Por Óscar Guillermo GarretónCegueras compartidas
La escena política sorprende. El desorden gubernamental ha reanimado a una oposición hace rato alicaída. Posibles diferencias se esfuman ante la convergencia en el boicot al gobierno. Concluyeron que era perder el tiempo discutir en qué se habían equivocado para caracterizarse por un fracaso de 15 años en dar respuesta a las demandas populares más acuciantes: prosperidad y seguridad. Se reavivó la esperanza de que en 4 años podían volver a La Moneda, y más que reconocer errores propios, correspondía rechazarle todo al gobierno, desatar “tsunamis” legislativos, embarrarlo todo, hacerle la vida imposible, sin más proyecto que habitar nuevamente espacios burocráticos. Es su alma de moradores, no de gobernantes como en tiempos de Lagos.
Pero también sorprende el gobierno. Uno esperaba inicios ordenados. Decían tener claro qué hacer, incluso priorizaron un “plan de emergencia” con decenas de medidas. Pero, más que un plan claro pareciera que cada ministro, cada ocupante del “segundo piso”, cada partido de gobierno, cada parlamentario, tiene el suyo. Más que ausencia de relato, muchos relatos se cruzan públicamente. Quizás muros adentro de palacio tienen las cosas claras, pero han omitido la política: convencer a “la polis”. Cuando ocurre esto, la gente no sabe a qué atenerse, está ausente un sentido de lo que se hace y se resiente la autoridad gubernamental y presidencial.
Ambos padecen ceguera distinta pero la epidemia es compartida. Ignoran que ya no son alternativas únicas para una sociedad hastiada con sus políticos. Se traba el péndulo de la alternancia quinceañera entre dos autoritarismos. Aquel excluyente de la izquierda refundacional respaldada por la otra izquierda, que estima ilegítimo el gobierno de alguien distinto a ella, pero no refunda nada; y aquel excluyente de derecha que siente tener la verdad para ejercerla, sin buscar convencer y concordar con otros, ni siquiera con su ciudadanía (o el CFA). En primera vuelta ninguno alcanzó un tercio de los votos, o sea, cada uno tuvo más de dos tercios de electores que no votaron por él. Y en segunda vuelta, el voto mayoritario por cada candidato fue de quienes no votaron por él en primera vuelta. Sus supuestas mayorías son frágiles e inestables.
No es raro entonces que el péndulo amenace torcer rumbo. Si la izquierda renuncia a repensarse después de fracasos tan monumentales, solo obsesionada en volver a ocupar el aparato estatal; y la derecha no entiende que requiere más de dos o tres votos inciertos para que la ciudadanía y los inversionistas hagan suyos sus sueños de éxito, no nos extrañemos si ante la interminable esterilidad gubernamental irrumpe una candidatura “anti elite” en el horizonte de Chile, dispuesta a ocupar el vacío orgánico de ese oscilante “centro” artífice de mayorías. ¿Han visto cómo aprovechan Parisi y su PDG este tiempo donde se gestan futuros?
Por Óscar Guillermo Garretón, economista
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