Opinión

Auto de fe

La agresión en la Universidad Austral de Valdivia a la ministra Ximena Lincolao nos recordó la vieja pulsión de la extrema izquierda por transformar a los adversarios en herejes. Por lo mismo, la violenta escena de insultos, hostigamiento, encierro y humillación pública tuvo algo inquietantemente parecido a la lógica de los antiguos autos de fe de la Inquisición. En efecto, la sola presencia de la ministra Lincolao pareció gatillar el mecanismo moral de un grupo convencido de poseer pureza ideológica, convirtiendo a su circunstancial víctima en símbolo del mal mediante una premeditada ceremonia de castigo destinada a escarmentar en lugar de debatir.

A lo largo de la historia, el auto de fe no fue solo una suerte de acto judicial eclesiástico, sino también un teatro pedagógico del poder. Su función era exhibir al desviado, señalarlo ante la comunidad y reafirmar, mediante su sometimiento, la ortodoxia religiosa dominante. Algo de esa estructura se repite cuando una universidad deja de ser espacio de discusión y se convierte en escenario de expiación política. La autoridad ya no es una interlocutora legítima, sino solo un cuerpo sobre el cual descargar una fanática y sobreideologizada indignación moral. No se busca refutarla, sino degradarla. No se la invita a responder, sino a soportar el ritual de la condena.

Sin lugar a dudas esa es la dimensión más alarmante de la violencia expuesta en Valdivia. La funa, el cerco, el escrache, la humillación colectiva, incluso cuando se presenta como protesta legítima, degenera en una dramaturgia de purificación, donde lo central no es la justicia de una demanda, sino el goce de castigar al adversario. Cuando ello ocurre en la universidad, el problema es aún mayor, porque por definición es el lugar donde una sociedad aprende a convivir con el desacuerdo y no donde reedita, bajo ropajes políticos modernos, antiguos ritos de excomunión.

En su única novela –“Auto de fe”- el premio Nobel Elías Canetti narra la historia de Peter Kien, un académico especialista en China, propietario de una enorme biblioteca de la que se ocupa él mismo. Se trata de un hombre agresivo, misógino y para quien la vida en sociedad se encuentra degradada. Al igual que ahora en la Universidad Austral de Chile, pero antes en otros recintos universitarios, las escenas de violencia reflejan la misma degradación del espacio civilizado. La inteligencia cede ante la masa, y el disentimiento se transforma en culpa. Como en el libro de Canetti, el mundo del saber no logra contener la barbarie, sino que, por momentos, parece incluso incubarla. Instituciones que suelen pensarse a sí mismas como espacios de emancipación y pensamiento crítico caen en formas primitivas de intolerancia.

Lo ocurrido en Valdivia no debe leerse entonces solo como un exceso puntual ni como un incidente aislado, sino como una advertencia. No hacen falta hogueras para reconocer el espíritu del auto de fe que anida en la derrotada extrema izquierda chilena.

Por Gabriel Zaliasnik. profesor de Derecho Penal, Universidad de Chile

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