Por Cristián ValdiviesoCuando el futuro organizaba el presente

Quizás el cambio más profundo que hemos vivido en los últimos años no tenga que ver con la política ni con la economía, sino con la forma como experimentamos el tiempo.
Durante más de tres décadas el país vivió orientado hacia una estación siguiente. Primero consolidar la democracia y la libertad. Luego derrotar la pobreza y construir una amplia clase media junto con un imaginario de progreso. Más tarde alcanzar el desarrollo. Los últimos años estuvieron marcados por la expectativa de una nueva etapa institucional mediante dos procesos constituyentes.
Eran momentos históricos muy distintos, pero compartían una misma lógica: siempre existía un “después” que organizaba y daba sentido al presente. El esfuerzo cotidiano parecía formar parte de una trayectoria reconocible. Estudiar y trabajar prometían movilidad. Ahorrar hacía imaginable la casa propia. Tener hijos suponía que vivirían mejor que sus padres. Durante décadas, el futuro organizó el presente.
Con el tiempo, sin embargo, ese horizonte comenzó a estrecharse. No por un único acontecimiento, sino por la acumulación de muchos. El estancamiento económico, el estallido social, la pandemia, la crisis de seguridad, el deterioro del empleo, la crisis habitacional, la baja natalidad o la irrupción de la inteligencia artificial no explican, por separado, el Chile que vivimos. Pero juntos parecen haber modificado la forma como experimentamos el tiempo.
Poco a poco dejamos de preguntarnos cómo llegar al desarrollo y comenzamos a preguntarnos cómo evitar retroceder. El futuro dejó de ser una promesa compartida para convertirse en un espacio de incertidumbre. Y cuando el futuro dejó de organizar el presente, cambiaron muchas más cosas que el estado de ánimo.
Cambió la manera de entender el trabajo, que dejó de ser principalmente una promesa de movilidad para convertirse más bien en una fuente de protección básica frente a la incertidumbre. Cambió la relación con la casa propia, con el ahorro y la decisión de tener hijos. Cambió también la política, cada vez más exigida a resolver urgencias antes que a ofrecer horizontes.
Por eso durante los últimos años depositamos expectativas en la idea de un gran punto de inflexión. El estallido social parecía inaugurar una nueva etapa. Luego fueron los procesos constituyentes. Después, múltiples elecciones. Cada momento prometía abrir un nuevo ciclo capaz de reorganizar el país. Pero esa expectativa terminó por agotarse.
Fue así como se instaló una nueva normalidad. No la de un país condenado al pesimismo, sino la de una sociedad cuyo presente dejó de estar organizado por el futuro. Una sociedad que ya no vive esperando un gran punto de inflexión.
Quizás no haya nada tan excepcional en ello. No todas las épocas viven detrás de un gran relato compartido. También existen períodos en que el presente deja de ser la antesala de otra cosa y vuelve, simplemente, a ser el tiempo donde transcurre la historia.
Por Cristián Valdivieso, director de Criteria
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