Por Macarena GarcíaMozart, Salieri y Lincolao

Miloš Forman, en su película Amadeus (1984), presenta al compositor Antonio Salieri, quien siente una feroz envidia de Mozart y que, en vez de intentar superarlo con su propio talento, destina sus esfuerzos a intrigar para arruinar su prestigio.
Las acciones de Antonio no mejoraron ni su calidad musical ni la de otros compositores, sino solo igualaron hacia abajo por la vía de deteriorar la creatividad de Mozart. La lección es clara: debilitar al mejor no eleva el nivel del resto, solo reduce el nivel general.
La desigualdad suele abordarse análogamente al talento musical, como un problema de “altura del techo”, centrándose los esfuerzos en responder ¿cuánto concentran quienes están en la cúspide de la distribución? y olvidando que el foco para alcanzar el progreso debe ser la variación del piso. La metáfora es simple: reducir la altura del techo —vía impuestos, restricciones o costos—modificará indicadores de desigualdad, pero no elevará el piso. De hecho, si esas medidas afectan la inversión, acumulación de capital humano o productividad, limitarán las oportunidades de los más vulnerables. Por el contrario, políticas orientadas al crecimiento, competencia o calidad educativa se relacionan con mayor calidad de vida, aun donde la desigualdad persiste.
La evidencia respalda esta distinción. Estudios del Banco Mundial muestran que países con crecimiento sostenido del PIB per cápita registran caídas más rápidas en pobreza, incluso con cambios acotados en desigualdad. Informes OCDE indican que, en economías con mercados laborales dinámicos y sistemas educativos efectivos, la probabilidad que una persona nacida en el quintil inferior alcance ingresos medios o altos es mucho mayor, independiente del nivel de desigualdad. En Chile, aunque la desigualdad de ingresos sigue siendo relativamente alta, la pobreza por ingresos ha caído drásticamente en las últimas décadas, en ciclos de mayor expansión.
Las declaraciones de la ministra Lincolao, en que la pobreza fue “un regalo” en su trayectoria, son muy relevantes porque su experiencia sugiere que la superación de la pobreza no depende solo de la redistribución, sino de entornos que permitan desarrollar capacidades. Que haya sido EE.UU. y no Chile el país que permitió su explosión profesional debe ser el centro de la discusión.
Poner el foco solo en distribución vía impuestos y transferencias, arriesga desatender determinantes de la movilidad: calidad de educación, acceso a redes, financiamiento, regulación procompetencia y apertura a la innovación. Sin estos factores, la reducción de la desigualdad será transitoria o meramente contable. La discusión debe ser cómo se aborda la desigualdad sin sacrificar crecimiento. Elevar el piso requiere expandir oportunidades, no solo reconfigurar distribuciones. Si Chile confunde ambos objetivos puede terminar con un techo más bajo y con un piso estancado. Y en ese escenario, la promesa de progreso social pierde sustento y se transforma en declaración.
Por Macarena García, economista senior de LyD
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