador Allende donde participaba precisamente Mario Jahn. Ahora, tal como él mismo se lo dice al coronel Soler (Boris Quercia), le puede haber llegado la hora de pagar por ello.

Es sorprendente el nivel de soltura narrativa en el primer largometraje de ficción de Juan Pablo Sallato. Sin embargo, si se atiende a que el cineasta tiene una larga trayectoria en producción y que además co-dirigió el documental Ojos Rojos (2010), no hay tanto de qué asombrarse. Oficio le sobra a esta película.
Lo más valioso es que además logra contar una gran historia basada en hechos reales valiéndose de pocos recursos en la producción, pero con una caracterización magnífica de Nicolás Zárate como el hierático militar que ahora deberá pensarlo dos veces antes de decir siempre “sí, señor”.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
1.
3.
4.
Algunos leen, otros se informan. Aprovecha esta oferta única.
Plan Digital+$4.120 al mes, de aquí hasta fin de año SUSCRÍBETE


















