Opinión

Diplomacia de monarcas

Carlos III, Rey del Reino Unido y jefe de Estado de otros catorce reinos de la Commonwealth, está en Washington D.C. Su visita, en medio de las tensiones entre Donald Trump y el gobierno británico por la guerra de Irán, podría parecer una pieza más del protocolo. Pero no lo es. Estamos frente a la diplomacia de monarcas: deliberadamente silenciosa, no irrumpe, no confronta. Se desliza.

Cuando las diferencias entre aliados se vuelven públicas —como ha ocurrido en las últimas semanas entre Estados Unidos y el Reino Unido—, los canales habituales de la política se endurecen. Las palabras pesan más y los gestos se interpretan peor. Es en ese espacio, más frágil, donde aparece la figura del monarca. El rey no llega a negociar ni a corregir a su gobierno. Llega a sostener la relación. A través de puestas en escenas y discursos cuidadosamente calibrados, avanza los valores, el poder, los intereses de la nación que representa. Lo hace a través de la historia compartida y ofreciendo un lenguaje distinto, con cercanía y humor. Enfría sin contradecir; acerca sin ceder.

Ahora estamos viendo el estreno de Carlos III, pero esta diplomacia no es nueva. En 1961, Isabel II visitó Ghana, apenas independizada. El contexto era delicado: el Presidente Kwame Nkrumah se acercaba a la órbita soviética, y en Londres sugerían cancelar el viaje. La reina fue igual y bailó con Nkrumah en una escena que recorrió el mundo. Sin declaraciones, su gesto fue inequívoco y sostuvo a Ghana en la Commonwealth, evitando un distanciamiento en plena Guerra Fría.

En 1976, en pleno desgaste del vínculo atlántico tras la Guerra de Vietnam, Isabel II hizo una visita de Estado a EE.UU. con motivo del bicentenario de la independencia. Su discurso ante el Congreso —recordando que “somos socios, no rivales”— ayudó a recomponer una relación que, a dos siglos de la ruptura, atravesaba nuevas tensiones.

Más tarde, en 1994, realizó su primera visita de Estado a la Rusia post-soviética mientras Boris Yeltsin buscaba consolidar la apertura internacional de su país. La presencia de Isabel II ofrecía algo que ningún líder electo podía dar en ese momento: una forma de legitimidad que no venía de la coyuntura política, sino de la continuidad histórica.

En España, Juan Carlos I cumplió una función similar tras el fin de la dictadura en España. Su visita a EE.UU. en 1976, poco después de la muerte de Franco, fue clave para presentar a España como un socio fiable ante Gerald Ford. Aún más simbólica fue su presencia ante el Congreso estadounidense: no representaba a un gobierno concreto, sino a un país que buscaba reinsertarse en el orden internacional.

En Medio Oriente, Hussein de Jordania desempeñó, en forma discreta pero efectiva, un papel importante en las relaciones entre Israel y Palestina.

En fin, ejemplos hay demasiados. El mensaje es este: la monarquía no sustituye a la política exterior, pero la acompaña en sus momentos más difíciles. Lejos de ser decorativa, a veces resulta decisiva. Su fuerza no reside en el poder de decisión, sino en la capacidad de representar algo más amplio que un gobierno transitorio: el Estado.

Por Benjamín Salas, abogado, colaborador asociado de Horizontal

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