Por Óscar ContardoMi gente latina

El uso del concepto de “latino” en su acepción más actual, mediática y cotidiana, aquella que está más relacionada con Jennifer López que con Cicerón, es el elemento más interesante para rescatar y analizar de la presentación del puertorriqueño Bad Bunny en el show de medio tiempo del súper tazón de fútbol americano. Más que la irritación de Donald Trump y su entorno por un espectáculo cantado en castellano y no en inglés, lo que me pareció más sugestivo del espectáculo del pasado domingo fue la incomodidad que provocó en algunos latinoamericanos que se manifestaron disconformes con la representación marcadamente caribeña de la puesta en escena, algo que no los representaría, como si el cantante al nombrar e incluir banderas de todos los países del continente hubiera estado obligado a ofrecer una muestra representativa de cada uno. Una confusión curiosa y atractiva de explorar.
El origen de la idea contemporánea de “latino” comenzó a gestarse en los 70 en Estados Unidos, con el movimiento que llevó a que la categoría “hispano” fuera incluida como un grupo demográfico aparte en el censo nacional de 1980. Luego, en 2000, el censo añadió la etiqueta “latino” que marcaba distancia de los españoles –en tanto europeos- y, de paso, incluía a los migrantes de origen brasileño. La intención fue crear una identidad colectiva fundiendo a los inmigrantes de origen mexicano de la costa oeste con los de origen cubano, puertorriqueño y dominicano en la costa este. En un país como Estados Unidos, formado a partir de una concepción anglosajona de comunidades que coexisten sin mezclarse (italoamericano; afroamericano; nativoamericano), en donde el mestizaje parece ser un asunto indeseable bajo la sombra del racismo, unirse en una misma categoría que funcionara como paraguas era una manera de ganar poder. Lo lograron y, como suele ocurrir, el capitalismo hizo lo suyo, abriendo un mercado nuevo dentro del país orientado a esa población: la industria del entretenimiento creó un universo propio -Sábado Gigante- y la industria musical el concepto de crossover, desde Gloria Estefan a Shakira, pasando por Ricky Martin. En cierto sentido, “latino” es a “latinoamericano” lo que Taco Bell es a la comida mexicana: materia prima del sur de Río Grande reinterpretada, empaquetada y exportada por Estados Unidos.
Hace un tiempo la actriz Tilda Swinton declaró que no le gustaba que la calificaran como británica, porque ella era escocesa, dijo que la categoría de “británico” funcionaba externamente, pero no dentro del Reino Unido, o al menos no en el mundo en el que ella había crecido. Era una etiqueta impuesta desde fuera. Una idea similar deslizó Dubravka Ugresic, la escritora nacida en la ex Yugoslavia, sobre el concepto “balcánico” en su libro No hay nadie en casa. La etiqueta funcionaba para el resto de Europa como un cascabel de alarma, pero perdía sentido como identidad interna en aquella zona de encuentro entre diferentes pueblos y religiones. Ugresic describía irónicamente a través de estereotipos las diversas identidades que hasta los 90 vivieron en esa fantasía de fraternidad llamada Yugoslavia: para los croatas y bosnios, los eslovenos eran tacaños y las eslovenas casquivanas, y para todos ellos los montenegrinos eran vagos; los serbios, brutos; los macedonios, toscos; a su vez, los serbios consideraban cursis a los croatas y ambos pensaban que los albaneses “de algún modo no eran personas”. Aunque a la distancia todos estos prejuicios suenan absurdos, son parte del material habitual con el que se construyen las identidades colectivas nacionales en cualquier sitio. En el caso latinoamericano, esas identidades son creaciones muchísimo más recientes que las británicas o balcánicas, fruto de procesos que no fueron automáticos tras las respectivas independencias y que necesitaban de un “otro” del que diferenciarse: siempre habrá alguien más fanfarrón, más lento, más parrandero, menos organizado, menos inteligente o más corrupto.
La primera vez que tuve la impresión de ser catalogado externamente de un modo incómodo fue el momento en el que una estadounidense se sorprendió de que yo, en tanto latinoamericano, no estuviera familiarizado con la comida mexicana. Le respondí con un sarcasmo sobre los vacíos en la educación de su país, pero más tarde recordé que vengo de una región, Maule, en donde es tan habitual que los campesinos escuchen música ranchera mexicana que incluso existe un festival del género. Quizás la sorpresa de la gringa no era tan poco razonable, después de todo. Lo realmente interesante del episodio es la oposición entre lo que uno entiende como lo propio que lo distingue de otros pueblos vecinos o semejantes, y el modo en que otros nos ven o describen, sobre todo cuando lo hacen desde una situación de poder, porque son ciudadanos de una gran potencia: la diferencia entre cómo nos gustaría ser vistos (como maulino) y como realmente somos vistos (como otro latinoamericano más).
El mérito extramusical del espectáculo de Bad Bunny no fue haber iniciado una revolución patrocinada por Apple, sino representar explícitamente la tensión entre identidades colectivas, estereotipos, poder político y mercado. Abrió una puerta que solemos mantener cerrada sobre la distancia entre una idea de “latino” fraguada desde Estados Unidos, y la de cada país latinoamericano sobre sí mismo como parte de un patio trasero habitado por gente de costumbres pintorescas. Las semejanzas existentes que nos disgusta reconocer y las diferencias que solemos enarbolar para no ser considerados insignificantes. Una estrategia en donde el ideal siempre será ser vistos como más blancos, más occidentales y modernos que el resto -nos gusta el rock, no la salsa; somos más sobrios y menos ruidosos-, como si nuestra existencia necesitara de la aprobación de otros, exactamente lo que distingue a una colonia sometida a los designios de una metrópoli de una república que no necesita de la certificación extranjera para existir como mejor se le antoje.
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