Por Soledad AlvearDiplomacia en tiempos convulsos

El 2026 llegó con intensidad en materia de relaciones internacionales. Quizás lo mas evidente: la incursión del Presidente de Estados Unidos Donald Trump en Venezuela, llevando al dictador Maduro a tribunales norteamericanos.
Es una historia aún en desarrollo que tiene muchos elementos por decantar: el escrutinio sobre las reglas internacionales, la vigencia del Tratado de Roma y de la Corte Penal Internacional (en cuyo incorporación me tocó intervenir como ministra de Justicia y Canciller ), el rol de un multilateralismo que clama por eficacia en un orden internacional convulso y voluntarista, y el devenir de la propia transición venezolana. En definitiva la consistencia con la que todos los países, grandes y pequeños, enfrentan dictaduras, desde los principios del derecho internacional, pero sin perder de vista que el sufrimiento de los ciudadanos que las padecen corre en un espacio temporal distinto a la ecuación geopolítica que busca equilibrios entre continentes y grandes potencias.
Se trata de un desafío colectivo que requiere un “pragmatismo con convicciones” en el que Chile puede hacer su contribución desde los principios, con una diplomacia que siempre debe buscar nuevas respuestas.
En América Latina potenciar nuestras relaciones de vecindad sigue siendo una urgencia, sin supeditar nuestra diplomacia a la subjetividad de las empatías ideológicas de turno que no siempre dialoga con el interés de interlocutores ni las preocupaciones mayoritarias de bienestar ciudadano.
En este sentido, la primera tarea debiera ser alinear nuestros desvelos con aquellas interrogantes que demandan una respuesta global, como lo es la seguridad y la política migratoria, donde el diálogo concertado con nuestros vecinos debe seguir fortaleciéndose, a la par de una diplomacia que abra nuevos mercados, que atraiga inversiones y que aumente el intercambio comercial acudiendo a una agenda de mutua complementariedad.
Para esto necesitaremos renovar nuestro compromiso en relaciones exteriores como política de Estado y “echar mano” a todas las competencias de nuestra Cancillería, sin desaprovechar el talento que pueda provenir desde otros sectores, con generosidad y sin prejuicios, donde la experiencia gremial, empresarial y de otras disciplinas también debe ser considerada.
En una escena global, donde abunda el escepticismo, Chile debe continuar apostando por esa tradición de poner lo mejor del país detrás de las relaciones exteriores. Al final del día, una diplomacia fresca, creativa y basada en principios será siempre nuestra mejor selección nacional.
Por Soledad Alvear, abogada
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