Por Daniel Matamala¿Quién tiene las llaves?

¿Quién manda en el nuevo gabinete?
¿La derecha tradicional de ChileVamos? ¿La derecha a la derecha de esa derecha que forma el Partido Republicano? ¿La derecha que a su vez está a la derecha de esa derecha, en los libertarios y los fundamentalistas religiosos? ¿O la derecha que insiste en que no es derecha, aunque vote, argumente y, ahora, gobierne, junto a esas derechas?
La respuesta es: ninguna de las anteriores.
Veamos: la derecha de ChileVamos queda reducida al mínimo: un ministerio para cada uno. Un UDI, un RN, un Evópoli. Ni en sus peores pesadillas habrían soñado con un destrato como ese.
Los socialcristianos recibieron un ministerio que querían eliminar, el de la Mujer, pese a la promesa de campaña de no tocar los temas de libertades individuales.
Y es que el problema no es que Judith Marín, la próxima ministra, tenga ciertas convicciones religiosas, sino que en su trayectoria política ha esgrimido su fe personal como argumento para imponer a los demás políticas públicas.
Cuando exige a los legisladores que criminalicen el aborto, votando de acuerdo a las instrucciones de determinado profeta o libro sagrado, actúa de una manera incompatible con la deliberación racional de un estado laico.
Pero sigamos: los libertarios quedaron fuera, después que sus “líneas rojas” y sus peticiones de ministerios específicos fueran desechadas.
Y los not partidos del Rechazo sumaron apenas un cupo, para una senadora saliente que lo buscó con tremendo ahínco, debido a su inquebrantable vocación de servicio público, que la motiva a servir siempre a Chile, sea en gobiernos de izquierda, centro y derecha.
En resumen: después de ejecutar todo tipo de contorsiones políticas, de pasar Navidad y Año Nuevo con la camisa planchada y el teléfono cargado, respondiendo hasta los llamados de los números 600 por si las moscas, los serviciales dirigentes UDI, RN, Evópoli, socialcristianos y demócratas recibieron la misma cantidad de ministros que un partido que apoyó a Jeannette Jara, el Radical.
Su único consuelo es que a Republicanos no le fue mucho mejor. El partido más grande de Chile, el movimiento fundado por Kast, apenas fue premiado con dos ministerios sectoriales.
Cosa parecida ocurre con la sensibilidad pinochetista, que recibió dos carteras, al mando de sendos exabogados del dictador (uno lo defendió por asesino; el otro, por ladrón).
Todas las derechas políticas, han quedado, juntas y apretujadas, desconcertadas y algo humilladas, en el asiento trasero de la kastaneta.
Quien recibió las llaves, los papeles del auto y el GPS, quien maneja a toda velocidad, por su ruta favorita, es la derecha económica.
Esta es una disputa antigua. Andrés Allamand y Pablo Longueira son dos de los líderes que, en distintos momentos, han expresado su frustración por la sumisión de lo político a lo económico, de los poderes públicos a los poderes fácticos, de la República al Poderoso Caballero.
“Hay interferencia empresarial en las decisiones de la centroderecha”, acusaba en 1993 el entonces presidente de Renovación Nacional. “RN tiene el 18% de los votos, pero Hernán Briones, el señor de la Sofofa, vale más para designar al candidato presidencial del sector que el partido completo”.
Ahora Kast vuelve a darle el poder a los grupos económicos.
Francisco Pérez (o “Pérez Mackenna”, según la tan chilena costumbre de agregarle un segundo apellido más vinoso a los Pérez cuando tienen poder y dinero), queda a cargo de Relaciones Exteriores.
El potencial de conflictos de interés para un canciller que hizo toda su carrera y fortuna como la eficiente mano derecha de Andrónico Luksic es ilimitado: como un grupo global, han estado involucrados en negocios, litigios, escándalos y conflictos políticos desde Estados Unidos a China, desde Perú a Pakistán.
En Defensa se cayó el nombramiento de Guillermo Turner, hombre de confianza de los Matte, y lo reemplazó Fernando Barros, consejero de la Sofofa y asesor clave de los Piñera.
En Economía y Minería asume Daniel Mas, hasta ahora vicepresidente de la gremial del gran empresariado, la CPC.
Educación y Medio Ambiente quedan a cargo de María Paz Arzola y Francisca Toledo, ambas de LyD, el grupo de lobby favorito de los grupos económicos.
Pero el hombre clave es Jorge Quiroz, quien asume como “zar” o “superministro” a cargo de toda el área económica. Como detallamos en la columna Better Call Quiroz, de agosto pasado, él no hizo carrera como un académico prestigioso, como sus antecesores Felipe Larraín o Ignacio Briones, sino como un yes man de los grupos empresariales.
A ellos confecciona informes a su medida cuando necesitan repartirse el mercado (pollos), enfrentar juicios por colusión (farmacias, navieras, cemento), o bloquear la competencia (pesqueras).
La señal de poner a un defensor de colusiones y monopolios en Hacienda es clara: más que promercado, este será un gobierno pronegocios.
Los gobiernos promercado emparejan la cancha, abren la competencia y permiten a los emergentes desafiar a los poderosos. Evitan los conflictos de interés y persiguen a los tramposos que rompen el fair play: los que se coluden, los que evaden impuestos y los que usan conexiones políticas para capturar a los reguladores.
Los gobiernos pronegocios, en cambio, dan más poder a los poderes económicos. Hacen la vista gorda con el dóping empresarial, protegen la posición de los incumbentes frente a los desafiantes y se hacen los lesos frente a los conflictos de interés. El que pone la plata, pone la música.
Y, tal como en su carrera de experto a honorarios, la agenda de Quiroz es la de los grandes grupos económicos: desregular hasta que duela, quitar dientes a la política ambiental, y bajarles impuestos del 27% al 20%, un gigantesco regalo tributario para el 0,1% que se compensaría con la motosierra de 6 mil millones de dólares de gasto público, un corte que Quiroz sigue negándose a explicar.
Así, las primeras señales de Kast son claras: la derecha económica maneja, la derecha política va al asiento trasero. Los pronegocios están al mando, los promercado quedan fuera.
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