Por Ascanio CavalloDiez días para Irán

El dólar subió. El petróleo subió. La Bolsa bajó. Estos tres fenómenos, por ahora leves, son estelas distantes de una misma situación: la enorme acumulación de fuerzas navales y aéreas que el gobierno de Donald Trump ha estado llevando a efecto en el mar Arábigo y en el Mediterráneo, como presión directa para que Irán desista de construir un arma nuclear.
Trump desechó en el 2018 la iniciativa de un tratado que había promovido Barack Obama en el 2015, y desde entonces ha sostenido que las estrategias de apaciguamiento sólo fortalecen al régimen iraní. Ahora parece haber aprovechado el mal estado interno de la teocracia que impera en Teherán, afectada por una severa crisis económica y una sistemática censura de internet, que han sacado a miles de jóvenes a las calles. La represión se elevó a niveles nunca antes vistos durante gran parte de enero. Organismos especializados en derechos humanos cifran en 7.000 las muertes en esas protestas, aunque advierten que otros 12.800 casos están siendo analizados.
En medio de las protestas, Trump advirtió al gobierno iraní que podría recibir castigo si la represión continuaba y hasta emitió un mensaje que alentaba a los opositores a esperar la inminente ayuda estadounidense. Eso no ocurrió, pero sí llegó a la región el portaaviones Abraham Lincoln, más una decena de naves de guerra, acompañados de centenares de aviones militares de todo tipo.
Todo esto tiene un extraordinario parecido con el cerco sobre Venezuela. Como en aquel caso, hay una amalgama de a lo menos tres motivaciones diferentes: la estabilidad regional, la restauración democrática y el petróleo. De la experiencia venezolana se sabe que sólo se cumplen dos y que el objetivo democrático es más bien el último. Irán y el Medio Oriente tienen otra escala, por supuesto, lo mismo que el potencial de propagación de un conflicto armado. Pero Trump actúa según una lógica difícilmente refutable: el poder de Estados Unidos no tiene parangón en el planeta.
Después de la Guerra Fría, una gruesa corriente de analistas desarrolló la idea de que el mundo había pasado de un estado bipolar a uno multipolar. Pero esto es cierto si sólo se toma en cuenta el número de estados que tienen armas nucleares. Con cualquier otro parámetro, nada se compara con Estados Unidos. Así lo demostró, para no ir más lejos, el ataque (con bombas que nadie más posee) a las plantas nucleares iraníes, en junio pasado; Irán no fue capaz de articular más respuesta que un ataque contra una base estadounidense en Catar.
Los militares saben esto desde la guerra del Golfo de 1991, cuando las fuerzas de Estados Unidos machacaron e invadieron Irak en cuestión de días. Desde esa época, el poderío de Estados Unidos no ha disminuido; al revés, ha crecido y se ha perfeccionado.
Los gobernantes de Washington, incluso los conservadores, entendían que esta fuerza debía autocontenerse, repartirse, hacerse responsable. La lógica de Trump es distinta. Estados Unidos perdió el respeto de otros por distribuir su poder. Ha perdido dinero por financiar guerras ajenas. Y ha asumido responsabilidades que un superpoderoso no tiene por qué aceptar.
El viernes, Trump anunció que se tomará 10 días para decidir cómo castiga a Irán si no renuncia a la totalidad de su programa nuclear, que a su juicio desestabiliza a toda la región. Así, el régimen de los ayatolás queda enfrentado a una cuenta regresiva con dos opciones: aceptar el desmantelamiento vigilado de su plan nuclear o hacer frente a Estados Unidos tratando de expandir el conflicto. Esto explica que Washington haya enviado un segundo portaaviones, el Gerald Ford, al Mediterráneo, con la posible misión de servir como escudo para Israel.
De modo que, en los hechos, Trump ha creado un nuevo patrón de conflictos internacionales, en el que se siente libre de usar su poderío inigualable cada vez que sus contendores no quieran hacer caso a sus propuestas, por excéntricas que ellas parezcan. No más desafíos retóricos, no más alianzas amenazantes, no más resistencia. El mundo es otro.
Y es tan diferente, que las únicas limitaciones reales al poder presidencial pueden venir desde el interior, como sucedió con la Corte Suprema, que consideró “ilegales” los aranceles aplicados por Trump en los inicios de su administración, primero a tres países por no colaborar con la reducción del tráfico de fentanilo -China, Canadá y México-, y luego al resto del mundo, en el “día de la liberación”. La corte ha declarado que Trump debió consultar al Congreso e implicó -aunque no lo dijo expresamente- que esos aranceles son nulos. Si esto último se confirma, el Tesoro estadounidense debería devolver miles de millones de dólares, creando un caos en la economía del país.
Trump trató de impedir esta sentencia con todos sus recursos, pero no lo logró, a pesar de tener una mayoría de jueces conservadores.
No es la primera vez en la historia que un hombre de poderes fantásticos tropieza con un arrecife de su propio mar.
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