Por Joaquín TrujilloArruinando las leyes de la República de las Letras

Cientos de pensadores, desde Solón hasta John Rawls, están, con todas sus diferencias, de acuerdo en una cosa: cuando no es impuesta por la mera costumbre, el legislador —o sea, el escritor de la ley— imagina racionalmente sus implicaciones, hasta las más improbables, para que el resultado de ese proceso sea una prohibición, un mandato o un permiso de naturaleza perdurable; esto con el fin de que la ley no tenga que modificarse a cada momento, descolocada por la realidad que fue incapaz de prever o, peor, simplemente considerar. Quien se atreve a cambiar una ley y a alterar con ello todas las costumbres que han proliferado a su alrededor asume una responsabilidad intimidatoria. Debe tener seguridad absoluta de lo que está haciendo. Debe haber estudiado muy bien todas sus consecuencias.
Para enojar a pocos con esta columna, propongo referirnos a una de esas leyes que se tramitan rápido, que son de artículo único, que pasan por el Congreso con la velocidad de una liebre sin que ningún escritor de leyes se mueva de su asiento a detenerla. Una de esas que solo atañen a un grupo de gente conflictiva de luchas intestinas, de esas que algunos sobrios entienden: la Ley de Premios Nacionales, en específico, la del Premio Nacional de Literatura.
En la ley 19.169 de 1992, el artículo 1° decía que ese galardón debía otorgársele bienalmente a autores que hubiesen hecho una gran contribución en varios ámbitos, entre ellos la Literatura.
En junio de 2025 se deslizó una pequeña y gran («gran» en el mal sentido, obviamente) reforma, por la cual el de Literatura comenzaría a concederse todos los años, siendo la única excepción a los bienales.
No contentos con eso, los escritores de leyes —cuya responsabilidad es nada menos que esa: mejorarlas o abstenerse de empeorarlas— incluyeron que debía entregarse el Premio a poetas (en años pares) y narradores (en los impares). ¡De esta sutil manera, los legisladores eliminaron de dicho galardón dos géneros literarios que forman parte de la columna vertebral de Occidente: el ensayo y la dramaturgia!
Claro, existe otro Premio, el de Humanidades y Ciencias Sociales, en el que eventualmente podría entrar el ensayo; y además, el de Artes Escénicas, en el que sabría colarse la dramaturgia. En rigor, eso ha ocurrido más de una vez, pero ese argumento es forzado a la hora de pensar honestamente una reforma que desconoce la taxonomía del Estado y de las Artes.
Los aportes del ensayismo y la dramaturgia como géneros exclusivamente literarios son inmensos. Pido perdón por la grandilocuencia, pero Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe, es lo que se llama en alemán un Buchdrama o Lesedrama, y en inglés closet drama; o sea, un teatro de lectura, en buena medida irrepresentable (aunque lo haya sido). Asimismo, los Ensayos de Michel de Montaigne no son poesía, narrativa, ni menos ciencia social (aunque puedan también leerse como tales).
Según se ve, una ley que estaba redactada en términos amplios para evitar la injusticia afinó la puntería y, por ese mismo hecho, quedó chanfleada hasta nuevo aviso.
Por Joaquín Trujillo, investigador CEP
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