Por Jaime BaylyQué pena me das: un relato de Jaime Bayly
La otra noche salí a cenar con mi esposa en un restaurante cercano a casa, sin sospechar las consecuencias catastróficas de aquella decisión, sin imaginar a los enemigos agazapados que nos esperaban para emboscarnos.

La otra noche salí a cenar con mi esposa en un restaurante cercano a casa, sin sospechar las consecuencias catastróficas de aquella decisión, sin imaginar a los enemigos agazapados que nos esperaban para emboscarnos.
Llegamos puntualmente a las nueve y media. No nos sorprendió que, siendo un sábado, el lugar se encontrase desbordado de gente bulliciosa que hablaba y reía a gritos. Nos asignaron una mesa pequeña, mal ubicada, demasiado cerca de otros comensales. Pensé que nadie me reconocería. Si bien llevo más de cuarenta años saliendo en las televisiones americanas, ya nadie ve mi programa.
Los primeros en ponerse de pie y acercarse a nuestra mesa con ánimo beligerante fueron dos peruanos, un hombre y una mujer, que vestían atuendos coloridos, relojes de alta gama y joyas llamativas. De inmediato nos pusimos de pie y los saludamos amablemente. Perplejos, vimos cómo ellos jalaron sus sillas y se sentaron a nuestra mesa, sin pedir permiso para dicho abordaje pirata. A continuación, el caballero con aires de magnate me amonestó porque he anunciado que no votaré en las elecciones presidenciales peruanas:
-Estás dando un pésimo ejemplo a la juventud -me dijo-. Tú eres un referente, un líder de opinión. ¿Cómo puedes viciar tu voto, cuando está en juego el futuro de tu patria?
Me sorprendió la virulencia de su ataque.
-No voy a viciar mi voto -le aclaré-. En realidad, no voy a votar.
-Yo tampoco -se unió valerosamente mi esposa.
Los peruanos indelicados hicieron un gesto de reprobación, nos miraron con lástima y la señora nos fustigó sin miramientos:
-¿O sea que les da igual que gane Keiko o que gane la izquierda? ¿No comprenden que, al no votar, les hacen el juego a los comunistas?
-No somos comunistas -le dije, con una sonrisa piadosa-. Pero prefiero no votar porque, siendo periodista y escritor, mi mejor contribución al país no es hacer propaganda política, sino preservar mi independencia y estar en la oposición al poder de turno.
Me miraron como si fuese un insecto, una alimaña.
-Qué pena me das -dijo el peruano-. Te has convertido en un caviar. Te das el lujo de vivir en Miami como millonario, pero dices que eres de izquierda.
-Qué buena ostra la tuya -comentó la peruana, altiva, desdeñosa.
Mi esposa los miró con abierta hostilidad y no se reprimió:
-Si apoyar a Trump es ser de derecha, nosotros somos de izquierda -les dijo.
-No podemos apoyar los abusos de Trump -la secundé-. Su gobierno nos da vergüenza.
Contrariados, los peruanos impertinentes se pusieron de pie. Mirándome con saña, el señor sentenció, antes de irse:
-Si ganan los comunistas en el Perú, tú serás el responsable.
Luego se retiraron a seguir hablando mal de nosotros y bien de Trump.
Cuando recién nos recuperábamos de aquella emboscada, se acercaron dos argentinos, un hombre y una mujer. Permanecimos sentados. Alto y apuesto, el argentino me dijo:
-Vi tu entrevista con Novaresio. Le pegaste muy duro a Milei.
-¿Vos no lo apoyabas a Milei? -me preguntó la argentina.
-Porque le diste durísimo, le dijiste autócrata, dictador -se animó él.
-La verdad, pareciste un zurdo -remató ella.
Tomé aire. Me armé de paciencia. Miré a mi esposa. Ella observaba a los argentinos confianzudos sin disimular su animosidad.
-Yo quiero que a Milei le vaya bien -me defendí.
-No pareció que lo bancás -me dijo el argentino-. Pareció que lo querés defenestrar.
-Yo amo a la Argentina -insistí-. Por eso fui a la feria del libro, pagándome el viaje.
-¿Pero vos no lo apoyaste a Milei cuando era candidato? -me preguntó la argentina.
-Sí, lo apoyé -dije-. Y no me arrepiento. Pero ahora no puedo aplaudirlo.
-¡Pero la economía está mucho mejor! -se impacientó el argentino-. ¡Hay menos pobres, gracias a él!
-Puede ser -dije-. Pero no puedo aplaudir que insulte a periodistas serios, honorables, que son mis amigos.
-¡Pero esos periodistas lo critican porque son unos zurdos ensobrados! -opinó mi detractor.
-No es verdad -dije, impacientándome yo también-. Ha insultado a los mejores periodistas argentinos: a Fernández Díaz, a Morales Solá, a Pagni, a Longobardi, a Novaresio.
-¡Zurdos! -se crispó la argentina-. ¡Todos zurdos!
-No sé si son zurdos -dije-. Son buenos periodistas. Ejercen el oficio con dignidad. Comprenden que su papel no es aplaudir como focas amaestradas a Milei, sino criticarlo.
-¡Estás haciéndole el favor a Cristina! -me acusó el argentino-. ¿Querés que Kicillof sea presidente? ¿Querés que vuelvan los kukas?
-No, claro que no -dije-. Me gustaría que Macri vuelva a ser presidente.
Se hizo un silencio. Los pillé desprevenidos. Entonces continué:
-Y me parece que Milei abusa de su poder cuando insulta a periodistas honorables, llamándolos basura humana, inmundicia humana, delincuentes malparidos.
-Es una pena, pero no seguiré viendo tu canal de YouTube -me castigó la argentina.
-Y si gana Kicillof, vas a extrañar a Milei, boludo -me vapuleó el argentino.
Quise decirles que hemos comprado entradas para ver dos partidos de la selección argentina en el mundial de fútbol, pero no me dieron oportunidad, porque se retiraron, ofuscados, a seguir comiendo unos platos que el rencor acaso les había enfriado.
-No volvemos más a este restaurante -me dijo mi esposa, abrumada, bajando la voz.
-Estamos rodeados de enemigos -le dije.
Lo peor, sin embargo, estaba por venir. Ya sabíamos que la isla apacible en que vivimos estaba superpoblada de derechistas fogosos que amaban a Trump, así como no ignorábamos que ese restaurante de cocina mediterránea, el más caro del vecindario, solía reunir a ricachones presumidos, con aires de grandeza, pero no imaginamos que aquella noche sería tan terrible, una suma de malos azares.
Cuando mi esposa trataba de comer su pescado con aceitunas y yo mi pollo relleno de queso y espinaca, seis venezolanos, al parecer tres parejas, abrieron fuego verbal, desde la mesa vecina, contra nosotros:
-No me gustó nada que criticaras a María Corina -me dijo un venezolano, borracho.
-No la he criticado -le respondí.
-Dijiste que no debió regalarle la medalla del Nobel a Trump -me espetó el venezolano beodo.
Guardé silencio.
-María Corina tiene más huevos que tú, marico -me dijo otro venezolano, también pasado de copas.
-Sin duda -dije, sonriendo.
-¿Te acuerdas de mí? -me preguntó a quemarropa una venezolana ebria.
-Mil disculpas, pero no me acuerdo -respondí, y mi esposa soltó una carcajada insolente que amé.
-Negociamos un audiolibro, pero no pude convencerte -me dijo.
-¿Por qué? -pregunté.
-Porque tenías que leer tu novela y no quisiste -dijo ella.
-Mil disculpas -le dije.
-¿Qué crees que va a pasar en Venezuela? -me preguntó, achispado, el que me había dicho marico.
-Nada bueno, mientras Trump siga de luna de miel con Delcy -me permití la franqueza.
Los seis me miraron con manifiesta hostilidad.
-¿Tú conoces Venezuela? -me preguntó una venezolana.
-Si, fui una vez -dije.
-¿Y ella es tu hija? -preguntó un venezolano con gafas, señalando a mi esposa.
-No, soy su esposa, y la madre de su hija de quince años -dijo Silvia, y la amé.
Me quedó claro que los seis venezolanos alcoholizados no veían mi programa, ni mi canal de YouTube, ni leían los libros de Silvia ni los míos.
-Hace poco publiqué una novela sobre Chávez -les dije, pero ninguno se interesó.
-No sabíamos -dijo uno, mientras se miraban con perplejidad.
-¿Quieres leerla para un audiolibro? -preguntó la venezolana más embriagada.
-No, gracias -me excusé-. Y ya está en audiolibro.
-¿Te gustaría que Marco Rubio sea presidente después de Trump? -me preguntó uno de los venezolanos.
-No -le dije-. Es un adulón de Trump. Y Trump no me gusta nada.
-Gracias a Trump, puedes darte la gran vida en Miami, sin que te deporten -me enrostró una venezolana insidiosa.
Mi mujer su puso de pie y, mirándolos con la animadversión que ellos se habían ganado, anunció:
-¡Nos vamos! ¡No los aguanto más!
Me puse de pie y caminamos resueltamente hacia la salida. Dos camareras corrieron tras nosotros. Las esperamos afuera. Nos trajeron la cuenta. Se disculparon. Pagamos.
-No vuelvo más a este lugar -dijo mi esposa.
Abatido, pensé: puedo cenar en este restaurante tan caro gracias a la televisión, pero no puedo hacerlo tranquilamente, disfrutándolo, por culpa de la televisión, ¿es un buen intercambio ganar bastante dinero a cambio de perder tanta libertad? Me dije entonces en silencio: tal vez he vivido una vida equivocada, persiguiendo la fama y la fortuna, y no la libertad.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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