Las nuevas águilas del Nido
Seis estudiantes de colegios vulnerables han sido becados para estudiar en el colegio Nido de Águilas desde 2019. El programa -financiado por el propio establecimiento-, dicen los propios beneficiados, les salvó la vida. No sólo porque les permitió entrar a la universidad y proyectar sus carreras en el extranjero, sino que también porque fue un salvavidas para salir de una educación pública que ya no ofrece la excelencia de antes.

Para Padme Ahumada (18), la posibilidad de estudiar en uno de los colegios más caros y exclusivos del país comenzó casi como una broma.
Mientras cursaba segundo medio en el colegio Monte Olivo, en la comuna de Puente Alto, se enteró de las becas del The International School Nido de Águilas gracias a Manuel Améstica (44), exprofesor de inglés de un colegio donde había estudiado en la básica. Al conocer el programa a través de redes docentes, el profesor decidió difundirlo entre sus alumnos: aunque Ahumada ya no estaba en ese establecimiento, pidió que le hicieran llegar la información, convencido de que “si había alguna persona que podía hacerlo, era Padme”.

Sus amigos la animaron: siempre fue la compañera matea, buena para inglés, idioma que aprendió junto a su hermana mayor, viendo películas y series extranjeras. Para una adolescente de Bajos de Mena, en Puente Alto, no había mucho que perder. Su padre, trabajador metalmecánico, y su madre, vendedora en un persa, cuentan que la oportunidad “llegó caída del cielo”.
Los principales requisitos eran haber cursado 7° básico, 8° básico o 1° medio en un colegio de carácter público o particular subvencionado, vivir en la Región Metropolitana, tener un promedio mínimo de 6,5 y un nivel intermedio de inglés.
El proceso de Ahumada comenzó el 20 de septiembre de 2023 y duró cerca de cuatro meses, donde tuvo múltiples entrevistas en dicho idioma. También fue evaluada psicológicamente y una asistente social del colegio fue a su casa para evaluar su nivel socioeconómico.
Su postulación se diluyó entre pruebas, tareas y el cierre del año escolar. Hasta que, en diciembre de ese año, un correo interrumpió su rutina: la citaban a una reunión online para avisarle el resultado de su postulación. Horas después, en el living de su casa, con sus padres al lado acompañándola, llenos de lágrimas, le anunciaron que había obtenido una de las becas. “Una broma, una cosa muy ligera, se volvió algo que de verdad cambió la trayectoria de mi vida”, dice.
Comenzó a levantarse a las 5.35 am, con el cielo oscuro, dos horas y quince minutos antes de lo habitual, para emprender un viaje de casi tres horas –ida y vuelta– desde su casa hasta Lo Barnechea, donde se ubica el colegio más caro del país, históricamente pensado para hijos de diplomáticos y con una matrícula compuesta por 50% de estudiantes chilenos, 15% estadounidenses y 34% de otras nacionalidades. Entre las más representadas están Chile, Estados Unidos, Brasil, Corea del Sur y España.

La iniciativa “Nido Scholars” nació en 2019, un año después del suicidio de la alumna Katy Winter tras ser víctima de ciberacoso. Brenda Paz Soldán, directora de Inscripción, Comunicaciones y Avances del Nido de Águilas, explica que el programa proviene “del sentimiento de responsabilidad pública”, debido a que es financiado por la propia comunidad. Desde su página web, se pueden hacer donaciones que parten desde los 15 dólares.
Para la admisión de este año se recaudaron $ 83.562.922, a través de 162 donaciones. El monto está destinado a cubrir la matrícula, comidas, transporte, materiales, tecnología, oportunidades extracurriculares y asesoramiento académico y universitario.
Para Juan Pablo Catalán, doctor en Educación de la Universidad Andrés Bello, este tipo de iniciativas, aunque positivas, dejan al descubierto las fallas estructurales del sistema educativo chileno: “Desde una mirada de política pública, su contribución a la movilidad social es totalmente marginal, porque estas becas no modifican el sistema educativo público: sigue siendo igual. Es un mecanismo de excepción dentro de un modelo profundamente segmentado”, asegura.
Antes de eso, Ahumada no tenía mayores ambiciones: “Yo pensaba que iba a ganarme la vida haciendo malabares en los semáforos”, dice. Tenía 16 años y estudiaba en un colegio donde no siempre se podía aprender en tranquilidad. “La vida acá en Bajos de Mena es dura, te descuidas un poco y te quitan el teléfono, o el camión”, asegura Marcelo Ahumada, su padre.

De su anterior colegio, solo el 65,2% de los estudiantes de su generación ingresó a una institución de educación superior, frente al 100% del Nido. La posibilidad de salir de ahí, en sus palabras, podía salvarle la vida.
La expectativa de un niño genio
El gusto de Bruno Loyola (23) por las matemáticas están desde que tiene memoria. De niño jugaba con los boletos de las antiguas micros amarillas y, en la básica, competía en olimpíadas de matemáticas en la Escuela Nuestra Señora del Carmen, en Quilicura. Darío Loyola, su padre, aún guarda una caja con las medallas que ganó su hijo. “Bruno no celebraba cumpleaños, porque pasaba los fines de semana en competencias. Pero a él le gustaba”, recuerda. Así, en séptimo básico llegó al Instituto Nacional, sin imaginar que ese espacio también le quedaría chico.
El anhelo de movilidad social fue siempre una expectativa familiar. Su papá, con formación técnica, y su mamá, con enseñanza media completa, imaginaron un futuro mejor tanto para él como para sus hermanos menores.

En 2019, mientras cursaba tercero medio, Loyola se enteró por un compañero del Instituto sobre las becas del Nido de Águilas. Se interesó en ellas por una promesa clara: poder estudiar fuera de Chile. “Sentía que si quedaba en el Nido estaba casi listo (…). Entonces me puse las pilas en inglés”, recuerda hoy el ingeniero mecánico de Lafayette College, en Pensilvania (EE.UU.).
Sylvia Eyzaguirre, investigadora del Centro de Estudios Públicos (CEP), es crítica con el fin de los colegios emblemáticos debido a la Ley de Inclusión Escolar, promulgada en 2015 bajo el segundo gobierno de Michelle Bachelet que, en sus palabras, ha tenido un efecto indeseado. “Cumplían un rol social entregando oportunidades a alumnos talentosos para poder acceder a las carreras y a las universidades más selectivas del país. Ese rol ya no lo están cumpliendo, o lo están cumpliendo en bastante menor medida, perjudicando la movilidad social y las oportunidades de los alumnos de bajos ingresos”, plantea la investigadora.
En 2016, por primera vez, el Instituto Nacional quedó fuera de los colegios con las 100 mejores ponderaciones en las Pruebas de Acceso a la Educación Superior. Este año, según cifras del Demre, el Liceo Augusto D’Halmar de Ñuñoa fue el único recinto público y emblemático que estuvo dentro del ranking con las mayores ponderaciones PAES. El Monte Olivo, antiguo colegio de Ahumada, quedó en el puesto 1.303 frente al puesto 130 que alcanzó el Nido.

El 1 de enero se concretó el traspaso del Instituto Nacional, el Liceo 1 Javiera Carrera, el Liceo de Aplicación y el Internado Nacional Barros Arana y otros 39 establecimientos de la capital al Servicio Local de Educación Pública (SLEP) Santiago Centro. Aunque el modelo busca mejorar la gestión e inyectar recursos, su diseño e implementación a nivel nacional han sido duramente cuestionados por la oposición.
Para Gustavo Alessandri, presidente de la Asociación Chilena de Municipalidades (ACHM), “el modelo SLEP está priorizando la burocracia por sobre el aprendizaje en el aula. El Estado invierte casi cuatro veces más recursos en el nuevo sistema, pero ese dinero se queda atrapado en oficinas y trámites, en lugar de llegar a los profesores y la sala de clases”.
Sin embargo, el panorama no es catastrófico para Gonzalo Muñoz, exjefe de la División de Educación General del Ministerio de Educación: “Enfocarse sólo en los rankings de puntajes altos da una visión parcial. La discusión importante es cómo los estudiantes de distintos segmentos económicos tienen (más) oportunidades de desarrollar sus proyectos de vida”.
A juicio de Muñoz, ese desafío no se resuelve con mecanismos excepcionales como el Nido Scholars, sino fortaleciendo el sistema público en su conjunto, un proceso que, dice, ya muestra avances: “Los buenos puntajes que provienen del sistema público particular subvencionado se están distribuyendo en más colegios que antes (…) No son los 100 mejores puntajes, sino cómo se están distribuyendo los puntajes del país”, menciona.

La mayoría de los compañeros institutanos de Bruno Loyola se encuentran estudiando en las mejores universidades del país. Sin embargo, está consciente de esta crisis: “Tuve el privilegio de vivir esa educación gratuita y de calidad en el Instituto y, de nuevo, con el Nido. A nosotros nos encanta hablar de la meritocracia, pero no es real si no se les da a todos la oportunidad de empezar desde el mismo punto”.
Ese es el caso de los excompañeros de Padme Ahumada.
De los que la acompañaron en el Monte Olivo, varios no tuvieron la misma suerte. Ella relata que algunos desertaron de la universidad “porque no se la podían”. Otros, derechamente, no lograron ingresar y, al cumplir la mayoría de edad, se pusieron a trabajar.
Esas diferencias en oportunidades las ha visto Manuel Améstica, el exprofesor de inglés de la estudiante: “A ella le cambió la vida 100% (...), pero dentro de mi sala de clase tengo alumnos que tienen hambre, tengo alumnos que sus papás fueron baleados por la espalda, tengo alumnos que han perdido a uno o dos familiares, entonces son situaciones anexas que acompañan el trayecto del estudiante”.
Los extranjeros y los becados
Al ingresar a un colegio cuya colegiatura anual supera los 20 millones de pesos, las diferencias con sus nuevos compañeros fueron visibles. A pesar de eso, Ahumada nunca se avergonzó de dónde venía. En abril de 2024 invitó a sus nuevas amigas a celebrar su cumpleaños en su casa, en Bajos de Mena.
El padre de una de ellas las fue a dejar en su auto marca Volvo. La imagen era atípica en las calles de su barrio, lo que puso nerviosa a la familia Ahumada, pensaban que quizás podrían asaltarlos o quitarles el vehículo.
Su padre quería que fuera especial, así que apostó por invitarlas a un jumping park cerca de la Estación Las Mercedes. Posteriormente, cantaron cumpleaños feliz con una torta en la pequeña casa de los Ahumada. “Yo estaba con temor, mi casa es una pieza de ellos”, cuenta.
“Mis papás estaban que lloraban. Se sentían bien que yo no me avergonzara de mi casita chiquitita al lado de las casas gigantes que tienen mis amigas”, recuerda la egresada de cuarto medio. El día fue largo, tanto que sus amigas decidieron quedarse a dormir. Sin preocupaciones, “lejos”, en la zona sur de Santiago.
Esas diferencias y el temor al desajuste era lo que más aterraba a Martín Zúñiga (22) cuando cruzó por primera vez el portón del colegio enclavado en un cerro de Lo Barnechea. Oriundo de La Cisterna, hijo de padres auxiliares de bodega, provenía del Instituto Nacional. “Iba muerto de miedo. Con ansiedad social, porque no conocía a nadie”, cuenta. Miedo a no encajar, a los prejuicios, a una realidad que parecía otro país. Pero él quería eso. Su sueño era estudiar en EE.UU.

Las primeras semanas fueron un choque cultural: pasó de una sala con 45 alumnos a un sistema norteamericano de clases electivas en inglés y con estudiantes de todo el mundo. Aun así, el recuerdo del caso de Katy Winter y la idea de ser “el becado” lo acompañaban. Sin embargo, sus compañeros sabían de su situación y, lejos de marginarlo, lo recibieron con simpatía. “Ahí entendí que la oportunidad era real, pero también excepcional”, dice Zúñiga.
En 2023, al terminar el senior year —cuarto medio—, el colegio le presentó la oportunidad de irse al extranjero y lo ayudó con toda la gestión necesaria. “Esto no es meritocracia pura. Hay esfuerzo, pero también hay mucha suerte y programas que no están al alcance de la mayoría”, asegura.
Hoy estudia Neurociencias en la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey, con beca completa. Trabaja algunas horas a la semana en la biblioteca y comparte con estudiantes internacionales que, como él, viven lejos de casa. Sabe que ese salto fue posible gracias a su rendimiento académico, pero también a una cadena de apoyos poco común: buena infraestructura, redes de orientación y decisiones tomadas en el momento justo.

De los graduados de Nido Scholars, cinco estudian en Estados Unidos: están en universidades como Wesleyan, Chicago, Maryland, Duke y Princeton. Ahumada, al contrario, se quedará en Chile.
Hace poco rindió la PAES en Puente Alto. Sus aspiraciones también estaban en Norteamérica, pero complicaciones en el acceso a becas para estudiantes internacionales terminaron por quebrar sus expectativas. De todas formas, los resultados de su prueba le entregaron algo que, dada su situación, parecía fuera de alcance: elegir su futuro.
Hoy aspira a ingresar a Administración Pública en la Universidad de Chile, carrera para la que pondera 830 puntos, muy por sobre el corte de 759,6. Su meta es convertirse en diplomática.
Catalán, doctor en Educación, asegura que este tipo de experiencias no sólo entregan una mejor calidad en el aula, sino también “redes sociales de alto valor. Van a trabajar con un capital cultural legitimado y van a tener trayectorias académicas internacionales”.
Ese es el caso de la joven puentealtina.
Conectada desde un rincón de Reñaca, habla de su nueva realidad: “Yo de verdad no tenía muchas esperanzas de seguir. Hoy tengo sueños, tengo metas. Y estoy acá con mis amigas (del Nido de Águilas) en la playa. Nunca pensé que iba a pasar eso”.
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