Por Héctor SotoDesde el respeto

Amoroso. Nouvelle Vague, el tributo que el cineasta Richard Linklater rinde al movimiento fílmico que inaugura a fines de los años 50 la modernidad cinematográfica, es una película sentida y cariñosa. Sin embargo, difícilmente podría ser descrita como entrañable. El relato quiere ser una crónica simpática de los 23 días que duró el rodaje de Sin aliento y una panorámica al grupo de colaboradores y amigos que estuvo detrás de ese rodaje, partiendo por la oficina de la redacción de la revista Cahier du Cinéma, por varios de los críticos que se involucraron en la aventura y por la forma en que Godard terminó seleccionando a Jean Paul Belmondo y Jean Seberg para los roles protagónicos. Está bien. La mirada a ese proceso es respetuosa y seguramente interesante. Pero también es pánfila. Demasiada simpatía y buenismo. La cinta es más “godardista” que “godardiana”. Tampoco ayuda el retrato más bien ñoño que entrega del realizador, que casi todo el tiempo se está paseando por la pantalla repitiendo como tonto frases para el bronce y citas intelectualmente pretenciosas. La verdad es que su personaje llega a ser un tanto patético. No hay que descartar que el cineasta haya sido presumido, pero si tal fue el caso, Linklater debió haber mostrado otras facetas suyas que en justicia lo convirtieron durante años en un gran referente del cine contemporáneo. No hay caso: la película de Linklater confirma que el cine dentro del cine (y sobre todo el cine de inspiración cinéfila) es con frecuencia un cementerio de elefantes, como ocurrió hace poco con Mank, la versión que David Fincher entregó del rodaje de Citizen Kane, o hace décadas con Recuerdos, la cinta en la cual Woody Allen se rindió tributo a sí mismo. Así las cosas, llevado por el cariño, Linklater, que es un gran director, esta vez tuvo un traspié. El consuelo es que como autor él está más vigente que nunca. Así lo prueba Bleu Moon, que debiera estrenarse pronto. Está protagonizada por Ethan Hawke y Margaret Qualley y relata una de las últimas noches de Lorenz Hart, el letrista colaborador durante un tiempo del compositor Richard Rodgers, antes que el alcohol, la soledad y los sentimientos de fracaso acabaran con su vida en noviembre de 1943. Rodgers para entonces ya había unido su talento al de Oscar Hammerstein, encarnando el más exitoso binomio creativo del “musicial” americano,
Gran escritora. Sé que llego tarde al reconocimiento de las novelas de Elizabeth Strout, que ha obtenido numerosos galardones en Estados Unidos, su patria, entre otros el Pulitzer de ficción el año 2009, y que a estas alturas cuenta con un público lector que ya se cuenta por millones. He leído dos libros suyos: Me llamo Elizabeth Burton, el primero de una serie de novelas centrado en la figura de una mujer de orígenes muy pobres que llega a convertirse en escritora, y Lucy y el mar, de la misma serie, que recoge la experiencia de ese mismo personaje durante los días de la pandemia en Maine, Portland. Son narraciones curiosas. Despistan al lector, porque parecen obras de autoficción y en realidad no lo son. Así y todo, tienen una enorme carga testimonial indesmentible, sin que por eso dejen de ser obras de ficción. Tienen, además, otro atributo, que no es menor, porque da cuenta de un portentoso talento en la escritora, muy poco habitual: capacidad de transformar en historias -y en historia apasionantes- experiencias que en principio son de lo más corrientes y que en manos de cualquier otro escritor no calificarían ni para pequeñas viñetas. ¿Qué es lo que la hace tan singular? Bueno, de partida su sensibilidad femenina. Sus historias siempre están habitadas por mujeres; hay quienes dicen que podría tratarse, al margen de todo alcance peyorativo, de una Alice Monroe de escala menor. Otro rasgo muy suyo: sus novelas son muy libres; apenas tienen una trama que las unifica. Lo que importa no es tanto qué va a pasar, sino cómo lo va a contar. Próxima a cumplir 70 años, en los escritos de Elizabeth Strout abundan los sentimientos de soledad y la tristeza asociada a las experiencias de la enfermedad, de la vejez y de la muerte. Siendo así, no tiene nada de raro que su literatura arrase entre gente mayor.
Un acontecimiento. Eso es lo que es la reciente edición, made in Chile, de la Universidad Católica del Maule en conjunto con Ediciones Tácitas de los Ensayos de Michel de Montaigne. Desde luego es impresionante ver la obra completa, anterior al Quijote en unos 20 años, en un solo tomo. Traducción de Pierre Jacomet “en lenguaje llano y moderno”, tapa dura, letra grande y una encuadernación que facilita la lectura, porque, a pesar de las dimensiones del volumen (1.300 páginas), el libro se abre sin problemas. Precedido de un estudio biográfico, histórico y literario del propio Jacomet, esta edición tiene otra ventaja: un índice onomástico completísimo que facilitará las consultas. Más que un aplauso, merece una ovación.
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