Opinión

¿Merece el presidente la etiqueta de “ultra”?

Santiago, 9 de julio de 2026. El Presidente de la Republica Jose Antonio Kast junto a ex presidentes ingresan al Museo Historico Nacional para la celebracion del Bicentenario de la Presidencia Diego Martin/Aton Chile DIEGO MARTIN/ATON CHILE

La discusión respecto de si el Presidente y su gobierno son o no de ultraderecha no es solo intelectual. Sus efectos son políticos. Todo demócrata está llamado a defender las formas y procedimientos que fundamentan sus principios por sobre las ideas a las que adhiere, incluso si lo asiste la convicción de que estas son lo mejor para su país. La defensa de estos principios es poco compatible con los proyectos que ha impulsado la ultraderecha en el mundo, por lo que aceptar esta etiqueta aplicada a Kast o su administración, implica exigir una amplia oposición para salvar la democracia, particularmente la de tipo liberal, esa garantía de poder desconcentrado y limitado.

¿Merece entonces el Presidente la etiqueta de “ultraderecha? La respuesta requiere dos distinciones. Una, su biografía versus su desempeño en el cargo. La otra, diferenciar entre una posición política y su versión “ultra”, más allá de la orientación. Sobre lo primero, en sus 10 años como candidato, Kast dio motivos para que un demócrata se preocupara, particularmente por su relatividad en materia de derechos humanos asociados al régimen militar y su proximidad con líderes internacionales nítidamente de ultraderecha, relaciones que equivocadamente reforzó una vez electo. Pero su ejercicio como Presidente no ha dado espacio para suponer que vaya a actuar como Orbán en Hungría o Bolsonaro en Brasil. Ni mucho menos. Nada de esto es imputable a Kast. Bajo su gobierno, Chile sigue siendo tan democrático como durante el de Boric, otro mandatario que injustamente recibió el calificativo de “ultra”. Sin embargo, el Presidente debe cuidar las formas republicanas en todas las materias en que deba decidir entre la batalla cultural o el interés superior del Estado, incluyendo las relaciones internacionales, con los poderes del Estado, indultos, asuntos valóricos, de género y derechos humanos, lo que no significa una inhibición de innovar y reenfocar. El Encuentro Regional del Foro Madrid que se realizará en nuestro país dentro de un mes, será una prueba.

Pero el fondo del asunto radica en que ser de derecha responde a una identidad, mientras el carácter de “ultra” (“más allá”) es transversal a las identidades y no debiera aplicarse de manera distinta a la derecha o la izquierda. Es un prefijo que da cuenta de una forma de acción intolerante, que no escatima en los medios cuando persigue los fines que cree correctos, y que por lo tanto reduce la democracia a obstáculo o instrumento. Apoyar la prohibición de toda forma de aborto o la privatización de Codelco es propio de una derecha muy conservadora, avanzar en esas direcciones erosionando las normas, convenciones y contrapesos de una democracia liberal, lo es de un “ultra”. Kast, como cualquier Presidente, merece ser juzgado por cómo ejerza el poder, no por la posibilidad de que lo haga como un líder de ultraderecha. Nuestra institucionalidad tendrá la misión de mantenerlo dentro de los límites, algo que no ha sido ni cercanamente necesario.

Por Rafael Sousa, socio en ICC Crisis, profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP

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