Por Shelmmy CarvajalLa década perdida de Viña del Mar
El balneario de la Quinta Región ha vivido, según expertos, un progresivo deterioro de sus espacios públicos. Sobre todo en el centro. Las carpas, incivilidades, comercio ambulante y robos han empujado a varios a migrar hacia Concón, dejando en la comuna una mezcla de vecinos que envejecen mientras todos los símbolos urbanísticos de la ciudad se deterioran.

José Morgado no recuerda la primera vez que vio las carpas y rucos instalados en la Plaza Colombia, a un costado del Casino de Viña del Mar, pero tiene la certeza de que durante los últimos dos años se multiplicaron. Ahora ya son parte del paisaje del borde costero. Ese era un lugar con muchos recuerdos para él, al igual que para muchos otros viñamarinos.
Ahí paseaba con sus padres y luego hizo lo mismo con sus seis hijos. Una plaza llena de familias y niños, esa es la imagen que guarda de sus 72 años como vecino de la Ciudad Jardín. Pero ese sector ya no es el mismo. Ahora los vecinos conviven entre rucos -que aumentan cada día- y vendedores ambulantes.
“No es que uno quiere que los echen, porque son gente que no tiene casa, pero necesitan ayuda integral y refugio: no pueden estar en las calles”, comenta Morgado.
La vocera del Comité de Defensa del Borde Costero, María Adela Baeza, relata que por las noches y el fin de semana es cuando ocurren la mayor parte de las incivilidades. “Ponen carros de completos, venden mojitos, todo tipo de alcohol. Uno pasa y se están sacando la ropa para probarse las prendas que venden en la calle”, señala la dirigente.

El deterioro de los espacios públicos se extiende a otras partes del centro de Viña del Mar. En el barrio Poniente los vecinos cuentan que han encontrado a personas al interior de los basureros consumiendo drogas o realizando actos sexuales. Los locatarios del sector han sido los principales perjudicados.
Felipe Dib (37) estudió gastronomía y siempre tuvo un particular interés por el mundo de la cervecería artesanal. Siguiendo esa idea abrió la cervecería Destapas hace seis años, en la intersección de 5 Norte con 5 Poniente. Hasta 2023 los trabajadores debían hacer turnos dobles para cubrir la demanda de clientes. Sin embargo, los dos últimos veranos perdió esa estabilidad. De 25 empleados pasó a mantener siete.
El local de Dib se encontraba en un circuito gastronómico que, hace alrededor de 10 años, fue poblando las calles de barrio Poniente con vida nocturna, aunque cada año se ha vuelto más difícil. Javier Álvarez, representante de la agrupación que reúne a 90 locatarios, relata que, además de la baja clientela, los robos son su principal preocupación.

Cada noche en el grupo de WhatsApp que comparten llega un mensaje de algún locatario alertando que fue víctima de robo durante la madrugada. Pese a que los datos de Carabineros dan cuenta de que en la comuna todos los delitos están a la baja, la inseguridad en el sector y las incivilidades que no son denunciadas generan otra sensación.
Esto se traduce en que muchos vecinos hayan acortado su vida nocturna. Morgado, por ejemplo, recuerda los paseos con su familia durante la noche, los restaurantes que iluminaban la calle, cuando todavía atendían pasadas las 0 horas. Hoy, nada queda de esa imagen. Apenas oscurece, la Avenida Perú y San Martín quedan vacías.
La gran fuga
En enero de 2016 el municipio clausuró una escalera mecánica y la pasarela que conectaba los malls Marina Arauco y Viña Shopping. No había riesgo de derrumbe ni problemas técnicos: el cierre del puente fue una última medida para combatir el comercio ambulante. Esta fecha coincide con el análisis de varios expertos que indican que hace alrededor de 10 años comenzó el deterioro de Viña del Mar.
El paso peatonal estaba desbordado de puestos de vendedores ilegales que impedían el paso y se transformaban en un peligro en caso de evacuación. Primero se intentó con intensas fiscalizaciones, pero al día siguiente estaban en el mismo lugar. Concejales de ese período coinciden en que la principal preocupación de los vecinos era el avance del comercio informal, que por esos años comenzó a desatarse a mayor escala y daba los primeros indicios de que el espacio público estaba perdiendo terreno.
Fue el concejal Jaime Varas (ex UDI) quien propuso la medida y defendió que era la única forma de eliminar los puestos. Sin embargo, el académico de la Universidad de Valparaíso Uriel Padilla comenta que esa decisión dio la señal de que nada podía frenar el comercio desregulado.
Los problemas que arrastraba la comuna ya se hacían presentes en ese período. En 2018, el ahora ministro de Vivienda, Iván Poduje, denunció un deterioro del centro de la ciudad y un abandono de lugares históricos para la memoria viñamarina, como la Plaza Colombia y la Avenida Valparaíso. En ese entonces la respuesta del municipio, liderado por Virginia Reginato, fue la falta de recursos. Unos años más tarde, el estallido social agudizó aún más el deterioro, y la pandemia cambió las prioridades. El emblemático Hotel O’Higgins no pudo recuperarse de los destrozos y el golpe económico y cerró sus puertas definitivamente en 2020.

La Avenida Valparaíso fue el emblema de este lento deterioro. Las veredas ya no lucían las vitrinas históricas de los cafés, sino que se transformaron en los puestos del comercio ambulante y facilitaban los asaltos. Morgado fue parte de los vecinos que decidieron no acudir a comprar a ese eje comercial porque se había vuelto peligroso e intransitable.
El director del Centro de Inteligencia Territorial de la Universidad Adolfo Ibáñez, Luis Valenzuela, explica que “el Gran Valparaíso, del cual forma parte Viña del Mar, sigue un modelo de ciudades latinoamericanas, que tiene que ver con un desplazamiento del centro histórico. Es decir, el centro histórico, como el lugar principal de la ciudad y el lugar con más actividad económica de la ciudad, se desplaza en el tiempo”.
Las fiscalizaciones en la calle Valparaíso se han intensificado con operativos municipales desde que en julio de 2025 la Corte de Apelaciones de Valparaíso acogió un recurso de protección interpuesto por los locatarios en contra de la municipalidad y la delegación para tomar acciones contra el comercio ilegal. Pero sacar a los ambulantes de las calles es solo una parte de la problemática. En una región con una tasa de desempleo de 10,3% durante el trimestre febrero-abril de 2026, cifra sobre el promedio nacional, las personas buscan en la informalidad una oportunidad para obtener ingresos.
El deterioro y empobrecimiento de la comuna es visible en las múltiples carpas que se instalan en las plazas. De acuerdo a datos del Hogar de Cristo, las personas en situación de calle están en los tres dígitos en la Región de Valparaíso: en Viña del Mar registran 409 casos, y en Valparaíso, 584. Eso, a pesar de que la pobreza severa bajó de 7,2% en 2024 a 5,7% en 2025, y la pobreza multidimensional, acorde a la encuesta Casen de 2024, se encuentra en 15,9%.

Karla González, jefa de operación social de la fundación, relata que “la situación de calle está creciendo, se está haciendo más visible, y cada vez se ve un mayor deterioro humano, social y sanitario”. Lo mismo señala la prefecta subrogante de Carabineros de Viña del Mar, Ingeborg Villa. Ese tipo de población, explica, “ha sido un tema que hemos ido trabajando con servicios focalizados”.
Esto también lo ven cada día los locatarios de la zona Poniente, cuando abren sus cortinas y deben echar a las personas que se cobijan en sus toldos. “Es una situación lamentable, porque entre el hambre y la droga, nos roban puras tonteras. Una vez a un vecino le rompieron sus vidrios para sacar una torta que encontramos a la mañana siguiente a medio comer tirada en la calle. Hay otro caso en que se robaron un filete de salmón”, señala.
Dib, dueño del bar Destapas, fue víctima de sus primeros robos en 2023. Recuerda que sacaron alrededor de $ 3 millones en alcohol. Ahí decidió invertir en cámaras de seguridad, mallas de protección, fotodetectores, alambres en las murallas y alarmas. Sin embargo, los robos seguían cada noche.
Cansado de ellos, tomó una medida más drástica: dormir junto a sus trabajadores al interior del local. “A veces me quedaba yo y también ofrecía un pago extra a los que se quisieran quedar para cuidar el local. Entraban igual, sonaba la alarma, pero los podíamos agarrar saltándose las rejas y los echábamos”.
El locatario veía cómo sus vecinos también eran afectados por los robos. Por eso, algunos decidieron cerrar. Primero fueron tres locales que se clausuraron. Dib veía cómo nuevos inquilinos ocupaban el local, algunos duraban apenas tres meses y también cerraban. Siempre pensó que ese no sería su caso.
En febrero de 2026 sufrió el momento más crítico cuando entraron 13 veces a robar ese mismo mes. “La mayoría fueron robos cometidos por gente drogadicta. Imagínate que para robar una botella de pisco rompieron cuatro ventanas del local. O sea, yo tuve que pagar casi $ 400 mil en arreglos, más la mano de obra, por una botella de pisco”, relata Dib.
Con arreglos constantes, la disminución de clientes y la inseguridad del barrio, Dib se convirtió en uno de los 11 negocios que bajaron sus cortinas en lo que va del año.
“Fue difícil, pero estaba mentalmente cansado. Imagínate llegar a tu casa y acostarte teniendo la certeza de que te van a robar. Todos los días pensaba cómo voy a recuperar lo que me robaron”, dice Dib.

Nuevos vecinos
El barrio Poniente, donde vive José Morgado, se transformó en una zona envejecida. Morgado, con 72 años, bromea que es el más joven de sus vecinos. Las familias y profesionales, dice, han optado por emigrar a la zona norte, concentrados principalmente en Reñaca y Concón, comuna que lidera el independiente Fredy Ramírez.
Aún así, María Francisca Gamarra, corredora de propiedades del sector hace más de 30 años, detalla que el cambio de residentes a Concón no ha afectado la demanda de arriendos. Que ahora los residentes que vivían en el interior de la ciudad ven como una oportunidad esta desocupación del centro.
El académico Luis Valenzuela explica que “lo que se observa en este caso es que los habitantes de más altos ingresos dejan el centro de la ciudad. Y en ese centro queda reemplazado con personas de menores ingresos o población migrante”.
La migración hacia Concón, que ha tenido una explosión inmobiliaria, es un fenómeno que reconocen los académicos de la zona. Uriel Padilla, de la Universidad de Valparaíso, explica que “comunas como Concón pasaron de ser balnearios de veraneo a ciudades satélite consolidadas, con colegios privados de alto nivel, supermercados, centros médicos y restaurantes de lujo, eliminando la necesidad de viajar hacia el centro de Viña del Mar. Otro factor de atracción es el valor de estatus. Cuando el centro de Viña se deteriora, vivir en Concón entrega un mayor valor social. La idea es alejarse del centro”.
Además, los académicos también resaltan que la comuna ha tenido que concentrar sus esfuerzos en la recuperación de las zonas afectadas por los incendios.
Desde la alcaldía de Viña del Mar, que lidera Macarena Ripamonti (FA), afirman que hay diferentes proyectos en marcha para revitalizar el centro cívico, además destacan que se encuentran en proceso de instalación de más de 200 cámaras de seguridad en toda la ciudad. A través de una declaración, señalaron que “el municipio avanza en diferentes proyectos, como el mejoramiento de las aceras de calle Valparaíso y Arlegui Poniente, y en el proceso de licitación, la reposición de calzadas y aceras del sector oriente de esta arteria comercial”.

Pese a los esfuerzos, Concón sigue siendo la comuna predilecta para migrar. Según datos de Inciti, plataforma que analiza el mercado inmobiliario a nivel nacional, el precio en promedio de 2025 de un departamento nuevo en Concón bordea las 5 mil UF, mientras que en Viña del Mar han tenido una caída que los mantiene en las 2.900 UF.
Felipe Dib, el locatario que cerró sus puertas en barrio Poniente, siguió esa migración y ahora reside en Concón. También planea abrir un local ahí. “Allá a todos les está yendo bien”, asegura. Esta no es solo una sensación, acorde a una encuesta de la Fundación Piensa, el equipamiento urbano en Concón supera a Viña del Mar por 20 puntos porcentuales.
Aunque hay vecinos como Morgado que nunca piensan dejar Viña del Mar. “Yo voy a morir aquí. No hay otra ciudad mejor”, dice el escritor.
Mientras el deterioro avanza, encontró varias medidas para adaptarse a la nueva realidad de la Ciudad Jardín. Después de enterarse de que a muchos de sus conocidos les habían robado el celular, decidió tomar un libro. Pero no cualquiera: una novela que no leía desde hace más de 20 años. Un día, en su casa, le arrancó las páginas necesarias para crear un espacio donde pudiese guardar su teléfono y llevarlo sin que nadie se diera cuenta.
La idea, dice, tenía una lógica simple: pensó en algo que ninguno de sus nuevos vecinos querría quitarle.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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