Opinión

RIP al ciclo woke (2011–2025)

Diego Martin/Aton Chile Diego Martin

La elección de José Antonio Kast marca algo más que un cambio de gobierno. Puede leerse como el cierre de un ciclo político y cultural que comenzó en 2011, y que definió buena parte de la conversación pública en Chile y en buena parte del mundo occidental.

En Chile, ese año quedó asociado al movimiento estudiantil. En retrospectiva, no fue solo una protesta sectorial, sino el inicio de una nueva sensibilidad política: una que puso en el centro la desigualdad, las identidades, la crítica a las élites y la impugnación de las instituciones heredadas.

Esa sensibilidad luego se conocería —de forma imprecisa pero extendida— como woke en otras latitudes, y como ñuñoísmo en la jerga santiaguina. Este ciclo combinó demandas legítimas de reconocimiento con un lenguaje que muchos percibieron como excesivamente moralizante o excluyente del disenso. Los liderazgos que emergieron entonces —y que hoy gobiernan hasta marzo de 2026— son hijos directos de ese momento.

Este no fue un fenómeno exclusivamente chileno. El año 2011 marcó un punto de inflexión global. La Primavera Árabe sacudió el norte de África y Medio Oriente; en España surgieron los indignados; en Estados Unidos, Occupy Wall Street, entre otros casos.

En We Have Never Been Woke (2024), el sociólogo norteamericano Musa Al-Gharbi combina análisis de encuestas de opinión, registros de protesta e incluso búsquedas en Google para delimitar empíricamente el comienzo y el declive del ciclo woke. El autor muestra cómo temáticas vinculadas al feminismo, el antirracismo o la diversidad sexual experimentan un alza significativa desde 2011. Un patrón similar se observa en la academia: proliferan papers, libros y programas formativos centrados en estas agendas.

El ciclo también se refleja en el aumento de protestas que registra el Observatorio de Protestas del COES en Chile a partir de 2011. Tras alcanzar un máximo en 2019, ese nivel de movilización comienza a declinar de forma sostenida desde 2020, lo que sugiere un agotamiento progresivo del repertorio movilizador.

Pero este no es el primer ciclo progresista de la historia. Al-Gharbi identifica al menos tres olas previas: la de los años 30, asociada a la expansión del Estado de bienestar; la de los años 60, con el movimiento hippie y los derechos civiles; y otra de menor escala a comienzos de los 90. Todas comparten un patrón similar: expansión cultural, hegemonía moral y, finalmente, una reacción conservadora significativa.

En el ciclo actual, esta reacción se expresa en el ascenso de fuerzas políticas que hicieron del rechazo explícito al lenguaje y a las prioridades woke uno de los ejes de su atractivo electoral, desde Estados Unidos con Donald Trump hasta distintas derechas populistas en Europa.

La historia sugiere que estas reacciones no son anomalías —y la elección de José Antonio Kast puede inscribirse en este patrón—, sino parte del ciclo. Cuando una sensibilidad se vuelve dominante por demasiado tiempo, amplios sectores comienzan a percibirla como distante, moralizante o desconectada de sus preocupaciones cotidianas. En Chile, ese punto de inflexión comenzó a hacerse visible en 2022, con el plebiscito de salida de la Convención Constitucional, que marcó el primer rechazo masivo a ese lenguaje y a esa forma de interpretar el cambio social.

Nada de esto implica que las ideas asociadas al ciclo progresista desaparezcan ni que carezcan de efectos duraderos. Muchas quedan institucionalizadas; otras reaparecerán más adelante, bajo nuevas formas y con nuevos lenguajes.

Tal vez por eso conviene recordar que ningún ciclo cultural o político es permanente. Así como el momento progresista iniciado en 2011 logró estructurar la agenda pública durante más de una década, también el ciclo que hoy comienza estará, tarde o temprano, sujeto a sus propios límites y a nuevas reacciones.

Por Naim Bro, profesor Escuela de Gobierno, Universidad Adolfo Ibáñez. Investigador, Instituto Milenio Fundamento de los Datos

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