Por Guillermo Turner¿Se oye, padre?

Mediodía del viernes y el Salón del Arzobispado de Santiago, en plena Plaza de Armas, reúne a más de 300 empresarios y ejecutivos de las más importantes compañías. Han sido convocados por el cardenal Chomali para conocer la carta que les ha especialmente dedicado y escuchar mensajes halagüeños como “tal vez no haya mejor política pública que promover la creación de empresas” y otros más provocadores: “La reducción de costos y el aumento de la competitividad son objetivos legítimos, pero nunca pueden alcanzarse sacrificando la dignidad de las personas”.
Algunos de los asistentes confiesan que hace tiempo no venían al centro. Otros comentan que había preocupación por el contenido de la carta arzobispal, pero que los trascendidos en prensa les habían relajado la vena.
Porque la gran mayoría valora el rol del cardenal y su capacidad para reinstalar a la Iglesia en el debate público. Probablemente, muchos son genuinos creyentes y todos se levantan a orar al inicio del encuentro por “una sociedad más justa, próspera, solidaria y humana”. Porque así como existe la separación entre Iglesia y Estado, sería moralmente más difícil desligar los valores que se profesan de la labor ejecutiva. Pero tampoco es raro que, a veces, sospechen de estos curas que se ponen a hablar de economía o empiezan con esto de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja.
Su preocupación es comprensible: no es fácil resolver el reto de hacer empresa, lo que implica ser eficientes y rentables, con el llamado del arzobispo a dirigir “desde la justicia y el amor”. Efectivamente, pesa sobre los directorios un deber fiduciario que se traduce en la necesidad de conseguir retornos para los accionistas, algo que -como afiliados al sistema de AFP- nos termina importando a todos.
Pero el telón de fondo en esta convocatoria es la inteligencia artificial y su amenaza sobre el empleo. El contexto no podría ser peor: casi un millón de personas se encuentran desempleadas y la informalidad alcanza a un 27%, mientras la prensa informa sobre reducción de dotaciones en varias compañías. El desempleo juvenil bordea el 25% y el cardenal recuerda cuando le dijo a un joven en una población que debía esforzarse para devolver a la sociedad todo lo recibido y el muchacho le respondió: “A mí la sociedad no me ha dado nada”.
“El objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo”, dice León XIV en “Magnífica humanidad”. Algo parecido les mandó a decir el Presidente Kast a los empresarios hace un tiempo, pero apelando al patriotismo antes que a una cuestión moral. La carta de Chomali (que no es otra cosa que una bajada a la realidad local de la encíclica) va más allá y plantea también la necesidad de promover “un salario que les permita vivir dignamente”.
Ahí los datos tampoco son auspiciosos, con la mitad de los trabajadores ganando menos de $ 680.000 al mes y un 72% advirtiendo que no alcanzan a cubrir el costo de vida con sus actuales salarios (Ipsos), mientras les explicamos que el problema es la falta de productividad, pese a ostentar cifras nunca vistas de acceso a la educación superior. “Tener un cartón y no saber hacer nada”, resume Chomali.
“No existen empresas sanas en sociedades enfermas”, sostiene el cardenal, en lo que probablemente constituyó su frase más dura, pero que aborda el fondo del dilema. Porque no se trata de botar la plata ni renunciar a mayores rentabilidades. Se trata de pensar en el largo plazo -incorporando, incluso, “estilos de vida sobrios”, como propone el Papa- y asumiendo la dignidad humana como factor fundamental de la sostenibilidad. No vaya a ser que, una vez más, los sorprenda un levantamiento social.
Por años se ha considerado que la sostenibilidad se sustenta en tres pilares: económico, ambiental y social. Para cada uno se fueron creando estándares e indicadores y, aunque el pilar social dice relación con la promoción de la calidad de vida, la inclusión y la igualdad, el foco viró al relacionamiento con las comunidades vecinas.
La cuestión del empleo y los salarios quedó en manos de recursos humanos (aunque ya nadie lo nombra así, porque les empezó a sonar políticamente incorrecto) y sus encuestas de clima interno. Ahí la evaluación de los trabajadores respecto a la renta suele ser mala, pero los analistas se aferran a la creencia de que ese reclamo es normal, porque las personas nunca están completamente satisfechas con sus sueldos.
Pero una cosa es querer ganar más y otra es contar con un ingreso que permita cubrir las necesidades principales y no colgar de un delgado hilo cada vez que un hijo se enferma o toca pagar la matrícula. Por eso que el problema no se limita a la IA, sino a la promoción del desarrollo humano integral, con empleo de calidad incluido, horarios razonables y protección de la familia.
A eso alude el cardenal y quizás una respuesta ejecutiva, eficiente y comparable podría ser la incorporación de un cuarto pilar al desarrollo empresarial sostenible: la dignidad humana, con métricas, casos de éxito, rankings y premiaciones.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE

















