Por Hernán LarraínLa violencia instalada

Hace ya un tiempo que los hechos de violencia han ido normalizando su existencia social. La prensa comunica a diario la acción sin pudor de pandillas en poblaciones; de mujeres que denuncian hostilidades físicas y psicológicas; de agresión intrafamiliar, que incluyen abusos sexuales a menores perpetrados por personas cercanas; de acciones delictuales que dan cuenta de la nueva fisonomía del crimen, ahora organizado, que en la calle mata, secuestra o extorsiona con creciente intensidad.
La información escolar no describe mejorías en los resultados de los alumnos, sino nuevas formas de bullying, como instrumento de humillación física y virtual, de peleas con elementos punzantes o el lanzamiento de bombas molotov en planteles. Los docentes, como otras autoridades, aparecen repudiados y ahora, incluso son objeto de acciones armadas que han cobrado la vida de uno de ellos.
Las noticias internacionales describen guerras que se suceden de forma continua en todo el orbe, destruyendo vidas y múltiples infraestructuras. Hasta se ha llegado a justificar la desaparición de civilizaciones si no se acatan los dictados de quienes tienen ese poder y el Papa, por llamar sin cesar a la paz, es desacreditado porque “hace mal su pega”.
Esta descripción busca situar el contexto de los hechos de violencia observados en nuestro país, que ya forman parte del paisaje. Una expresión que aterriza este panorama lo constituye el ataque reciente a una ministra en una prestigiosa universidad. Ante la mirada imberbe de un rector pusilánime, cohibido por compromisos ideológicos, se ha roto nuevamente el sentido propio de una casa de estudio concebida para el debate racional y fundado del conocimiento, cuya naturaleza es, en esencia, pacífica.
Lo ocurrido es grave y sirve para poner de manifiesto la penetración de la violencia en nuestra realidad cotidiana, permitiendo ver lo reducido de la tolerancia y cuánto se ha tensionado nuestra convivencia.
A lo largo de la historia, las personas, agrupadas en sociedad, han buscado contener los impulsos violentos presentes en la condición humana, con miras a vivir de forma civilizada, segura y justa. Ha contribuido a decantar ese marco de actuaciones el orden normativo, en su amplia gama: reglas de trato y cortesía, jurídicas y de carácter ético, que configuran los criterios del comportamiento personal y en comunidad. Los principios se anidan en la familia, se enseñan en la educación formal, se profundizan en las religiones, se impregnan en la cultura social y se infunden en las actuaciones de personas e instituciones. Por ello, cuando observamos el cúmulo de situaciones violentas que nos sacude, la falla no es aislada sino integral: la crisis ataca todos los frentes. Si bien es indispensable revisar cada caso, conviene entender que la raíz del problema, por su magnitud, exige una reflexión autocrítica de mayor alcance y reacciones de fondo, si se pretende recuperar la paz social, en desmedro de la pulsión animal que forma parte de nuestros instintos y que, sin control, nos retrotrae a la barbarie.
Por Hernán Larraín L., abogado y profesor universitario
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