Opinión

¿Colonia o República?

Santiago, 20 de Febrero 2026. El Canciller Alberto Van Klaveren entrega un punto de prensa luego de reunirse con el ministerio del interior por la revocacion de visas para el ministro Juan Carlos Munoz de parte de Estados Unidos Diego Martin/Aton Chile Diego Martin

El matonaje del régimen de Trump sobre el que califica oficialmente como su “patio trasero”, América Latina, vive un nuevo hito, esta vez con Chile como país agredido.

El secretario de Estado Marco Rubio anunció castigos contra tres autoridades chilenas: el ministro de Transportes, Juan Carlos Muñoz; el subsecretario de Telecomunicaciones, Claudio Araya, y su jefe de gabinete, Guillermo Petersen. Les acusa de actuar “en contra de nuestros intereses y perjudicar la seguridad regional”.

“Nuestros” intereses son los del régimen trumpista, por cierto, no los del único país al que esos tres funcionarios tienen el deber de favorecer: Chile.

El pecado por el que se les castiga es analizar la propuesta de una empresa china para construir un cable de fibra óptica submarina que una a Valparaíso con Asia. Simplemente eso. Analizar una propuesta. Es un proyecto que no ha avanzado ni tiene aprobación alguna. Pero, para el matonaje del régimen, basta con eso para convertirlos en enemigos que deben ser disciplinados.

Los castigos son un insulto contra nuestra soberanía. El régimen trumpista notifica que, de ahora en adelante, sancionará a las autoridades de la República de Chile que aprueben o, incluso, tengan la insolencia de escuchar, proyectos que no agraden al paladar imperial.

Si Chile se doblegara ante tal pretensión, huelga decirlo, dejaría de ser una República y pasaría a ser una colonia. Una en que nuestras autoridades ya no tendrían que poner en primer lugar el bienestar de nuestro país, sino el de la potencia imperial.

Negarse, por imposición de un régimen extranjero, a evaluar un proyecto multimillonario de inversión, que podría mejorar nuestra conectividad digital con Asia, y que además viene de nuestro primer socio comercial, China, sería renunciar a nuestra soberanía.

Cabría esperar que los autodenominados “patriotas” chilenos fueran los primeros en poner el grito en el cielo contra esta agresión a nuestra Patria. Pero una vez más, tal como cuando el régimen trumpista violó el tratado de libre comercio con Chile, imponiéndonos aranceles unilaterales, han dejado en claro que sus lealtades no están con nuestro país.

Un ejemplo particularmente miserable es el del seudointelectual Axel Kaiser, quien calificó de “excelente” el castigo, y dejó un mensaje público a Marco Rubio, en inglés: “Como chileno, le agradezco por esto. Ellos han destruido nuestro país al alinearse con el crimen organizado”.

Acusar a Juan Carlos Muñoz, un académico de gran prestigio, reconocido por moros y cristianos como un excelente ministro, miembro de la Academia de Exalumnos Distinguidos de la Universidad de Berkeley, de “destruir nuestro país al alinearse con el crimen organizado”, por escuchar una propuesta de inversión, es una canallada sin nombre.

Más cuando esta sanción tiene la ignominia adicional de castigar a los familiares de las autoridades chilenas, revocando la visa a una hija del ministro que estudia un posgrado en Estados Unidos.

Pero a estas alturas no sorprende. La verdad, la decencia, la Patria, dan lo mismo. Lo único que importa a estos sujetos es dar muestras de lealtad servil a la secta MAGA, buscando un puestito en la corte de Mar-a-Lago.

Por cierto, la presión del régimen no es hacia el gobierno actual, que ya va de salida, sino hacia el próximo. En su declaración, interviene en política interna al atacar al gobierno chileno (“En su ocaso, el legado del Gobierno de Boric se verá aún más empañado por acciones que socavan la seguridad regional a expensas del pueblo chileno”) y exaltar al futuro presidente (“esperamos con interés avanzar en las prioridades comunes, incluidas las que refuerzan la seguridad en nuestro hemisferio, con la próxima Administración Kast”).

La exigencia de sometimiento, entonces, es para Kast: ¿se arrodillará ante el chantaje, o permanecerá firme en la defensa de Chile?

Lamentablemente, la primera respuesta fue pusilánime. En vez de mostrar fortaleza y unidad en un tema de Estado, el futuro canciller Francisco Pérez se negó a defender al país. “Creemos que es necesario conocer absolutamente todos los antecedentes respecto de la decisión que ha informado Estados Unidos para poder analizar los fundamentos de esta medida”, afirmó.

Su postura es impresentable. Pérez al parecer no entiende que es el futuro Canciller de la República de Chile, no un observador imparcial en un conflicto entre dos países. ¿Acaso -depués de “analizar los antecedentes”- podría apoyar al régimen trumpista contra Chile? ¿Acaso el futuro canciller de Chile considera que el castigo de una potencia extranjera contra un ministro chileno por estudiar un proyecto podría estar justificado?

La timorata reacción de Pérez es preocupante. No solo porque el futuro canciller no es capaz de defender nuestra dignidad nacional. También porque una alineación incondicional con la secta MAGA, vetando las inversiones de nuestro principal socio comercial, sería ruinosa para Chile.

Además, la secta MAGA no es Estados Unidos. Importantes estados en su relación con Chile, como California y Nueva York, se oponen frontalmente a ella. Trump se debilita; el mismo día que se anunciaban los castigos contra Chile, la Corte Suprema le propinó la peor derrota política de su mandato, al declarar inconstitucionales sus aranceles (contra Chile, entre otros).

Subirse al carro de la locura trumpista no sólo arriesga nuestro prestigio internacional; también nos deja muy mal con las fuerzas democráticas dentro de Estados Unidos.

La República de Chile es un país serio y un socio confiable gracias a una línea histórica permanente, en gobiernos de derecha o de izquierda: respeto a los tratados y a la soberanía de los países; rechazo a cualquier pretensión imperial; multilateralismo y comercio abierto con todo el mundo, sin vetos ni excepciones.

Y, por cierto, nuestras autoridades tienen el deber de tener un solo interés en mente en cada una de sus decisiones: ni el de Estados Unidos, ni el de China; sólo el de Chile, y nada más que el de Chile.

El futuro canciller demostró no estar a la altura del desafío. Es de esperar que el próximo Presidente de la República sí lo esté, y entienda que el trabajo para el que lo eligieron los chilenos es ser el Jefe de Estado de nuestra Patria, no el sumiso virrey de la corte de Mar-a-Lago.

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