Opinión

Los presidentes y los partidos

Presidente Boric, y Kast. En medio de ellos, Ximena Lincolao. Foto: Congreso Futuro.

Una rara simetría se ha estado configurando en la política chilena. Quizás esto no sea tan extraño cuando la política se vuelve bipartidista, con dos grandes bloques que reúnen a todo el espectro de partidos. Pero en realidad, Chile ha vivido así desde 1990 y no siempre se produjo el mismo fenómeno. La situación actual enfatiza el costado dialéctico de la política.

En el victorioso campo de las derechas, los partidos se han venido quejando de que el diseño del presidente electo, José Antonio Kast, no les asigna un papel orgánico, lo que más o menos quiere decir que no está atendiendo a sus listas de postulantes a ministros y altos funcionarios y, por lo tanto, no está tan preocupado de los equilibrios entre los partidos.

En el caso de las izquierdas, el fallo judicial que exculpó a un excarabinero enardeció a los partidos y los llevó a la cuasi ruptura, con la discusión retrospectiva de una ley dictada para respaldar a la policía. En verdad, el fondo del fallo, como perceptivamente lo describió Marisol Peña, es la revaluación de la revuelta del 2019 en su naturaleza ultraviolenta. Los partidos no se han metido en esto (al menos por ahora), porque saben que ese camino sí conduce a la ruptura. El Presidente Boric, que pierde día por día la función arbitral que se atribuye, sólo llamó a cuidar la unidad de la izquierda. Su discurso suena exactamente igual que si fuera el primer día de gobierno.

En los dos casos se perfila un debate acerca del papel de los partidos, cuya única expresión contundente se realiza en el Parlamento. El rifirrafe actual ha confirmado lo que ya se sabía: que los partidos oficialistas nunca funcionaron como coalición, sino más bien como un grupo de asociados que sólo se reunía una vez por semana al alero de La Moneda y, después de eso, recibir instrucciones para las votaciones en el Congreso. No existió una coalición en sentido estricto.

Según parece, la de Kast tampoco funcionará como coalición. En las pasadas elecciones, todas las derechas se unieron en torno a él para derrotar al oficialismo, pero en la primera vuelta libraron una competencia que muy a menudo fue muy áspera. El presidente Kast puede dar por superadas esas trifulcas -como corresponde que lo haga-, pero sus fundamentos laten bajo los preparativos del cambio.

Como resultado de esto, Kast no ha podido integrar a su equipo de gobierno a figuras que fueron relevantes en las elecciones, como Johannes Kaiser y Rodolfo Carter. Las razones son muy diferentes, pero ambos tienen en común su condición de precandidatos presidenciales para el 2029, lo que precisamente desaconseja que participen en el Ejecutivo. Aun así, el desorden y las filtraciones en el proceso de conformación del gobierno no parecen buenas señales.

Sólo que Kast no es un hombre de señales. No tiene interés en apurar las cosas mediante gestos de alta notoriedad. Es paciente y reflexivo, algunos dirían que quizás demasiado, y no pretende encabezar una revolución, sino un conjunto de cambios regimentado por la noción de la “emergencia”. Es cierto que tras las elecciones se ha dedicado a contener expectativas, pero tal vez sea igual de cierto que también ha tratado de rebajar las ideas épicas que recorren a parte de las derechas.

Todo esto lo pone lejos del Partido Nacional Libertario, pero, aunque parezca un sinsentido, no lo acerca a Chile Vamos. ¿Existe algún lugar como ese en la política chilena? Desde una perspectiva ideológica, diríase que no. Pero Kast no es de ideología, es de valores. Es un conservador, en el sentido de que su mundo se ordena en torno a ciertos principios, una idea de la eficacia y una desconfianza de la grandilocuencia.

El Presidente Boric es lo contrario. Su mundo se realiza en la ideología, aunque sea esa imprecisa aproximación a lo que entiende por “izquierda”, donde su imaginación se inclina a buscar coincidencias, omitiendo siempre las huellas históricas de lo contrario. Esa diferencia explica el mal resultado de su última reunión con Kast, a quien le pidió apoyo para sus postreros proyectos legislativos. Un espíritu realista debía advertir que Kast no le daría el sí, fundado en las incertidumbres sobre el estado real de la economía, donde la información se ha mostrado cambiante, sin que el triunfalismo del ministro Grau contribuya mucho a la credibilidad.

Boric ha tratado de manejar la crisis actual de su coalición apelando a la buena voluntad de los partidos y, especialmente, del Partido Socialista, como si este fuese a olvidar que el Frente Amplio nació con el propósito de sustituirlo. Que el PS se haya dado cuenta de esta operación con inexcusable tardanza no es óbice para que ahora se engrife con el intento de “derechizarlo” por sus esfuerzos en seguridad y control del orden público en favor del mismo gobierno que ahora se hace el plano.

Las diferentes aproximaciones al problema de los partidos no garantizan el éxito de uno ni el fracaso del otro. No hay modelo: Aylwin los trataba con guante blanco; a Frei parecían no importarle, pero les prestaba atención; Lagos los atendía y los ordenaba con un cierto toque autoritario; a Bachelet se le notaban las simpatías muy selectivas, y a Piñera los partidos lo irritaban, aunque al final reconocía su necesidad.

Los partidos están desacreditados, sí, pero hay que cuidarse de banalizar su importancia en la distribución del poder. A Kast le tocará manejar una coalición no menos compleja que la que ha tenido Boric; su principal ventaja inicial es que su adversario, las izquierdas de última generación, han dejado un rastro ruinoso en el vecindario, desde Argentina hasta Venezuela, desde Bolivia hasta Cuba. ¿Será eso útil para gobernar, como pudo serlo para ganar las elecciones?

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