Por Héctor SotoRepeticiones

La misma historia. Borges pensaba que los escritores, al final de los finales, escribían un solo libro. Lo decía no tanto en términos literales sino más bien metafóricos. Varios años antes que él, sin embargo, Francis Scott Fitzgerald pensaba algo muy parecido, pero esta vez en un sentido más literal: “A los escritores, por lo general, no nos queda más remedio que repetirnos –escribe en uno de sus ensayos–. Esa es la verdad. Tenemos dos o tres experiencias extraordinarias o intensas en la vida; tan extraordinarias y tan intensas que, en el momento de vivirlas, nos parece imposible que nadie haya sentido nunca nuestro asombro ni nuestra fascinación, ni que haya sido golpeado y destruido y salvado e iluminado como nosotros. Entonces aprendemos el oficio, algunos mejor que otros, y contamos las mismas dos o tres historias –bajo disfraces distintos– diez veces, quizás cien, siempre y cuando la gente esté dispuesta a escucharnos”. Tal vez en mayor medida que el común de los escritores, Fitzgerald escribió siempre a partir de lo que le tocó conocer y de su propia experiencia. Su primera novela, A este lado del paraíso, es resueltamente autobiográfica. Los malditos y los bellos, la segunda, recupera sus años de seducción y felicidad. El gran Gatsby, gran radiografía del llamado “sueño americano”, habla de un sujeto acechado “por el polvo engañoso que flotaba en la estela de sus sueños”, tal como Fitzgerald lo estuvo. Suave es la noche escenifica en gran parte su traumática relación con Zelda Fitzgerald y El último magnate, obra inconclusa, recoge su derrumbe emocional y creativo, pero también el quimérico porvenir que fue a buscar a Hollywood, que fue donde murió de un infarto cardiaco a los 44 años.
Inspiración latina. No es exactamente una tendencia, pero sí una práctica que se ha estado repitiendo: películas gringas que son reediciones de películas hispanas. En tiempo de déficits de buenas historias, una salida puede ser acudir a títulos que han triunfado en otras latitudes. ¿Para qué volverlas a filmar? Bueno, básicamente porque el americano medio es reacio a ver películas extranjeras. El caso más reciente es posiblemente La invitación, basada en una obra teatral del catalán Cesc Gay del año 67 y que él mismo llevó al cine el 2020 con el título de Sentimental. La película, que confronta a un matrimonio en crisis con una pareja vecina de costumbres libertinas, vale sobre todo por las buenas interpretaciones de Seth Rogen –que ya no es el sujeto inmaduro que interpretó en tantas comedias adolescentes en su juventud, sino un actor que ha ganado tanto en canas y carácter como en acidez– y de Olivia Wilde, aquí la esposa guapa, reprimida e insegura. Ella también es quien dirige la realización. Otros casos de usurpación, por llamarlos así: la fracasada versión con Julia Robert y Nicole Kidman de la exitosa cinta argentina El secreto de tus ojos; la fallida adaptación de 9 reinas, gran película de Fabian Bielinsky con Ricardo Darín, que protagonizaron Diego Luna y John C. Reilly en una anodina versión hollywoodense. Y, sin ir más lejos, la deslavada interpretación de Julianne Moore en Gloria Bell a partir de Gloria, uno de los grandes triunfos del cine chileno, aunque en este caso las dos realizaciones fueron dirigidas por Sebastián Lelio. Raya para la suma: más fracasos que éxitos.
Reelecciones. El general George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos, cumplió solo dos mandatos constitucionales, no obstante que existe consenso entre algunos historiadores en que pudo haberse reelegido cuantas veces quisiera. Pero no quiso hacerlo y de ese modo su ejemplo estableció el límite de solo una reelección. “Consciente desde el principio de la inferioridad de mis cualificaciones –dice en su carta de despedida–, la experiencia, a mis propios ojos y quizá aún más a los ojos de los demás, ha reforzado mis motivos para desconfiar de mí mismo; y cada día el peso creciente de los años me advierte más y más que la sombra del retiro me es tan necesaria como bienvenida”. Agrega más adelante en su Discurso de despedida, recientemente reeditado por la Fundación para el Progreso: “me consuela creer que, si bien la sensatez y la prudencia me invitan a abandonar la escena política, el patriotismo no me lo prohíbe”. No está de más recordarlo cuando Estados Unidos ha celebrado sus 250 años como república independiente. El único presidente que se saltó la costumbre de los dos mandatos fue Franklin D. Roosevelt. El escenario internacional en 1940 se estaba complicando y fue una de las razones que el mandatario adujo para aspirar a la presidencia por tercera vez, Después, ya en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, volvió a postularse y volvió a ganar, ahora por un cuarto mandato que no alcanzó a completar, pero que motivó luego una enmienda constitucional que recuperó, ahora por mandato de la ley, el notable legado de Washington. ¿Qué político hoy por hoy desconfía de sí mismo, en los términos en que el mismo Washington se acusa? ¿Quién, cumplida la tarea que se impuso, abandona el escenario por su propia voluntad? Washington tenia 65 años cuando en marzo de 1797 abandonó el cargo para volver a sus tierras en Virginia. Solo alcanzó a sobrevivir poco más de dos años: una neumonía le provocó la muerte a fines del 1799.
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