Opinión

Ojo con el chicle

Valparaiso, 6 de enero de 2023. Vista general del puerto y la bahia de Valparaiso al atardecer. Raul Zamora/Aton Chile RAUL ZAMORA/ATON CHILE

Somos testigos de un proceso de reconfiguración de las bases sobre las cuales se estructurará la arquitectura del comercio global en las próximas décadas. En este contexto Chile puede tener un rol pasivo, ejercer un papel reactivo o adoptar una actitud proactiva. Con una economía y población de tamaños como la nuestra, vale la pena considerar tácticamente esas tres variables, considerando el arte-oficio de la diplomacia, recelosa de posiciones absolutas.

Así, como parte de una agenda amplia de seguridad económica –que también incluye el comentado screening de inversiones y varias otras materias– la diversificación de los destinos y productos exportados sigue plenamente vigente. Históricamente, esto ha significado abrir nuevos mercados principalmente a través de acuerdos de libre comercio.

En este sentido, resulta valioso el cierre de las negociaciones para suscribir un CEPA con Filipinas (más de 110 millones de habitantes), el inicio de negociaciones para firmar un TLC con Bangladesh (más de 170 millones de habitantes), con Marruecos (una de las puertas de entrada al gigantesco continente africano) y el proceso para alcanzar un CEPA con India (más de 1.450 millones de habitantes). Se trata de ofrecer las condiciones idóneas para que exportadores chilenos puedan vender productos a bases masivas de consumidores.

Pero la tarea no termina ahí. Con las condiciones habilitantes sobre la mesa –principalmente TLC–, es fundamental también explorar nuevas fronteras para nuestro comercio con aquellos mismos socios comerciales ya existentes. No basta, entonces, contar con un TLC en vigor, también importa la implementación y la modernización de esos acuerdos. Esa premisa aplica, entre otros, para los países del ASEAN, la UE, para regiones del interior de China, el bloque CP-TPP o para Corea del Sur. Con este último, nuestro antiguo TLC requiere de una urgente modernización, por lo cual resulta fundamental la visita que realiza hoy su Presidente a Chile.

Esta actitud proactiva mitiga riesgos y otorga seguridad económica y resiliencia a Chile. Permite además tener espaldas para reaccionar frente a otros desafíos, entre los que figura ciertamente el nuevo arancel del 12,5% para cerca del 40% de las exportaciones nacionales a nuestro segundo socio comercial, EE.UU. Si bien ello es parte de una estrategia global de Washington, nuestro país tiene toda la capacidad de negociar pragmáticamente para garantizar la competitividad de nuestras exportaciones en ese mercado, hoy en desventaja en ciertos sectores en relación con economías competidoras. Los productos chilenos gravados no son sólo de alta calidad, sino que complementan el desarrollo de productores e industrias locales y de la economía estadounidense.

Como país abierto e inserto en el mundo, es nuestro deber enfrentar los desafíos de nuestro comercio exterior con una estrategia de distintas -y paralelas- avenidas.

Es decir, podemos –o debemos– caminar y masticar chicle a la vez.

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