Por César Barros“It´s the microeconomics”

Parece haberse llegado -a pesar de la polarización- a algunos consensos no menores entre los políticos chilenos (o al menos a la mayoría: el PC y el FA son, como decía Borges de los peronistas: “no son malos ni son buenos, son incorregibles”.
El primero y no menor, es que el crecimiento importa. Hasta hace poco, el FA opinaba que incluso sería bueno “decrecer”. También hay consenso en que se requiere estabilidad en las reglas que rigen la economía (desde los 60 la izquierda proclamaba que todo tenía que cambiar... y eso siguió así hasta el 4/9/22). Y finalmente, que las cuentas fiscales tienen que cuadrar, y no se puede seguir a punta de déficits fiscales “sine die”. Esto debería alegrarnos, sobre todo en un mundo en que parece que la IA no dejará de sorprendernos cambiando las reglas de la guerra, de la paz y de la producción. Y no hay espacio para perder el tiempo discutiendo cuantos pares son tres moscas. También hay consenso en que sin orden y sin respeto a las instituciones, se deriva a la dictadura o al caos. En definitiva, una versión moderada de la economía liberal, y un triunfo de lo que El Mostrador denominaba “el partido del orden”.
Sin embargo, no conseguimos crecer como debiéramos, y las causas son un encadenamiento de leyes, regulaciones y “permisologías” de distintos colores, que nos venimos autoimponiendo desde hace unos 20 años: no fue solo Boric. Es la manía de tener derechos laborales como Francia, derechos ambientales como Alemania y bancos como Suiza. Y esto va desde los impuestos personales y corporativos (lo más visible), pasando por regulaciones laborales copiadas a las dictadas por Bruselas (y que tienen a la UE incompetente frente a China y a EE.UU.), regulaciones ambientales que lindan en lo grotesco, y un mercado del crédito “a la pinta” de las grandes empresas, cuando en realidad, somos solo un puñado de Pymes.
Es la famosa microeconomía, que reclamaba el ahora ministro Quiroz durante la última campaña presidencial. Me temo que van a llegar a un cierto acuerdo con los impuestos, pero con la “permisología” y la regulación laboral la pega será mucho más difícil. Y es -posiblemente- el tema más inmediato de corregir. Los proyectos que ahora tienen luz verde (si Greenpeace y otros lo permiten) no estaban detenidos por temas impositivos, ni laborales, lo estaban por lagartijas, naranjillos, sapos exóticos y tribus precolombinas de nuevo cuño, apoyadas por ONG con un poder de litigio inconmensurable y/o abogados expertos en la extorsión a las grandes empresas.
No sacamos nada con bajar los impuestos, y/o mejorar y aggiornar las leyes laborales, si los proyectos no pasan primero por obtener sus permisos de producción. Tampoco partirán si litigios artificiales pueden demorarlos sin límites claros (lo dijo un dirigente de una importante ONG a los diputados: “puedo demorarles un proyecto hasta dos años, si quiero”). Cambiar los impuestos es cambiar un número: un parámetro. Salir de la “permisología” implica cambiar muchas normas y coordinar a muchas agencias del Estado, pero si no lo hacemos ahora, seguiremos creciendo al 2%, a lo mejor con menores impuestos. No nos perdamos: “it’s the microeconomy stupid”.
Por César Barros, economista
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