Opinión

Ruina urbana

Sebastián Cisternas/Aton Chile SEBASTIAN CISTERNAS/ ATON CHILE

Antes, cuando se leían Heródoto, la Biblia y Gibbon, se tenía una idea de cómo Babilonia, Nínive o Roma se convirtieron en necrópolis. T. S. Eliot, en The Waste Land, describe Londres en 1922 como “Ciudad Irreal” (“bajo la parda niebla de un amanecer de invierno, / sobre el Puente de Londres la multitud fluía; / nunca hubiera creído que la muerte deshiciera a tantos”). Imagen dantesca que evoca a muertos convertidos en sombras que acuden a trabajar. Una pena que en este país de poetas nadie se haya hecho cargo aún de los centros de Santiago, Valparaíso o Viña. Señales hay de sobra de que nuestra degeneración actual sigue un curso similar.

Reviso el libro de Lewis Mumford, La cultura de las ciudades (1945), y me encuentro con un listado de descomposiciones en fases escalonadas: “La política se convierte en una competencia entre varios grupos para explotar el tesoro municipal y el del Estado…, cada grupo y cada individuo toma lo que se puede llevar… Aumenta el Lumpenproletariat que reclama su parte de pan y de espectáculos…, el pillaje organizado y el chantaje organizado constituyen acompañamientos ‘normales’ de los negocios y de la empresa municipal”. Finalmente, se desemboca en un desenlace esperable: “culto deliberado del salvajismo: invasiones de los bárbaros… Comienza el éxodo… Las ciudades se convierten en simples cáscaras… Los nombres persisten, pero la realidad se desvanece. Los monumentos y los libros ya no aportan significado alguno”. Lo último —que el conocimiento histórico también devenga en ruina— es signo inequívoco de que la civilización llega a su fin.

Me recordó a Los habitantes de una ruina inconclusa, anticipadora parábola de José Donoso. Sobre ese matrimonio burgués que vivía feliz en un barrio residencial, tipo ciudad-jardín, de los años 1980, hasta que le construyen un edificio en altura al lado, para peor, abandonado en estado de obra gruesa a causa de la recesión económica. Revisando un álbum de fotos de la Rusia zarista, se obsesionan con una masa creciente de gente rara, marginal, allí fotografiada. Jóvenes mendigos que, de repente, como si del mismo álbum se aparecieran, se “toman” la mole vecina y suman la pareja de ancianos a sus fiestas saturnales, en las que se invierten todos los órdenes: sociales, morales y cívicos. En el fondo, civilizatorios, si no fuera que el nuevo pudor progresista prohíbe el término. Al final, el hijo de la pareja compra la mole y echa abajo la casa de sus padres para construir un edificio gemelo.

Rem Koolhaas lo dice a su manera, refiriéndose a la modernización que nuestros progresistas nostálgicos de los 90 echan tanto de menos: “El ‘espacio basura’ es lo que queda después de que la modernización haya seguido su curso o, más concretamente, lo que se coagula mientras la modernización está en marcha: su secuela”.

Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

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