Por Óscar Guillermo GarretónLa necesaria armonía de los contrarios

Una buena forma de hacerse intrascendente en política es decir no a todo lo que diga el otro, especialmente si ese otro puede imponer sus propósitos. La sociedad se queda con lo que se aprobó y olvida rápido esas negativas que nada dejan. Es la inutilidad de una oposición que no pone sus sellos a nada durante cuatro años, con la esperanza que así llegará al gobierno en el quinto.Terminan cansando hasta sus consignas – “¡ultraderecha!”, “¡ley para ricos!” - que mal disimulan la ausencia de contenidos propios. En tanto, los que algo negociaron se ufanan mostrando los pañales sin IVA que consiguieron.
Esa izquierda que gusta llamarse socialdemócrata, ha ignorado las consecuencias de no tener contenidos que le den identidad. Optó por ser “mejor gestión” del gobierno del FA y el PC y se ilusionó en que así recobraría preeminencia. Pero Jeannette Jara derrotó a Carolina Tohá; el FA obtuvo 17 diputados mientras el PC alcanzó al PS con 11 diputados cada uno y el PPD logró 9. Temen perder si van separados, pero unidos ya perdieron. El que se da por satisfecho como administrador de otros, se condena a no liderar y, en política al menos, se devalúa poco a poco. Para más remate, profesionales destacados suyos tenían propuestas para enriquecer los proyectos de rebaja e invariabilidad tributarias que los habrían hecho valiosos colegisladores.
No es el único problema que atravesamos. Tenemos una derecha que aún no entiende que la mayoría no es de derecha sino demandante de una gobernanza que le dé señas de prosperidad y paz a su futuro. Solo un 25% votó por Kast, el resto para llegar a 58% en segunda vuelta son los que optaban por lo menos lejano entre dos posibles que no eran su identidad primera.Tiene, es cierto, la oportunidad inusual en los últimos años de que la próxima elección está distante, pero recuperar encantos es más difícil que perderlos.
Agreguemos que a duros de lado y lado les cuesta representar y reivindicar futuros más allá de sí mismos. El vanguardismo y el mesianismo dificultan entender y apreciar a las mayorías, más aún cuando estas han tomado distancias de la política. Los extremos pueden ganar elecciones, pero gobernar pensando solo en algunos con exclusión del resto no los hace exitosos; encarnan crisis futuras y vueltas atrás. En Chile, la que legitimó socialmente una economía de mercado no fue la dictadura sino una democracia exitosa, de acuerdos, pensada para mayorías, que sacó millones de la pobreza.
Un Chile exitoso requiere dejar atrás largos años de fracasos; necesita izquierdas y derechas capaces de gobernar bien. Y solo las democracias de acuerdos lo logran. La intelectual francesa Chantal Delsol lo advierte bellamente en su libro “El odio del mundo”: “Las democracias occidentales olvidan su vocación principal que es la de discutir la necesaria armonía de los contrarios”.
Por Óscar Guillermo Garretón, economista.
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