Por Ascanio CavalloAnimales fantásticos

Las cifras sobre prominencia de la ayuda al gobierno de Boric no son muy altas. No se divisa una inteligencia estratégica decisiva, como la de Enrique Correa-Edgardo Boeninger con Aylwin; ni un círculo de influencia fuerte, como el de Genaro Arriagada con Frei; ni un Segundo Piso alerta y operativo, como el de Ernesto Ottone con Lagos. No hay nada parecido en el gobierno de Boric, pero quizás esto habla menos de la voluntad y el esfuerzo de las personas que de la capacidad de homeostasis del gobierno. El 50% de esas menciones corresponde a figuras del Socialismo Democrático, versus 30% del Frente Amplio-Partido Comunista (sin clasificar a Luis Cordero, cuyo 2% tampoco desequilibra las cosas).
La gente percibe que el Socialismo Democrático ha sido la principal fuerza de respaldo del cuatrienio, una noción muy perceptiva, que contradice los sentimientos de superioridad que aún prevalecen en la alianza FA-PC.
La mayor parte de ese 50%, un 28%, se atribuye al exministro (socialista) de Hacienda Mario Marcel; quien lo sigue dentro de esa alianza fantasmal es la exministra (pepedé) del Interior Carolina Tohá, con un 10%, y en la sociedad FA-PC, el aporte descollante es el de la ministra secretaria general de gobierno, Camila Vallejo, la única comunista que camina a horcajadas con el frenteamplismo.
Marcel no alcanza a salvar al gobierno. Pero contuvo uno de los flancos más enervantes del trabajo del Ejecutivo, la gestión macroeconómica. Visto en términos históricos, esta puede ser la principal herencia de la Concertación: la noción de que se puede jugar un poco con la economía -la jugada de apariencia redistributiva-, pero hasta por ahí no más. No se debe incumplir el presupuesto, no hay que afectar la inversión, no se puede impedir algo de crecimiento. Quien no creía en esas cosas, la expresidenta Michelle Bachelet, tuvo las peores cifras en 35 años; el de Boric será el segundo gobierno con las marcas más bajas.
No se sabe aún -y se tardará en saber, probablemente- cuántas cosas inadecuadas tuvo que detener Marcel, y tampoco se sabe cuántas cosas tuvo que aceptar. Sólo se tiene una sombra de las variadas formas en que el ministro administró las inmensas presiones de gasto público: incremento de la deuda pública, liquidación de fondos soberanos, utilización de reservas y, en fin, la recordada intervención a saco en los bolsillos de Corfo, nada ilegal, pero raro, y la frenética actividad del Servicio de Impuestos Internos para asediar al limitado grupo de contribuyentes reales, nada ilegal, pero todavía más raro.
Si se mantuvo en su cargo por gran parte del cuatrienio será porque debió ponderar cuándo acceder a los deseos del presidente y cuándo advertirle que esos deseos no eran posibles. En esto, Marcel debió vivir una experiencia similar a otros ministros de hacienda, sólo que con un presidente que ansiaba cumplir un programa anticapitalista y, además, sin entender mucho de economía.
Para evaluar la contribución del Socialismo Democrático es ineludible decir que, a pesar de ella, el costo fue altísimo: la derrota apabullante de Carolina Tohá en las primarias para elegir la candidatura presidencial. No hay ninguna certeza de que a Tohá le hubiera ido mejor que a Jeannette Jara, pero sí es claro que no habría podido emplear en su favor el apoyo al gobierno de su partido y su sector, porque el presidente estuvo sistemáticamente empeñado en impedir que alguien rasguñara la tesis de la “unidad de la izquierda”. Carolina Tohá fue sentenciada en ese altar, y su derrota, al margen de sus propias ambigüedades, no puede considerarse de ninguna manera personal.
También hay que decir que el Socialismo Democrático es hoy una entelequia, o acaso una denominación del periodismo político, que siempre necesita poner nombre, incluso a lo innombrable. El Socialismo Democrático no es un nombre oficial, no tiene una sede, no realiza reuniones, ni siquiera se coordina. Los partidos incluidos en ese nombre son el PS, el PPD, el PR y el PL, pero las diferencias de peso militante y electoral entre ellos impiden que sea una agrupación entre iguales. Es más bien una denominación defensiva, destinada a limitar el galopante liderazgo del PC y a mantener viva cierta inclinación socialdemócrata. Sólo que al PS, que mantuvo por más de una década la hegemonía de este grupo, en buena medida gracias a Michelle Bachelet, no parece interesarle mucho. Y menos a Bachelet, que es la madre de la tesis de la “unidad de la izquierda” en el siglo XXI. Boric ha sido un ahijado suyo, con su continua presión por la disciplina de las listas únicas electorales.
El resultado es que el Socialismo Democrático cayó con la derrota de Tohá y podría haber sido desmantelado si no fuese porque al PPD le fue bien en las elecciones parlamentarias, donde igualó los resultados del PS, lo que podría elevar los incentivos para buscar una identidad propia. Está por verse.
La “unidad de la izquierda” supone una muy baja diferenciación entre quienes la componen. Es una idea que se remonta a la época de los frentes populares, renovada más tarde por la Guerra Fría.
Después de la elección de Kast y, sobre todo, de la catastrófica candidatura de Jeannette Jara, la “unidad de la izquierda” lleva las de ganar en cuanto tesis dominante -o única- de la futura oposición, precisamente por el miedo de ser arrasada. Esta será la amenaza constante de quienes no quieren dos culturas en la izquierda. No hay todavía ninguna señal -ninguna reunión, ninguna declaración, ningún documento- que sugiera que el Socialismo Democrático pueda salir de su condición de animal fantástico, ya para cobrar sus servicios al Frente Amplio, ya para materializarse como fuerza política.
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