Opinión

La peligrosa dicotomía

Proyecciones oficiales confirman que la población de Chile superará los 20 millones en 2026. Jonnathan Oyarzun/Aton Chile JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

Según Criteria, los países que más admiran los chilenos tienen algo en común: combinan aquello que buena parte de nuestra política local insiste en presentar como incompatible. Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Alemania o Japón aparecen asociados a orden, seguridad, crecimiento, desarrollo tecnológico e institucionalidad, pero también a libertades individuales, diversidad, apertura y calidad de vida. No son países refundacionales ni autoritarios. Tampoco sociedades caóticas o identitariamente fragmentadas. Son, más bien, democracias liberales funcionales.

Al preguntar por la imagen y atributos asociados a distintos países, aparece una radiografía bastante elocuente sobre el mundo, pero también, por contraste, sobre Chile y lo que los chilenos anhelan, echan de menos y proyectan como deseable.

Los países mejor evaluados destacan en distintos rankings justamente por valores que en Chile hoy aparecen especialmente sensibles: seguridad, baja corrupción, calidad de vida, estabilidad institucional y capacidad de crecimiento. Pero lo interesante es que esos mismos países también son percibidos como sociedades abiertas, respetuosas de las libertades individuales y culturalmente diversas. Los modelos de sociedad admirados no parecen ordenar el mundo maniqueamente entre orden o libertad, entre crecimiento o igualdad, entre seguridad o diversidad.

Algo de eso pudiera explicar el clima político chileno de los últimos años, porque buena parte del debate público ha estado estructurado sobre dicotomías cada vez más rígidas. Como si priorizar seguridad implicara relativizar libertades o como si promover diversidad supusiera promover el desorden. Como si crecimiento económico y cohesión social pertenecieran a proyectos distintos, incluso contradictorios.

Desde la proyección en otros países, los datos hablan de un Chile bastante menos ideológico y más pragmático que sus élites políticas. Lo que aparece no es adhesión mayoritaria a polos doctrinarios duros, sino una búsqueda bastante más híbrida: un país ordenado, que crezca, que aporte seguridad y estabilidad y que, al mismo tiempo, mantenga apertura, tolerancia y libertad para emprender y vivir.

Esa lectura permite mirar de otra manera la aparente lógica pendular de nuestra política. Después del estallido emergió con fuerza la demanda por derechos, diversidad e igualdad. Luego, inseguridad, inflación y deterioro económico reactivaron orden, crecimiento y estabilidad como prioridades. Parece más una oscilación entre necesidades de primer orden y otras latentes. Unas suben, otras bajan, pero ninguna desaparece.

Visto así, la alternancia electoral habla menos de conversiones profundas y más de frustración frente a gobiernos que terminan sobrerrepresentando una parte de las expectativas mientras descuidan o incluso ningunean las otras.

Porque las sociedades, y esto cualquier proyecto con pretensiones refundacionales debiera tenerlo presente, cambian de prioridades, pero rara vez abandonan del todo sus aspiraciones más profundas.

Por Cristián Valdivieso, director de Criteria

Más sobre:Alternancia electoralCrecimientoCohesión socialPolíticaSociedades

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Lo más leído

Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lee La Tercera.

Plan Digital$6.990 al mes SUSCRÍBETE