Por Ascanio CavalloLo impensado

El Senado se prepara para hacerse cargo del debate del proyecto de reconstrucción y reactivación enviado a trámite legislativo por el equipo del Presidente José Antonio Kast. Los senadores opinan y proyectan, algunos buscan “mínimos comunes”, otros aspiran a una mejor calidad de la discusión y hay también, como siempre y acaso con razón, algunos que denuestan el tipo de tratos de la Cámara de Diputados (senador Matías Walker: “Aquí no vamos a hablar de pañales…”).
El Senado ha asumido que el proyecto llegará a sus manos más o menos como salió esta semana del debate artículo por artículo en la Comisión de Hacienda de la Cámara. Esto tiene algo notable, porque faltan dos semanas para que eso suceda y porque aún queda la discusión en sala de la Cámara. Para los senadores, la Cámara de Diputados ya quedó atrás.
La clave de este panorama (relativamente) sorpresivo es la alianza de ocasión que el gobierno negoció con el PDG. Franco Parisi quedó en la situación de interlocutor único del ministro de Hacienda luego de que la izquierda “dura” tomara el liderazgo de la oposición en la Cámara, no por mor del PC y el FA, sino por un giro que imprimió al PS el diputado Daniel Manouchehri, que, sin ser miembro de la Comisión de Hacienda, la eligió para disputar el liderazgo de la tesis de la “unidad de la izquierda”. Esa oposición logró poco y abrió la interrogante critica: ¿Ha entendido qué gobierno tiene al frente?
La estrechez de votos en el Congreso se debe a un rasgo estructural del sistema político: los votos de la primera vuelta presidencial se reflejan en el resultado parlamentario, es decir, corresponden a una elección muy distinta de la que se produce en la segunda vuelta. Enfrentado al mismo caso, el presidente Piñera emplazaba a los partidos a esforzarse mucho más para asegurar la mayoría que necesitaría el gobierno..., cosa que nunca logró. En las elecciones del 2025, el conjunto de la derecha quedó sin mayoría simple por un par de votos, lo que, curiosamente, está facilitando su desempeño en el Congreso.
El paisaje del Senado es apenas diferente. El gobierno está a dos votos de la mayoría. Aquí, el PDG no tiene ningún senador. Pero los partidos pequeños tienen más incentivos para negociar, porque el peligro de irrelevancia se consumaría con la imposibilidad de mostrar ningún triunfo a sus electores. (En cuanto al giro del PS, también se ha producido aquí, con la senadora Daniella Cicardini, asociada de Manouchehri, que debutó exigiendo la renuncia del ministro Quiroz).
Es posible que el gobierno quiera dar un cierto privilegio a sus interlocutores del Senado, aceptando más indicaciones que las de la Cámara, precisamente como premio a un clima menos jacobino. Está por verse. Pero sus perspectivas de conseguir que su proyecto legislativo más ambicioso, el que estructura toda la agenda de su cuatrienio, han pasado a ser mucho más auspiciosas en sólo dos semanas, y en una buena medida gracias al intercambio de maromas legislativas que se iniciaron con el anuncio del tsunami de indicaciones -mucha basura, como en todos los tsunamis- y terminaron con la indicación mayor, la del Ejecutivo, un proyecto sustitutivo que debieron haber previsto hasta los menos ingeniosos.
El gobierno es mucho menos prolijo de lo que se esperaba. Su popularidad ha caído en la mayoría de las materias de mayor preocupación ciudadana. Quizás se puedan identificar muchos otros déficits. Pero entre todos ellos no estaría de ningún modo el proyecto del ministro Jorge Quiroz. Parece evidente ahora que el período de campaña -o quizás mucho antes- lo dedicó a trabajar las medidas macro y micro que finalmente se integrarían en el megaproyecto que se abre paso en el Congreso. Quiroz ha demostrado que no sólo conoce el detalle de cada uno de sus artículos, sino también de las variantes y alternativas que tiene cada uno. Parece haber estudiado cada cosa en su propio mérito y en comparación con el mundo, y cuesta definir si sus ideas son las de una corrección mayúscula en el rumbo del país o las de una también grandiosa refundación. Ahora es más interesante el proceso intelectual por el cual se construyó el proyecto y hasta cabe sospechar que mientras no lo conozca, la oposición no podrá ser eficaz para derrotarlo.
Esto es muy poco usual y, desde luego, parece más bien una excepción entre los tres o cuatro grandes problemas identificados por el entorno de Kast para construir su programa. El propio presidente incurrió en un enredo lingüístico con sus promesas sobre inmigración y todavía no se divisa nada parecido a un plan en materia de seguridad interior, ni a nadie que se haya desvelado recopilando los problemas e imaginando soluciones.
Por ahora, y teniendo en cuenta que dos meses son extremadamente poco para evaluar a un gobierno, no es un exceso decir que el edificio del cuatrienio de Kast se sustenta en las exorbitantes ambiciones del ministro Quiroz.
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