Opinión

Celebridades portátiles

Foto referencial Getty Images Carol Yepes

La tecnología crea, transforma y destruye formas de vida. En los inicios de la industria del cine en Estados Unidos, las primeras empresas productoras de películas evitaban divulgar las identidades de los actores y actrices que aparecían en sus cintas, consideraban que el interés debía concentrarse en las obras proyectadas en teatros. El cambio ocurrió en 1910, cuando una actriz conocida por el público simplemente como “la chica Biograph”, por el nombre de la compañía de cine para la que trabajaba, apareció en los diarios con su identidad, Florence Lawrence, porque aparentemente había muerto en un accidente callejero. La noticia de su muerte no era real, sino una estrategia tramada por el productor independiente Carl Laemmle, más tarde creador de los estudios Universal, quien la había contratado. El ardid tuvo efecto: el público quiso saber más de ella. Luego el accidente fue desmentido, Lawrence estaba viva y fue entrevistada informando sobre sus futuros trabajos. En adelante, cada vez con más frecuencia, las identidades de los actores y actrices serían difundidas hasta convertirse en un gancho de promoción de las películas. La carrera de Florence Lawrence marcó el surgimiento de una nueva figura humana, el de las estrellas de cine, que consolidaría una industria en ascenso.

Los relatos en imágenes en movimiento reconfiguraron el concepto de personalidad admirable reservado hasta ese momento a figuras políticas, militares o teatrales. La lógica de las estrellas de cine fue replicada en la televisión, que extendería el efecto en cantantes, panelistas, entrevistadores y conductores de noticieros. La vida de las celebridades, en tanto inalcanzables, sería a la vez una ensoñación exportable, masificada, sobre la que se apoyarían otras industrias -música, moda, publicidad, prensa- para hacer negocios. Todo ese universo, que funcionó durante gran parte del siglo XX, cambiaría vertiginosamente durante esa bisagra de época que va desde la segunda mitad de los 90 hasta la década pasada, con la masificación de internet, la creación de los reality shows como formato de televisión, los avances tecnológicos asociados a la transmisión de imágenes en movimiento, la masificación de las pantallas portátiles y, finalmente, la posibilidad de que aquellas personalidades famosas que antes resultaban inalcanzables dejaran de serlo tanto gracias a las posibilidades de inmediatez ofrecidas por las redes sociales: hacerles sentir la admiración más profunda o el odio más corrosivo en adelante estaría al alcance de la mano de cualquiera. En ese interregno temporal y tecnológico, la fama cambió de pelo y aparecieron figuras como Mario Lavandeira, más conocido como Pérez Hilton, quien construyó su propia carrera criticando con despiadada mordacidad a las celebridades del momento en un blog. Hilton hizo un recorrido por todas las plataformas disponibles -televisión, podcast, YouTube, TikTok- encarnando una nueva manera de ejercer el sensacionalismo de farándula: ya no era necesario un medio, bastaba con una cámara, un micrófono, conexión a internet y una audiencia portátil ansiosa. El pasado martes los espectadores de la cuenta TikTok de Pérez Hilton lo vieron transmitiendo en vivo con un cuchillo en mano, cubierto de sangre, mientras parecía estar infligiéndose cortes en el cuerpo.

El actual oficio de “influencer” es una condición humana tributaria de todos los cambios del estatus de celebridad fraguado durante el siglo XX, solo que diluido, mezclado y agitado por la aceleración tecnológica de las últimas décadas. También es un sensor sobre el modo en que las generaciones nacidas a partir de la segunda mitad de los 90 se relacionan con aquellos considerados como “celebridades”. Los patrones de fidelidad o suspicacia frente al famoso son diferentes a los de otras épocas. La popularidad del “contenido” que ofrece un influencer puede reportarle seguidores, pero no necesariamente ingresos, y se sostiene sobre un vínculo a la vez exigente y precario: mientras más muestre de su vida, mejor. La explotación de la propia intimidad es aplaudida, pero a mayor exposición más posibilidades de decir o actuar de un modo que puede resultar equivocado para una audiencia ansiosa de juzgar: una mala costumbre, un prejuicio heredado o la propia ignorancia expuesta en segundos puede ser castigada y difundida hasta servir para la burla colectiva. El influencer puede ser en apariencia un modelo de estilo de vida, pero siempre será, en potencia, la presa favorita del consumo irónico y el blanco predilecto de quienes disfrutan de la torpeza ajena, sobre todo cuando tiene auspicio comercial, como aquella chica que cayó en desgracia tras grabar a su padre dándole wasabi al perro de la casa como si se tratara de una travesura de la que todos debían reírse.

La figura del influencer no atrae al público del mismo modo en que Dua Lipa o George Clooney lo hacen para vender perfumes o café instantáneo. No representan una ensoñación alimentada por un talento especial o un trabajo anterior reconocido, sino personas que han decidido hacer de sus vidas -más o menos afortunadas- vitrinas comerciales bajo la etiqueta de “contenido”, una expresión tan amplia e indefinida que deja una sensación permanente de vacío.

El influencer es el resultado de la adaptación a las nuevas condiciones ambientales, una mutación que responde al nuevo estatus en el que han sido dispuestos los famosos en la sociedad actual, ansiosa, impaciente y repleta de posibilidades de registrar la propia experiencia cotidiana y de pantallas en donde exhibirlas. Un mundo en el que la aspiración perdurable tiende a confundirse con la satisfacción y el deseo inmediato, aunque sean dos asuntos tan diferentes en grado como lo son la luz de las estrellas reales y la opaca resolana inane de las celebridades portátiles que viven dentro de un teléfono, como vendedores viajeros de bolsillo.

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