Ataque contra el régimen iraní
La acción militar de EE.UU. e Israel tiene por objetivo declarado el cambio de régimen, pero la falta de un claro liderazgo opositor al interior del país y el sólido entramado institucional del régimen hacen difícil que éste colapse en el corto plazo.

La acción militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra el régimen iraní iniciada la madrugada del sábado pasado apunta directamente al cambio de régimen en ese país. Así lo dejó claro el propio Presidente de Estados Unidos y lo ratificó el hecho de que uno de los primeros objetivos de los bombardeos fueran las instalaciones donde se encontraba el líder Supremo, Alí Jamenei. Fue precisamente el acceso a información clave sobre su paradero lo que, según algunas versiones, habría acelerado el inicio de la operación Furia Épica. En ese mismo lugar, además, murieron el comandante en jefe de la poderosa Guardia Revolucionaria iraní y el ministro de Defensa y, según Donald Trump, sólo en el primer día de operaciones fueron alcanzados 48 altos mandos iraníes.
Lograr el colapso del régimen, sin embargo, no será fácil y la resiliencia mostrada tras la muerte de su líder supremo es prueba de ello. Teherán no sólo anunció a las pocas horas la instalación de un triunvirato que se hará cargo del país, integrado por el presidente, el jefe del poder judicial y un estrecho asesor de Jamenei y vicepresidente de la Asamblea de Expertos -el organismo encargado de elegir la nueva cabeza del régimen-, sino que lanzó un masivo contrataque contra Israel y varios países del golfo. Más de 1.200 misiles fueron disparados en las primeras 24 horas de la guerra. Esperar que el sistema se derrumbe sin una intervención en terreno parece difícil, considerando el sólido entramado institucional construido tras la revolución islámica y el rígido sistema de control policial de la ciudadanía.
Es una realidad que Irán se ha venido debilitando sostenidamente en los últimos años, tras una serie de derrotas del llamado “Eje de la resistencia”. Hezbolá, por ejemplo, quedó seriamente golpeado tras la ofensiva israelí de 2023 y 2024 y lo mismo sucedió con Hamas, sin contar con el colapsó del régimen de Bashar Al Assad, en Siria, principal aliado de Teherán, a fines de 2024. Paralelamente la economía iraní enfrenta una severa crisis, agravada por las sanciones internacionales, que gatilló la masiva ola de protestas de fines del año pasado, violentamente reprimida. Pero pese a esa extrema debilidad del régimen de los ayatolas y el fuerte descontento interno, sin un liderazgo opositor claro al interior del país resulta difícil encauzar el malestar ciudadano para lograr así derrocar a las actuales autoridades, como planteó el propio Presidente Trump.
Frente a este escenario, el futuro del actual conflicto no parece de fácil resolución –el propio Presidente de Estados Unidos habló de cinco semanas o más- y crece el riesgo de que siga escalando. No sólo Francia y Reino Unido anunciaron que desplegarán fuerzas militares en la zona para proteger sus intereses, sino que Turquía aseguró que derribó un misil iraní que iba hacia su territorio. Como país miembro de la OTAN, un ataque en territorio turco podría activar el artículo 5 y arrastrar a toda la alianza atlántica al conflicto. El régimen iraní parece dispuesto a seguir contratacando y ha insistido que no está dispuesto a negociar, como sugirió el domingo Donald Trump. Por ello, de mantenerse en esa posición, el futuro de la guerra sólo estará determinada por la verdadera capacidad militar del régimen, algo que pocos parecen tener claro.
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