Por Héctor SotoA lo que hemos llegado

Vamos suponiendo: ni Shakespeare ni Cervantes pueden defenderse porque hace muchos siglos que están muertos. Pero eso no debiera hacerlos víctimas necesariamente del abuso y la impunidad. Sin embargo, es hoy gratis manosearlos. El cineasta español Alejandro Amenábar cree en El cautivo (Netflix) que Cervantes era homosexual. También pudo haber supuesto en él neurosis, inteligencia superdotada, daltonismo o mal aliento, aunque la homosexualidad quizás sea una condición más decisiva para el carácter. El ideal, en todo caso, cualquiera sea la suposición, es ofrecer alguna prueba, algún indicio al respecto, alguna línea de El Quijote o de las Novelas ejemplares para sustentarla. Pero nada. Amenábar lo supone y ya está. Con Hamnet ocurre algo similar respecto de Shakespeare. Aquí la protagonista no es él, sino su esposa, que según la novelista Maggie O’Farrell y la adaptación fílmica habría tenido una conexión entre esotérica y animista con el bosque, con la brujería, con la sangre y las verdades primarias de la biología femenina. Novela y película quieren probar que la tragedia de Hamlet es el tributo que el dramaturgo rindió a su hijo prematuramente muerto, tesis que no pega ni con scotch. Hamlet es cualquier cosa, menos eso. Pero la novela y la película insisten en conectar una cosa con otra y -de nuevo- ya está. Al margen de que sopla un vientecillo woke sobre estas pamplinas, ciertamente apestoso, queda flotando la pregunta que me formulaba un amigo días atrás: ¿Para qué? Eso: ¿Para qué?
Récord. Ciertamente las 16 nominaciones acumuladas por Sinners (Pecadores) para la próxima edición de los premios Oscar constituyen un hito. La cantidad supera en dos las que juntaron en su momento Todo sobre Eva y Titanic; en tres a las que obtuvo Lo que el viento se llevó, ¿Quién le tiene miedo a Virginia Wolf? y Forrest Gump; en cuatro las de Un tranvía llamado deseo, Nido de ratas y la Lista de Schindler; en cinco las de Sunset Boulevard, Chinatown y El Padrino… Para qué seguir… ¿Qué tiene Sinners que se transformó este año en un huracán? No es fácil saberlo. Desde luego, no es un asunto de talento, tampoco de inspiración y mucho menos de contención. Sinners es un curioso cruce entre una película de blues y una película de vampiros. Lo único que tiene de nuevo es la heterodoxia de esa mezcla, la amplificada saturación de la banda musical, el uso y abuso de efectos especiales socorridos e interminables, su desenfadada arrogancia de producto de la cultura pop y el hecho de ser dirigida por un cineasta afroamericano (Ryan Coogler) que mueve las agujas en Marvel y en las logísticas industriales del nuevo Hollywood. Dirigida por un blanco, muy posiblemente esta película estaría en problemas, como objeto de funas o de acciones judiciales.
Proust. Dos observaciones admirables, gloriosas, que figuran en el tomo uno de En busca del tiempo perdido. Una, sobre la tía Leoncia, dueña de la casa donde la familia del narrador pasaba sus veranos en Combray. La tía, que siempre estaba en cama, siempre decía estar enferma y según ella no dormía ni de noche ni de día, aunque cualquiera podía sorprenderla roncando, detestaba en particular a dos categorías de personas. Unas, las peores, aquellas que le decían que estaba bien y lo que debiera hacer era levantarse, dar un buen paseo al sol y comerse un buen bistec. ¡Qué falta de respeto! No las soportaba. Las otras, eran las que la encontraban más enferma de lo que ella decía estar y, lamentando su mala salud, ponían cara de circunstancia, creyéndola próxima a morir. También pasaban a formar parte de la lista negra de la tía. Su empleada, la fiel y abnegada Francisca, conocía el peligro de quedarse corto o de pasarse de largo ante la tía Leoncia. Siendo una mujer bastante básica y a veces dura, era inteligentísima. Cuando ve desfilar a un regimiento que va a la guerra, sale como todo el pueblo a avivar a los soldados, pero ella, a diferencia de los demás, termina llorando. Sus lágrimas saben que más de la mitad de esos jóvenes no van a volver y eso la quiebra. El jardinero se da cuenta y reflexiona: es preferible la revolución a la guerra. De la conscripción, piensa él, nadie se puede librar. En cambio -dice-, a la revolución van los que quieren. ¡Qué libro descomunal! ¿En qué está la Unesco o la ONU que no declaran En busca del tiempo perdido como reserva patrimonial y moral de la humanidad en términos de psicología y comprensión de la condición humana?
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