Por Daniel MatamalaEl patio trasero

Execrar la tiranía de Nicolás Maduro y al mismo tiempo condenar el ataque militar de Estados Unidos contra un país soberano no es contradictorio. Al contrario, es la única posición consistente con el respeto al derecho como principio básico de la civilización.
Lo que hemos visto en estas horas es el estado de naturaleza, donde el derecho no existe y solo rige la ley del más fuerte.
Maduro aplicó esa ley en su tiranía. Persiguió a opositores, se robó todo lo que se podía robar, incluidas las elecciones, y se aferró al poder de manera ilegítima, gracias a un cóctel de corrupción para la élite civil y militar, y de represión para todo el resto.
Trump la aplica en política internacional. Su lógica es que la fuerza le da derecho a hacer lo que le plazca: violar sus acuerdos comerciales con todo el mundo (Chile incluido), intervenir en la política interna de otras naciones, y bombardear a lo largo y ancho del globo. Su primer año de régimen ya suma siete países atacados: Irak, Irán, Siria, Yemen, Somalía, Nigeria y Venezuela.
El ataque a Venezuela no se trata, por cierto, de restablecer la democracia. Trump corteja y alaba constantemente a dictadores de todo el planeta, a la vez que hostiliza a gobernantes democráticos, y destruye las instituciones en su propio país. De hecho, su ataque no solo viola el derecho internacional, sino también el interno, al no haber sido aprobado por el Congreso estadounidense.
Mucho menos, de combatir al narcotráfico. La mejor prueba la dio el propio Trump hace algunas semanas, al indultar al expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, quien purgaba una pena de 45 años de cárcel por narcotráfico hacia los Estados Unidos.
Trump se regocija en su hipocresía al indultar a un exgobernante narco, mientras ordena el ataque a un país soberano con el pretexto de hacer “justicia” por ese mismo delito.
El mismo Trump confesó otras razones más creíbles. Ya había advertido en los días previos que “teníamos mucho petróleo” en Venezuela y que “lo queremos de vuelta”. Tras el ataque, anunció que “nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses” tomarán el control del crudo venezolano.
Es una fase más en la escalada de intervencionismo sobre América Latina de la que hemos hablado en estas páginas durante todo 2025. Al asumir el poder, Trump destacó la era del presidente McKinley, cuando Estados Unidos se convirtió en un imperio con las anexiones de Cuba, Puerto Rico, Hawai, Filipinas y Guam.
Actualiza así la infame “Doctrina Monroe”: “América para los americanos”. Una frase en que “América” se refiere al continente, y “los americanos”, a los dirigentes estadounidenses, que se entregan a sí mismos el derecho a patronazgo sobre su “patio trasero”: América Latina.
Este ataque es una advertencia tenebrosa para todo nuestro continente. Trump pretende anexar Groenlandia, amenazó con tomar el canal de Panamá, intervino en las elecciones de Argentina y Honduras, intimidó a Colombia con sanciones y posibles bombardeos en su territorio, y castigó a Brasil por hacer justicia ante un intento de golpe de Estado.
Además, lanzó una campaña de asesinatos extrajudiciales contra ocupantes de embarcaciones en el Caribe, a quienes acusa, sin entregar evidencia, de narcotráfico. Y ahora deja claro que considera su derecho tomar por la fuerza, cuando y cómo le plazca, a otras naciones de “su” hemisferio.
Al momento de escribir estas líneas, no hay claridad sobre qué pasará con Venezuela. Trump afirma que Estados Unidos va a “controlar” a ese país, amenaza con más ataques, dice que están en contacto con la vicepresidenta chavista, y que la opositora María Corina Machado “no tiene apoyo ni respeto” para gobernar. La historia muestra que Estados Unidos es muy hábil para eliminar a líderes incómodos, y muy torpe para manejar el vacío de poder resultante.
Lo que sí sabemos es que Estados Unidos saludó 2026 poniendo la lápida sobre el orden internacional que ya había desmontado durante 2025. Ahora solo prima la ley del más fuerte, la misma que usa Israel en su genocidio sobre Gaza y la que aplica Rusia al invadir Ucrania.
Para América Latina, los presagios son funestos. Buena parte de los líderes del continente aplauden el ataque con entusiasmo. Parecen no entender que están aplaudiendo la renuncia a su soberanía nacional y su sumisión a un poder imperial.
Hoy le toca a Venezuela, Panamá, Groenlandia, Brasil, Colombia, Honduras y Argentina. Mañana, quién sabe.
Ya no hay caretas ni maquillajes. América Latina es el patio trasero de un emperador sin ley.
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