Opinión

Lautaro, hombre de fe

Lautaro, hombre de fe FOTO: PEDRO RODRIGUEZ PEDRO RODRIGUEZ

Han transcurrido casi 62 años desde aquel glorioso abril de 1961 cuando, en plena Guerra Fría, Fidel Castro y sus compañeros de lucha lograron repeler a una milicia de exiliados cubanos, financiados y organizados por Estados Unidos. Ni la CIA ni la ayuda económica y militar fueron suficientes. La eliminación de los invasores consolidó la toma del poder político por parte del nuevo régimen, que ya había defenestrado, dos años antes, al dictador Fulgencio Batista. En lo sucesivo, en el espíritu de los triunfadores, nadie ni nada sería capaz de derrotar a la Revolución, nacida con la fuerza de un huracán y sustentada por el heroico pueblo cubano. La revolución prometida no solo buscaba el derrocamiento de un régimen, sino la instauración de una nueva esfera política donde los ciudadanos participarían activamente con plena libertad. Y ese era, ni más ni menos, el propósito que proclamaba Fidel en sus interminables discursos: el nuevo orden, el pueblo organizado para la defensa de la Revolución, una gesta colectiva que traería el progreso y desarrollo de la educación, florecería la economía y habría sustento para todos. Pues bien, lo que ocurrió es que Castro adoptó como sistema de gobierno el credo comunista, el más duro método contra su propio pueblo. Las promesas de esos años tienen hoy al país sumido en una profunda desgracia, y el régimen vive el momento que precede al fracaso total.

¿Qué queda de la Revolución del 59? Nada. La Revolución dejó de existir porque no fueron capaces de conservarla, perdió la pureza original que entusiasmó a una nación. Fidel Castro no derrocó a Batista para liberar a su pueblo y convertir a Cuba en una nación próspera y libre. Lisa y llanamente, lo sustituyó por sí mismo, creando uno de los regímenes más autoritarios y represivos que sea capaz de concebirse.

En el contexto de esta realidad es que Lautaro Carmona, presidente del PC chileno, dio una entrevista en Radio Nuevo Mundo. La Revolución, dice, está en peligro como lo estuvo en el ataque de playa Girón. Predica con fuerza que allá hay democracia, una propia (“cada proyecto responde a su historia y a su realidad”). Existe, agrega, un Parlamento y votaciones regulares y libres (“el Partido Comunista no actúa como aparato electoral”); hay libertad e igualdad, y concluye diciendo que conoció la situación cubana de primera fuente, ni más ni menos que del actual dictador, Miguel Díaz-Canel, del Presidente de la Asamblea Nacional -un PC- y el Presidente del PC cubano.

La era de la Revolución terminará probablemente luego, dejando un inmenso dolor. Leonardo Padura, en su obra más reciente, “Morir en la arena”, vive en La Habana. La realidad de cada día y arrastrada por décadas, escribe, es la de un pueblo sojuzgado, sin esperanza, imposibilitado de autodeterminarse, de una pobreza, falta de alimentos, de educación, extremas. Explica que, ante tal fracaso y daño al ser humano, solo es posible entender al comunismo como una religión, un credo, que aniquila y doblega excusado en un mandato supremo: su Manifiesto plagado de dogmas infalibles.

De esto solo concluyo que Lautaro Carmona es un hombre de fe.

Por Álvaro Ortúzar, abogado

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