Por Eugenia FernándezGustavo Villatoro, ministro de Seguridad de Bukele: “Nuestra infraestructura se construyó para que ninguno de esos asesinos salga caminando de la cárcel”
El hombre clave tras la estrategia de El Salvador relata cuáles son los consejos que ha dado a José Antonio Kast. Defiende el duro modelo carcelario que se implantó en ese país y asegura que los derechos humanos de los presos "no nos interesaban desde el principio".

Fue en diciembre de 2023, para la asunción de Javier Milei en la presidencia de Argentina, que José Antonio Kast conoció al ministro de Seguridad y Justicia de El Salvador, Gustavo Villatoro. Se reunieron en Buenos Aires y cinco meses después, Kast viajó a ese país para conocer en directo el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), considerada como la “megacárcel contra el crimen organizado”.
Desde ahí han seguido en contacto. Y esta semana -con ocasión de la visita de Villatoro a Chile para participar en un seminario de la U. San Sebastián- se volvieron a reunir. Esta vez, fue en una oficina del Partido Republicano, donde el hombre clave de la política de seguridad de Bukele participó de una reunión con diversas personalidades del Partido Republicano, como el propio Kast, el timonel Arturo Squella, el senador electo Rodolfo Carter, el exalcalde Germán Codina, entre otros.
Unos minutos después, en esa misma sala, relató a La Tercera cuáles son las recomendaciones que ha dado a Kast, quien ha dicho que busca emular aspectos de la experiencia de El Salvador en el control del crimen organizado y las cárceles.
José Antonio Kast estuvo con usted en El Salvador el año pasado, visitó el Cecot y otros organismos de gobierno. ¿Es exportable su modelo de seguridad?
Es exportable. Mucho de lo que nosotros estamos haciendo ya se está haciendo en Argentina, con todas las reformas que ha promovido la ministra Bullrich. Lo que nosotros hacemos es descifrar o decodificar las leyes perversas que nos impusieron a América Latina, de tal suerte que si es válido para nosotros, se puede aplicar en cualquier otro país. Porque nos dieron leyes para que nunca ningún Estado le ganara a una organización criminal. Y adicional, para incrementarle el costo al Estado para hacer justicia cuando se enfrenta a una organización criminal.
¿A qué ley se refiere, por ejemplo?
Por ejemplo, a nosotros en 1997 nos impusieron la ley del menor infractor, para que todo aquel que tenía abajo de 18 años fuera impune. Cero cárcel, independientemente si fuera un violador, un homicida, anduviera con armas, con drogas, etc. Y después, en el 98, nos sustituyen el Código Penal y el Procesal Penal, que fue un desastre.
¿Era un código garantista?
Digamos que no es tanto lo garantista, porque ante delitos comunes cometidos por delincuentes comunes, somos altamente garantistas, románticos, creemos en la readaptación, en la rehabilitación. El problema es que a una organización que se dedica todos los días a matar, a extorsionar, a vender droga, a portar armas..., ¿los vamos a tratar con esa falsa empatía hacia los criminales? Hay que tener empatía por alguien que comete un error y se enfrenta al derecho penal, pero frente a alguien que antes de dormir está planificando a cuántos va a matar mañana no hay ninguna compasión.
¿Pero es exportable o aplicable el modelo de fases que ustedes han aplicado en El Salvador para lograr el “control territorial”?
No, el modelo de fases es un diseño político, estratégico, de cómo íbamos a recuperar el control territorial. Eso sí, nuestra realidad era otra. Nosotros no nos enfrentamos a bandas criminales, nos enfrentamos a un Estado criminal paralelo que resultaba ser más fuerte y eficiente que el Estado de Derecho. Creo que eso cada país lo puede ajustar, pero sí es dable el hecho de ir por fases como una espiral positiva de acciones para recuperar el control del territorio.
Y en el caso chileno, ¿cuál es su diagnóstico respecto del crimen organizado y las bandas criminales?
Un poco como la situación de Argentina. Un tema de bandas, de clanes, con la normalidad que tiene América Latina hoy por hoy, que es que ha perdido el control de las cárceles. Es un estadio por el que nosotros transitamos por la década del 2000, porque El Salvador posguerra a nivel de hampa, a nivel de crimen estaba gobernado por bandas, no por pandillas. Entonces, haciendo un símil, creería yo que en algo así está Chile, obviamente hay amenazas que ya no son bandas emergentes, sino que están vinculadas a un Tren de Aragua en que el tratamiento es diferente, pero también hay que neutralizarlo.
¿Es una situación crítica la de acá?
Bueno, depende. Chile tiene los abogados, los policías, los funcionarios, es decir, la capacidad como para diseñar esto, pero hay que ser bastante soberano e independiente, porque obviamente nadie más que nosotros podemos decir lo que recibimos en 33 años. Ninguna de las recetas que nos dieron estaba diseñada para que saliéramos de la miseria y la desesperanza en la que habíamos caído. Es algo que se puede, no es fácil, porque siempre para combatir el mal hay que armarse muy bien. No se trata de ir a dar golpes a lo loco. Hay que ordenar bien. Eso es lo que hicimos primero: conocer a nuestro enemigo hasta en el último detalle, y eso nos tomó mucho tiempo de preparación. Pero no levantamos la mano hasta que no teníamos pleno conocimiento de todos los detalles de nuestro enemigo.
¿Cuán relevante es controlar las cárceles para combatir el crimen organizado o a las bandas criminales en el modelo salvadoreño?
Es completamente indispensable. Antes un miembro de una organización era llevado desde una cárcel a un hospital nacional para ser tratado, y la organización ya tenía toda la logística para que inmediatamente pusiera un pie, le entregaran un teléfono celular y esa persona empezara a enviar las órdenes que mandaban los cabecillas desde adentro. Entonces no solo anulamos que un operador móvil irradiara señal dentro de la cárcel, sino también empezamos a evitar que un miembro de una organización criminal saliera al mundo exterior. A este tipo de criminales no se les puede ceder ni un milímetro.
Usted planteó en el seminario de la USS que la academia les decía que no era bueno juntar a miembros de distintas bandas en una sola cárcel. Usted rebate eso, ¿por qué?
Lo que pasó es que empezaron a decir este penal es para la Mara Salvatrucha (MS), este penal es para la Barrio 18, y con eso en realidad le dieron seguridad del Estado al cuartel general de la MS, que resultó ser la cárcel. Y ellos tenían todo el tiempo, todas las herramientas para desde ahí sacar las órdenes hacia el exterior. Por el falso concepto académico de que si los juntábamos se mataban.
Nosotros los juntamos y no pasó nada, porque tenemos una contundencia, pero sobre todo en la disciplina... Es que en las cárceles no mandan ellos, manda el Estado. Yo no mezclo un asesino serial o pandillero con un reo común. Están iguales con iguales: asesinos con asesinos, delincuentes violentos con delincuentes violentos, delincuentes comunes con delincuentes comunes.
¿La contundencia se da por el trato que se les da a los presos? Es un régimen severo...
Obviamente es severo. Por darte un ejemplo, si un humano normal necesita 2.200 calorías al día, este régimen le da 1.800...
¿Con qué finalidad?
Porque tenemos que respetar al salvadoreño. Y hay gente en nuestro país que se alimenta con menos de eso. Aparte, no tienen otros beneficios, como puede ser en un penal común de tener una tienda, y si la familia les deposita vía token pueden comprar... Eso no existe en el régimen de pandillas. Tampoco tienen colchonetas, almohadas, nada, simplemente están durmiendo sobre las camas de acero. Porque para ellos no tenemos ninguna compasión.
¿Qué función cumple el Cecot?
El Cecot está hecho para asesinos seriales. Para obtener la membresía y ser declarado miembro de la MS o de la 18, ese delincuente tenía que haber matado a 10 personas, en EE.UU. era solo uno, en Europa uno. El Cecot no es para cualquier delincuente violento, es para verdaderos asesinos seriales, y yo no tengo ninguna empatía para ellos. Y toda esa infraestructura se construyó para que ninguno de esos salga caminando de la cárcel. Es que no vamos a traicionar a las 125 mil almas que estos asesinos se llevaron, ni a los seis millones de salvadoreños que estamos afuera.
Al diseñar esta megacárcel, ¿estuvo presente el efecto disuasivo que tendrían sus imágenes en la población?
Claro, teníamos que mandar un mensaje bien fuerte y contundente a las nuevas generaciones: cualquier cosa, pero esto no está permitido. Después de ser gobernado en muchas comunidades por más de 20 años en nuestro país (por las bandas criminales), cuando tú les preguntabas a los niños o niñas qué querían ser cuando grandes, ¿qué crees que decían? ¿Cristiano Ronaldo, youtuber, tiktoker? No, pandilleros querían ser.
Entonces esas imágenes van con una dedicación especial: que sepan que el puente de abastecimiento de nuevas generaciones hacia esa religión negra no es ningún negocio.
Nadie quiere a los pandilleros. Si alguien se da cuenta de que en una casa esconden un pandillero, inmediatamente nos avisan. No podemos traicionar esta comunión que tenemos entre pueblo, gobierno y Estado. Y hay una claridad de que este tipo de organizaciones criminales ya no tienen cabida en El Salvador.
El trato a los presos ha despertado duros reclamos por parte de organismos de derechos humanos. ¿Fue un tema que estuvo presente antes de tomar la decisión de llevar adelante estas políticas de seguridad?
Mira, lo cierto es que no fue algo que valoramos, no nos interesaban desde el principio, pero fue bastante interesante cómo cuando escuchábamos por las intervenciones telefónicas (a las bandas), ellos tenían bien clara la ruta. ¿En qué sentido? Mira, hablaste con aquella organización, tírale la información al Faro, vean con Human Rights Watch. O sea, ellos, los asesinos, sabían claramente quiénes eran sus defensores.
Entonces, gracias a la valentía del Presidente Bukele, a nosotros nunca nos importó este tipo de... Obviamente vivimos en un país libre, democrático y cada quien puede expresar lo que quiera, pero una cosa es expresar y otra cosa es arrodillar a un Presidente y obligarlo a hacer algo. Y eso nunca lo van a hacer con nosotros.
Usted dice que nunca les importó. ¿Por qué?
¿Cómo? O sea, ¿cuánto tiempo vas a dedicar a hablar con un necio? Si siempre te va a decir lo mismo.
Estamos luchando contra terroristas, nosotros les respetamos la vida, que es el derecho humano más grande que hay. Obviamente, ya no mandan, ya no pueden hacerle coacción a un juez y que los libere.
¿Y se lo voy a explicar yo a ellos para que me vuelvan a condenar y decir “no, que El Salvador, a qué precio?“. ¿A qué precio de qué? ¿Cuál es el precio? Los salvadoreños son los que me dicen cuál es el precio, y si yo estoy bien con ellos, qué me interesa. Ojo: estuvieron 30 años dándoles órdenes a seis expresidentes de la República. ¿Y por qué no solucionaron el problema? Ahora que venimos nosotros y lo solucionamos, somos los dictadores, los violadores de derechos humanos.
Hace más de dos años el presidente les dijo, tráiganme una fórmula y yo me comprometo a aplicarla. Y no han llevado nada, porque no la tienen. Su única agenda es defender los derechos humanos de los criminales, en detrimento de la mayoría.
¿Los salvadoreños estaban pidiendo este régimen más duro?
Claro. Se trata de, como dice el Presidente Bukele, encarcelar a miles y liberar a millones. Creo que es un buen trato.
Usted dijo en el seminario que están trabajando con las mismas policías, con las Fuerzas Armadas, y que sólo faltaba la decisión de un gobierno. ¿Es eso suficiente para llevar adelante un combate duro y eficiente contra el crimen organizado?
Pues en nuestro caso demostró ser el determinante, porque tuvimos seis presidentes, cuatro de derecha, dos de izquierda, con la misma infraestructura que el Presidente Bukele. En 30 años no pasó nada y acá sí pasó. Entonces, ¿qué era lo que necesitaba el país? ¿Necesitaba más policía, más armas, más leyes? Era la decisión política estratégica.
¿En qué se inspiraron para este sistema? ¿Recogieron experiencias de otros países?
Tuvimos que transicionar por la historia del mundo. De las cosas buenas, conocimos lo que pasó después de la Segunda Guerra Mundial y la incapacidad que tenía el mundo que ganó, de procesar a esos criminales de guerra porque no había delitos. Lo que había en aquel entonces era solo la ley de piratería, la creación del tribunal de Nuremberg. De ahí volamos a Italia, cómo enfrentó la mafia, el maxiproceso, el famoso criterio de oportunidad o el que colabora o delata a la organización.
Luego, Estados Unidos, con parte de la mafia italiana y de robo de bancos, fue importante ver cómo se acomodaron las leyes para que ese Estado pudiera enfrentar estos fenómenos. Luego nos tomó mucho tiempo y curiosidad España y su lucha contra la ETA y cómo cambió cuando crearon las leyes antiterroristas tras el 9-11.
Ahí dijimos que hay algo interesante, porque la corriente del derecho penal del enemigo casi no bajó a América Latina. Pero era una mezcla entre terrorismo y crimen organizado. Entonces ahí nos convencimos de que mi enemigo es la organización criminal que mata, que extorsiona, que trafica droga, y todos sus miembros. Pero es una inversión, yo ya no veo al imputado persona, veo la persona penal que resulta ser la organización que tengo que destruir.
¿Y esa persona es un enemigo?
Es un enemigo del Estado y de la sociedad. El tema es con qué herramientas cuento como Estado para enfrentarme a una organización.
En ese sentido, ¿cuáles han sido sus recomendaciones a José Antonio Kast y a su equipo respecto de cómo manejar el tema acá en Chile? ¿Cuáles son las prioridades?
Bueno, que es parte de lo que un poco el Presidente Bukele hizo en El Salvador: hacer un análisis de la historia reciente, ver cómo pasó, en qué momento perdimos el control, e ir analizando esas aristas para tener una idea de cuál es la receta que tengo que diseñar. Tiene que ser una receta ‘made in Chile’, no impuesta, porque nadie mejor que ustedes saben realmente lo que necesitan. Hay que hacer ese estudio. Lo que nosotros estamos demostrando es que se puede, porque las condiciones en las que estábamos eran 10 veces peores a lo que está Chile actualmente, a lo que está Costa Rica… es decir, sí se puede, pero requiere no perder la concentración.
¿Aunque se pueda terminar en tribunales internacionales? ¿Eso no es un tema?
Un tribunal internacional que depende de una organización que llegó a celebrar el acuerdo entre gobierno y pandilleros. ¿Para quién trabajas? ¿Para tu gente? ¿O para esos burócratas que nadie los escoge? Yo trabajo para mi gente.
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