Por Pablo Retamal N.Roberto Bolaño y Nocturno de Chile: 25 años de la novela en que miró la chilenidad con el horror del pasado
Publicada en noviembre del 2000, Roberto Bolaño la consideró una "novela fallida", mientras que su editor la llamó "una pequeña obra maestra escalofriante". Para los expertos, este "caballo de Troya" literario es fundamental para entender al genio chileno, pues a 25 años de su publicación, sigue abordando el trauma nacional sin concesiones. Esta es su historia.

I
Sin poder despegarse del vicio, lo primero que comentó Roberto Bolaño Ávalos en el Instituto Cervantes de Londres, donde llegó en marzo del 2003, es que le extrañaba que no se podía fumar. El comentario -con su habitual humor negro marca de la casa- causó las risas del público que había llegado a verlo. Por esos días, estaba presentando la traducción al inglés de una novela que había lanzado tres años antes, Nocturno de Chile.
Publicada en noviembre del 2000, para Bolaño se trataba de una novela bastante “sencilla”. Esto, claro, dentro de sus propios parámetros como escritor, pues él estaba acostumbrado a construcciones complejas, al cruce de voces, a los saltos en el tiempo y a una prosa más bien densa (el manual de lo que solía considerar una “novela río”). Lo cierto es que, en rigor, en esta ocasión la sencillez fue un hecho: es un solo gran párrafo donde el sacerdote del Opus Dei y crítico literario Sebastián Urrutia Lacroix, conocido por su pseudónimo de H. Ibacache, habla en un delirio febril. Es una noche cerrada y sabe que se está muriendo. El personaje en un claro trasunto del cura José Miguel Ibáñez Langlois, el hombre detrás de Ignacio Valente, acaso el crítico literario canónico del siglo XX chileno, cuyo pulgar hacia arriba o hacia abajo en las páginas de El Mercurio, podía tanto levantar una carrera literaria, como sepultarla.
En medio del ardor de la fiebre, Urrutia Lacroix va recordando diferentes momentos de su vida, que son además cruzados por el pasado de Chile: la visita a la hacienda Là Bas de Farewell, un destacado crítico literario en los años 1950; su viaje por Europa para estudiar técnicas de conservación de iglesias en los años 1960; las clases de ideología marxista que realizó para Augusto Pinochet y los generales de la Junta Militar de Chile en los años 1970; y sobre todo, las tertulias literarias a las que asistía en casa de la escritora María Canales, donde en medio de las charlas sobre libros se vivía el horror de la tortura a los opositores. Acá Bolaño recogía el guante respecto a la historia -poco conocida entonces- de la escritora Mariana Callejas y su casa en Lo Curro, usada por su esposo, el agente de la DINA Michael Townley, como centro clandestino de detención.

En el lanzamiento, Bolaño recordaba que el principal problema que se le había presentado era el de construir la voz del cura. Probablemente, no quiso replicar una voz eclesiástica de manera tan exacta (se le parecería más a un sermón que a una novela), sino que pensó en construir un artefacto narrativo que funcionase. “Los problemas formales pequeñísimos, si mal no recuerdo, son: la velocidad, el engarce de historias de alguna forma se constituyen en los eje de una vida; y la voz del protagonista, y que tenía que ser una muy nerviosa, pero que tenía que ser evidentemente una voz católica”.
¿El problema? Bolaño no era ni de cerca un asiduo a las iglesias, por lo que no estaba tan familiarizado con el lenguaje tan especial que usa un sacerdote, siempre a medio camino entre lo sacramental, lo elegíaco y lo paternalista. “La última vez que entré a una iglesia fue hace treinta y muchos años”, dijo. Aunque hubo un personaje que lo terminó salvando del paso. “Nunca he tenido un cura amigo y aunque en Blanes hay un sacerdote que es más o menos mi amigo cuando le dije que estaba escribiendo esta novela en que la Iglesia Católica no queda muy bien él me dijo: ‘Tú, tira, tira que la Iglesia lo puede aguantar todo’ y probablemente tenía razón”. Añadió que el cura de Blanes en cualquier momento podría aparecer muerto, porque le iba “al lado salvaje de la vida”.
Y Urrutia Lacroix, seguía Bolaño, era lo contrario. En su condición de Opus Dei, apelaba más bien al lado apolíneo de la vida, “pero que entra en una dinámica dionisíaca, es decir, entra en una dinámica no sólo de excesos corporales y excesos sentimentales sino que de excesos criminales”. Y fue ese viaje de Urrutia, del tedio de la vida bucólica al ethos excesivo, lo que Bolaño quiso poner en la novela, y que según él, quedó un poco al debe. Incluso -como siempre demostrando ser su peor crítico-, se atrevió a cruzar la línea imaginaria entre la autocomplacencia y el dolor para decir que Nocturno de Chile era una “novela fallida”.

II
Pero lo cierto es que más allá de lo que opinara Bolaño, Nocturno de Chile ocupa un lugar destacado entre su obra. En declaraciones a El País apenas salió publicada por la casa Anagrama, su editor, Jorge Herralde, la definió como “una pequeña obra maestra escalofriante”. La gracia de la novela es que fue escrita después de sus dos visitas al país después de 25 años de ausencia, en 1998 y 1999. Regresó a Chile laureado con los prestigiosos Premio Herralde de Novela y el Premio Rómulo Gallegos, que le fueron concedidos por Los detectives salvajes (1998) acaso su obra mayor.
Después de esta vino Amuleto (1999) una novela brevísima donde tomó un pasaje de la anterior y la convirtió en una narración independiente, ambientada en México (y los mexicanos perdidos en México). Pero ahora volvía a reencontrarse con Chile, de golpe, de sopetón, y mirándole la cara de frente al pasado. Así la describió la crónica de El País, del 22 de noviembre del 2000.
“Nocturno de Chile es la segunda obra de Bolaño ambientada en su país natal, de donde se marchó seis meses después del golpe de Estado que terminó con Salvador Allende. ‘Y en esos seis meses’, dijo el escritor, ‘lo pasé realmente mal’. Precisamente la subida al poder de Allende es el punto de partida de uno de los cuadros más singulares de la obra, aquel en que Sebastián Urrutia, el sacerdote, enseña los rudimentos del marxismo a un grupo de generales golpistas, tal como efectivamente sucedió en realidad. ‘Y encima los manuales que utilizaban eran los trágicamente célebres de Marta Harnecker y Eduardo Galeano, tan malos que probablemente son los responsables de que las revoluciones nunca hayan triunfado en Latinoamérica’“.

El escritor nacional Diego Zúñiga siempre se ha reconocido como un atento lector de Bolaño. Por supuesto, atendió las consultas de Culto. “Creo que Nocturno de Chile es una de sus novelas fundamentales. Sé que no estoy diciendo nada muy original, pero es de las que mejor ha envejecido, junto a Estrella distante”.
Para el escritor Antonio Díaz Oliva, es un título que puede ser muy útil para el curioso que siempre ha tenido ganas de leer a Bolaño sin saber muy bien cómo hacerlo. “Empecemos por el que, en la literatura, así como en la vida, nada es fundamental ya que el olvido, el lento progreso del olvido, hace de las suyas. Pero creo que Nocturno de Chile, así como sus cuentos, es una buena forma de ingresar al Universo Bolaño. De alguna forma, Nocturno de Chile es como un caballo de troya, ya que es pequeña pero dentro de sí hay varios temas y personajes que se meten en la mente del lector, y que luego hacen que todo implote y salpique esquirlas de la sangrienta historia de la América Latina de los sesenta y setenta”.
“Creo que a la distancia Nocturno de Chile ha crecido. La volví a leer hace unos años, y la novela me empujó a investigar varias cosas sobre los personajes reales que aparecen velados por la ficción: me refiero por supuesto al cura pinochetista y Opus Dei Sebastián Urrutia Lacroix y a la escritora María Canales y su taller literario, ambas, como se dice por ahí, son ‘metáforas del Chile infernal de la dictadura militar’”.

Pasemos a reflexionar sobre los ejes de esta novela. Para el hombre de Camanchaca, en Nocturno de Chile estamos en presencia de un Bolaño en el prime de su carrera como escritor, y que estando en ese pináculo, aprovechó de escribir una de sus novelas más ligadas al país. “Hay en Nocturno de Chile una muestra bien impresionante del talento narrativo de Bolaño, de su virtuosismo. El despliegue técnico que sostiene la historia, la construcción de esa voz —muy en el tono de Bernhard—, el trabajo con el ritmo, todo dispuesto para entrar, además, en uno de sus temas favoritos, que era la relación entre literatura y fascismo. Esto, de hecho, vuelve muy contingente la novela. Y en ese sentido no es casualidad que sea una de sus novelas más chilenas”.
Díaz Oliva recoge el guante: “Lo primero, y bastante obvio, es el título; el que Chile aparezca en el título de una obra de Roberto Bolaño, quien por lo demás tenía una relación de tira y afloja con Chile. Nuestro país era tanto una utopía personal como una distopía nacional, y hasta latinoamericana, porque como se sabe, intentó volver a Chile, unirse al proyecto socialista de Salvador Allende y la UP, y le fue mal. Al igual que al país. Todo terminó truncado, y creo que ahí nace el Bolaño escritor latinoamericano. Ahí se gesta esa visión de romántico fallido que tenía. Entonces hay que leer esta novela como aquella en que Bolaño, sí, ajusta cuentas con Chile, o lo que es el fantasma de ese país —que no es más que un paisaje— llamado Chile”.

“Segunda clave: el tamaño. Estamos hablando de una novelita. Apenas 150 páginas. Creo que esta obra, así como otras de él (Monsieur Pain; Amuleto; Estrella distante), se inscribe en la tradición de la nouvelle o novela corta. Y, así pensando al boleo, no sé si este género tiene tantos casos en las letras chilenas. En cualquier cosa, yo leo Nocturno de Chile al lado de Otra vuelta de tuerca y Los muertos de Joyce y la obra breve de Juan Carlos Onetti. Pero también la obra novelística corta de Gabriel García Márquez, la cual, ahora mismo, es la que más me interesa. De hecho, creo que Nocturno de Chile es como La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba, pero pasado por ácido”.
“Tercera clave: volvamos al título. Bolaño toma lo de Enrique Lihn (‘Nunca salí del horroroso Chile’) y lo hiperboliza; o sea, el primer título de esta novela era Tormenta de mierda. Por mucho que Bolaño intentó escapar y convertirse en otra cosa (mexicano/chilango; español/catalán) nunca pudo salir de la chilenidad. Y ya desde España, el recuerdo de Chile, para Bolaño a veces era eso: una tormenta que pasa y arrasa ciertas memorias y deja mierda tras de sí”.
Tal como menciona Díaz, Bolaño pensó, hasta muy avanzada la novela, en titularla Tormenta de mierda, la frase con que cierra. Años después, en su famosa última entrevista que le concedió a la periodista argentina Mónica Maristain, comentó que “entre (Juan) Villoro y Herralde” lo convencieron de que cambiara de idea. “Pensé que este título podía alejar a cierto tipo de lectores un poco más timoratos”, explicó Herralde en el documental Roberto Bolaño, el último maldito (2010).

III
Al poco tiempo de publicar Nocturno de Chile Bolaño recibió en su casa de Blanes, la pequeña localidad mediterránea donde vivía, a la periodista chilena Melanie Jösch, quien lo entrevistó para la revista Primera Línea, de Barcelona. Hoy, Jösch es la directora editorial de Penguin Random House en Chile, y recuerda ese momento con Culto. “Cuando llegué a Barcelona, lo primero que quise hacer fue conocerlo. Tomé un tren y me fui a Blanes. Ya lo había entrevistado antes por teléfono, y ahora era corresponsal para un diario chileno: la excusa perfecta para verlo en persona. Siempre lo consideré un genio, sobre todo después de leer esa obra maestra que es Los detectives salvajes. Mi encuentro con él lo confirmó”.
Por entonces, Bolaño tenía una imagen de controversial y polémico ante los medios, sin embargo, Jösch se encontró con un perfil distinto. “Era capaz de convertir cualquier historia en un relato, hilando con facilidad y mezclando con tu propia experiencia o con lo que surgiera en la conversación. Todo se transformaba en literatura, al vuelo. Un hombre muy inteligente y amable, muy distinto a la imagen que se tiene de él por sus polémicas frases”.

La novela llevaba poco tiempo en los escaparates, las reseñas estaban comenzando a aparecer, pero Bolaño ya tenía algo muy claro: escribir sobre Chile y chilenos reales, aunque fuesen ficcionales, tenía costos. Eso fue lo que le comentó a Jösch. “Si yo viviera en Chile, probablemente nadie me perdonaría esta novela. Porque hay más de tres o cuatro personas que se sentirían aludidas, que tienen poder y que no me lo perdonarían jamás”.
¿Habrá sido tan así? Para Jösch no era una idea al vuelo, y comparte el juicio de Bolaño: “Eran años de mucho encierro ideológico, en los que no se podía hablar de dictadura, donde muchos negaban la violación a los derechos humanos y para otros Pinochet seguía siendo el salvador de Chile”.
De todos modos, también hablaron de literatura. Bolaño, siempre preocupado de correr la verja más allá, le comentó a Jösch que Nocturno de Chile le parecía mejor que Los detectives salvajes: “Por algo muy sencillo. La novela es un arte imperfecto. Tal vez sea, en la literatura, el más imperfecto de todos. Y a más páginas escritas las posibilidades de lucir tus imperfecciones son mayores”.

Para Diego Zúñiga el gran aporte de esta novela -hoy disponible por Alfaguara- es que fue la llave que abrió un mundo que por entonces seguía siendo nebuloso. “Es una de las pocas que ha indagado en lo que fue el mundo cultural chileno en dictadura. Hoy tenemos las investigaciones de Juan Cristóbal Peña —tanto en Letras torcidas como en ese librito extraordinario que es La secreta vida literaria de Augusto Pinochet—, y también estaban las crónicas de Lemebel por supuesto, pero en términos de ficción, Nocturno de Chile sigue siendo una novela poderosísima que estudia la estrecha relación entre poder, cultura y fascismo que se dio en nuestro país, y de la que todavía, me parece, quedan muchas cosas por decir. Es una novela sobre la impunidad también, o sea, una novela sobre Chile”.
Para Melanie Jösch, Nocturno de Chile es una muestra más de que Bolaño nunca olvidó sus orígenes: “Creo que Chile está en el alma de todas sus obras. Quizás en 2666 menos, aunque allí también aparece la violencia que él conoció en su país natal y contra la cual escribió en varias de sus novelas, como Estrella distante, otra obra maestra inolvidable”.
Antonio Díaz Oliva remata: “Si definimos la chilenidad como un habla (pienso en los diálogos de películas de Raúl Ruiz; en poemas de Nicanor Parra), entonces esta novela es chilena. Digo, creo que es chilena en cuanto a que hace de la copucha un arte; porque Bolaño toma mitos e historias de la sociedad y cultura chilena (que entonces no eran tan conocidos, como Mariana Callejas) y los pone en formato de novela. Los escritores chilenos son muy copuchentos, y él lo era en extremo. O por lo menos eso me dicen los que lo conocieron y frecuentaron, aunque también es cosa de leer sus entrevistas. La novela ha crecido. Sigue siendo relevante, ya que fue la primera en mitificar el taller de Mariana Callejas”.

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