Opinión

El poder “invisible” de la gobernanza corporativa

Foto: Andrés Pérez Andres Perez

No votamos por ellos, no los vemos en campaña y rara vez conocemos sus nombres. Sin embargo, toman decisiones que afectan nuestra vida cotidiana. Porque no todo el poder se ejerce desde el palacio de gobierno o el Congreso. Existen espacios de decisión que no pasan por elecciones ni por el debate público, pero desde los cuales se adoptan decisiones que influyen de manera directa en nuestra vida cotidiana.

Muchas de esas decisiones no son visibles para el público general, pero su impacto es concreto. Inciden en la calidad, seguridad y sustentabilidad de los productos que consumimos, en la tecnología que usamos a diario, en la forma en que una empresa responde cuando enfrentamos un problema o en cómo se gestionan nuestros datos personales.

Lejos de la improvisación, estas definiciones se construyen a través de deliberación, contraste de miradas y evaluación de riesgos, con responsabilidad sobre consecuencias de largo plazo. Al igual que en la formulación de políticas públicas o en la discusión legislativa, aquí también se toman decisiones sobre nuestro presente y futuro, aunque con menor visibilidad y, por lo general, con menor escrutinio.

Ese proceso ocurre en la sala del directorio. Es ahí donde la gobernanza corporativa deja de ser un concepto abstracto y se transforma en un ejercicio concreto de poder.

Reconocer ese poder no implica cuestionar la legitimidad de las empresas, sino asumir que allí donde hay poder debe haber responsabilidad. Por eso, la gobernanza corporativa importa. Porque la forma en que funcionan los directorios -como eje central de esa gobernanza- puede marcar la diferencia entre empresas que construyen confianza y aquellas que la erosionan; entre las que crean valor sostenible y aquellas que lo ponen en riesgo.

El gobierno corporativo no es un checklist ni políticas bien redactadas, sino la forma en que una empresa, a través de su directorio, define quién quiere ser y cómo quiere operar en su entorno, a partir de valores y principios. Es allí donde la gobernanza se vuelve tangible y donde las buenas prácticas dejan de ser un ideal para convertirse en una condición esencial para ejercer el poder con criterio.

Ese carácter tangible de la gobernanza se expresa, ante todo, en la dinámica del directorio, es decir, en cómo funciona en la práctica. Importa la capacidad de conducir la deliberación, de construir acuerdos sin anular el disenso, de formular las preguntas correctas, de sostener conversaciones incómodas y de crear un espacio donde las decisiones relevantes no se postergan ni se aceleran por conveniencia. En este punto, el rol del presidente del directorio es clave. No como figura simbólica, sino como garante de discusiones profundas, de equilibrio entre voces y de una agenda que priorice los temas críticos y se anticipe a las tendencias para responder oportunamente sin perder competitividad.

También se refleja en la composición del propio directorio. No basta con cumplir requisitos formales ni contar con trayectorias prestigiosas si no existen miradas diversas, independencia real y competencias alineadas con los desafíos del negocio y su entorno. Cuando las voces se parecen demasiado y los acuerdos llegan con rapidez y comodidad, la deliberación se empobrece y el poder se ejerce sin los contrapesos que lo legitiman.

La gobernanza se fortalece, además, cuando el directorio se observa a sí mismo con la misma exigencia que aplica a la administración. Evaluar su funcionamiento, su aporte estratégico y su forma de decidir no es una señal de debilidad, sino de madurez institucional. Lo mismo ocurre con la formación continua y con comités sólidos que permitan profundizar en riesgos, auditoría, compliance, tecnología o sostenibilidad.

En contextos de disrupción tecnológica, presión regulatoria y transformación social acelerada, ejercer bien ese poder exige aprendizaje continuo. Directorios que no se actualizan ni incorporan nuevas capacidades deciden con información incompleta y comprometen no solo a la empresa, sino también a quienes se relacionan con ella.

El gran desafío de los gobiernos corporativos es dar estructura, sentido y límites al poder que se ejerce desde los directorios. Porque la gobernanza no es el directorio en sí, sino la forma en que ese espacio decide, se controla y asume responsabilidades que trascienden a la empresa y alcanzan a todos quienes se ven impactados por sus decisiones.

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