Opinión

Esclavos de sus palabras

José Antonio Kast

La vara con la que se está midiendo la gestión del gobierno del Presidente José Antonio Kast es la misma que usaba el sector político del actual gobernante mientras fue oposición para criticar al oficialismo de ese entonces. Basta hacer el contraste entre las antiguas declaraciones y las actuales. El José Antonio Kast de años anteriores en su rol de candidato impugnador solía invocar las penurias de la clase media, así lo hizo en una ocasión sobre el alza de los combustibles que la afectaban directamente. El Presidente Kast en el poder, en cambio, no se complica y permite que todo el peso de la escalada de precios provocada por la guerra que desató Donald Trump, uno de sus referentes internacionales, caiga sobre los sectores de ingresos medios. Aún más, Jorge Quiroz, ministro del Interior, desestimó que sean necesarias medidas cuyo objetivo directo sea el alivio de la clase media frente al alza de precios del combustible, indicando que el enfoque debía ser otro: “El mejor regalo para la clase media es que haya crecimiento, que haya empleo”, aseveró. La elección del verbo “regalar” en el discurso de Quiroz es interesante, porque transforma el bienestar de un grupo de chilenos en un favor que se concede. Es el retorno a escena de la teoría del rebase o chorreo, es decir, que la ley de gravedad haga su trabajo en forma de gotera que no empapa, pero moja. Habrá que confiar.

Durante la administración anterior ninguna baja estadística de la criminalidad resultaba suficiente para el partido del actual mandatario. Cada vez que la exministra Carolina Tohá intentaba informar sobre los avances con números, estos eran desestimados como poco significativos por la oposición del momento, y se daba a entender que las autoridades no estaban haciendo todo lo posible, en parte, porque inhibían el trabajo de las policías. Hace unas semanas el Ministerio Público dio a conocer que entre el 11 de marzo y el 6 de abril del presente, es decir durante el primer mes del nuevo gobierno, hubo 26 homicidios e intentos de homicidios, es decir, un 36% más que durante el mismo período de 2025, sin embargo, sobre esta alza no hubo punto de prensa denunciando inoperancia. Tampoco lo hubo después de que el jueves en Malleco fuera incendiada una camioneta y otras dos fueran robadas. Muy por el contrario, la pormenorización de los crímenes cometidos cada semana se esfumó de la agenda política del actual oficialismo, porque todos los esfuerzos parecen estar concentrados en apoyar el confuso desempeño de la ministra Trinidad Steinert o explicar la razón para que 15 seremis renunciaran apenas habiendo asumido el cargo. Ni qué mencionar las anunciadas deportaciones de migrantes sin papeles, mascarón de proa de la campaña que encabezó el candidato José Antonio Kast. A la vuelta de un mes en la presidencia, lo que se ha presentado como ejecución concreta sobre el tema es una zanja cavada en la frontera con Perú de la que no se tienen más noticias, y un vuelo con 40 inmigrantes colombianos y bolivianos irregulares expulsados, una cifra muy distante de las 330 mil deportaciones anunciadas en campaña. Tampoco se ha explicado el modo de avanzar para cumplir con ese compromiso, considerando que la mayoría de los inmigrantes sin papeles en nuestro país, el 65%, son venezolanos y actualmente el gobierno de Caracas no recibe expulsiones desde Santiago porque las relaciones consulares están congeladas.

Es incomprensible, por último, que si durante cuatro años insistieron en la fiscalización de gastos superfluos, ningún asesor de presidencia juzgara que ese mensaje era contradictorio con organizar una comida privada de excompañeros de curso del Presidente Kast en La Moneda, en horario de oficina y con el personal de servicio de Palacio. Aunque no sea grave, es un desatino mayor. El discurso de austeridad de un gobierno que bautiza su labor como de “reconstrucción” -lo que significa levantar lo que se ha destruido- queda desautorizado cuando los recursos públicos se confunden con los privados y el ámbito laboral se transforma en doméstico, por más sencillo que haya sido el menú y más bienintencionado el festejo: el umbral de tolerancia a la exhibición de privilegios en la actualidad es bajísimo, y, de hecho, toda la clase política ha contribuido a que así sea.

Durante el pasado gobierno las inconsistencias entre lo anunciado y lo efectivamente realizado abundaron. También los errores. La oposición de ese entonces diagnosticó, entre otras cosas, que las autoridades en el poder carecían de disciplina, que vivían desconectadas de las necesidades cotidianas más urgentes y que se refugiaban en una cámara de eco. Al parecer, nunca consideraron que esos rasgos no eran endémicos de un sector y que incluso entre ellos podían surgir los síntomas de una infección similar, aunque con una sintomatología desplazada.

En tan solo un mes el gobierno del Presidente Kast ha devaluado el rol de la vocería de gobierno hasta el punto de convertir los puntos de prensa de la vocera en el momento incómodo de la jornada, y ha debilitado al máximo el mensaje sobre orden y seguridad que repite frente a una ciudadanía impaciente que no se conforma con golpes de efecto. No hay un plan para presentar propositivamente, o más bien el único parece ser recortar el Estado, aupar con energía a las grandes empresas, desentenderse de las pequeñas y dirigirse a los ciudadanos, a través del ministro de Hacienda, como a niños malcriados que deben ser disciplinados. Lo ofrecido se ha movido entre dos polos: el de los anuncios amargos que se enumeran hablando golpeado, y el de las explicaciones insólitas expresadas en oraciones de sintaxis misteriosa y contenido exiguo. En el medio de ambos polos, sinsentidos como una excavación que, de manera inevitable, acabará llenándose de arena, y el culto severo a una ideología que tiende a considerar la realidad como un estorbo que puede desaparecer tan solo con desearlo con fervor religioso.

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