Opinión

La enfermedad infantil del derechismo

22 JUNIO 2026 PARLAMENTARIOS OFICIALISTAS DURANTE SESION DE SALA. FOTO: DEDVI MISSENE Dedvi Missene

La acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau tuvo como efecto colateral la reactivación de viejas pugnas entre los distintos partidos del oficialismo. Y el terreno de estas disputas no fue otro que la maniquea distinción entre una derecha frontal e identitaria y otra dada a la negociación y la concesión. Una valiente y otra cobarde, respectivamente. Así de sesudo.

Y aunque la idea de pasarle la cuenta de todos los males al gobierno anterior podría haber operado como cemento entre las distintas derechas, lo cierto es que el efecto -al menos inicial- fue precisamente el contrario. Y es que el libelo contra Grau nació como emplazamiento: primero de los nacional-libertarios, que se apuraron en anunciarla desafiando a los demás a apoyarla o mirarla por TV. Luego los republicanos que, para no ser adelantados por su derecha, anunciaron una AC propia que se ingresaría antes, lo que derivó en un pronto armisticio y la presentación conjunta. Así de elegante.

Con esa génesis, difícilmente el paso siguiente estaría exento de roces. Y lo ocurrido hasta el día de la votación en la sala dio cuenta de aquello. Ante las dudas de forma y fondo expresadas desde las filas de la UDI, RN y Evópoli, lo que emergió fue el espíritu de funa: la diputada republicana Stephanie Jéldrez criticó la “romantización de la moderación”, abriendo un coro al que se sumaron alegremente sus correligionarios Romero y Araya.

En paralelo y -como siempre- subiendo la apuesta, Pamela Jiles emplazaba a la “derechita cobarde” a sumarse a la cruzada y a la “derechita valiente” a ir por el verdadero premio mayor: una acusación contra el expresidente Boric. Así las cosas, como jamón del sándwich entre aliados vociferantes y retadores emergentes, la otrora derecha dominante volvió a enfrentarse a su propio síndrome de Estocolmo y, salvo algunos descuelgues, terminó alineándose con la agenda confrontacional nacida como emplazamiento.

Resta ver cómo se resuelve este entuerto en la cámara revisora, el Senado, pero las esquirlas de la acusación a Grau han permitido mostrar cuan vivas están las heridas entre las distintas derechas. Y sobre todo cuán difícil es aún para estas determinar si el camino para salir del bosque es seguir paso firme al norte, sentarse a hacer cálculos cartográficos o quemar el bosque.

Como otros que antes enfrentaron el mismo dilema, la derecha antes agrupada en Chile Vamos -y hoy parte de una NotCoalición de gobierno republicano- se enfrenta a una amenaza existencial, atenazada entre aliados y colaboradores cuya agenda de mediano plazo no es otra que la de crecer a costa de ellos pero que, aunque gritan más y más fuerte, tampoco gozan de la mayoría necesaria para llevar adelante su agenda solos.

Hace más de un siglo Lenin advertía sobre la inclinación de ciertas vanguardias de creer que mientras más pura es una posición, más cerca se está de la victoria y la bautizó como “la enfermedad infantil del izquierdismo”. Mutatis mutandis, hoy la derecha valiente padece la enfermedad infantil del derechismo. ¿Contagiará a su prima?

Por Camilo Feres, Director de Asuntos Políticos y Sociales de Azerta

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