Por Esteban PoliduraLa mejor estrategia no es apostar por el caos
La madrugada del 28 de febrero de 2026 marcó un antes y un después en la historia reciente del Oriente Medio. Estados Unidos e Israel lanzaron una campaña militar conjunta contra objetivos estratégicos en Irán, interpretada por analistas como un intento de debilitar gravemente la cúpula de liderazgo y la cadena de mando del régimen iraní. A diferencia de incidentes precedentes, esta operación no pretendía castigar o advertir, sino alterar drásticamente el equilibrio de poder. La magnitud del despliegue, la mayor flota militar en el Golfo en dos décadas, señala que las apuestas son más altas que nunca.
Como ocurre en toda crisis de este calibre, la niebla de guerra es densa. Las informaciones se contradicen, los comunicados oficiales rivalizan con rumores no confirmados, y la rapidez con la que surgen nuevas versiones supera con creces la capacidad de verificación. En este contexto, cualquier juicio definitivo sería prematuro. Pero una certeza emerge: estamos lejos de una simple demostración de fuerza. El escenario mínimo ya no es suficiente para entender lo que ocurre. La guerra de 12 días de 2025, entonces vista como un límite, hoy aparece como un precedente modesto.
Para los mercados, la reacción ha sido inmediata, aunque matizada. Tradicionalmente, el petróleo actúa como barómetro geopolítico, y esta vez no es la excepción. Precios cercanos a los US$60 por barril reflejan tensión, pero no pánico. ¿Por qué? Porque, hasta el momento, no se han reportado daños graves a infraestructuras energéticas clave en el golfo Pérsico, ni intentos serios de bloquear el estrecho de Ormuz. Irán, a pesar de sus amenazas, no ha podido o querido cerrar esa arteria vital. Y si lo intentara, se arriesgaría a una respuesta masiva de Arabia Saudita, Emiratos Árabes y otros aliados regionales. Así, el peor escenario, es decir, una interrupción prolongada del suministro, todavía no se materializa.
Tampoco está claro que Irán tenga la capacidad militar para sostener una resistencia prolongada. Su flota naval ha sido severamente castigada, y eso limita sus opciones estratégicas. En este contexto, la estrategia de Washington, evitar guerras largas en lugares remotos, especialmente con elecciones legislativas a solo ocho meses, podría impulsar una declaración de “éxito táctico” en las próximas semanas, si Teherán muestra signos de aislamiento político y contención regional.
En los mercados financieros, prima la prudencia. Los Treasury estadounidenses han recuperado su rol tradicional de refugio, a pesar del temor a una nueva oleada inflacionaria por el alza del petróleo. Curiosamente, cuando el crudo subió antes del conflicto, las rentabilidades de los bonos bajaron: un recordatorio de que, en tiempos de crisis, el apetito por la seguridad supera al miedo a la inflación, sobre todo cuando esta viene por choques de oferta y no de demanda.
En el mercado accionario, la historia se divide. Sectores sensibles a los costos energéticos como transporte, química y consumo parecen vulnerables. En contraste, las compañías petroleras podrían beneficiarse, aunque sin garantías. Mientras tanto, oro y plata subieron con fuerza, pero la experiencia enseña que comprar tras el pico inicial rara vez es una buena inversión: un mes después de tales crisis, ambos suelen estar por debajo.
En suma, el mundo navega en aguas turbulentas. El conflicto aún puede escalar, pero también podría estabilizarse en una nueva normalidad tensa. Por ahora, la mejor estrategia no es apostar por el caos, sino protegerse de él.
*El autor de la columna es estratega global de Julius Baer
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