Opinión

Silencio de Dios

Hay cosas sobre las que uno nunca querría escribir. El aparente silencio de Dios frente a la muerte de una niña es una de ellas. Pero acabo de salir del funeral de la hija de un querido amigo, que murió a los 15 años a causa de un cáncer, y no puedo escribir de otro asunto. ¿Si a Dios no le importa que los niños sufran y mueran, qué importa el gobierno y la oposición, o la reunión de Trump con Xi Jinping? ¿Por qué cultivar cualquier tipo de esperanza?

Por cierto, esto es algo que pasa todos los días. Esto y cosas aún peores. Todos vimos a los niños asesinados por Hamas en Israel, y la brutal respuesta del Estado de Israel sobre la Franja de Gaza, que apila cadáveres de menores de edad. Todos vimos, en 2015, a Alan Kurdi, un niño inmigrante sirio de dos años, muerto boca abajo en una playa del mediterráneo turco. Todos recordamos la hambruna en Somalia a principios de los 90 y el 2010. Y, ahora mismo, hay una nueva alerta de que seis millones de personas están allá en peligro de inanición, la mayoría menores de edad. Algunas historias entre millones de otras, en Chile y en cualquier otro lado. El horror que golpea de cerca es una ventana a un horror tremendo que azota día y noche al mundo.

¿Cómo un amor omnipotente y misericordioso va a dejar que todo esto ocurra? ¿No sería sádico hacer pasar a las personas por un mundo así? Simone Weil, uno de los espíritus más brillantes del siglo pasado, no logró lidiar con este problema sin caer en el maniqueísmo. Es decir, sin creer que la creación, toda la materia, incluyendo nuestros cuerpos, era algo maligno, ideado por una deidad malvada. Y que el Padre mencionado por Jesús el Cristo era otro Dios, uno bueno, que quería liberar nuestra alma de esta prisión. Esto le permitía a Weil, además, darle una fuente griega, en vez de judía, al Dios cristiano.

¿Existe otra explicación posible? Sí, existe el camino del misterio, que parte de la base de que nuestra comprensión es limitada e imperfecta. “Vemos con opacidad, como a través de un espejo”, dijo Pablo. Algo vemos, entonces, pero distorsionado. Nuestra condición caída nos impide una comprensión total. Agustín, síntesis y superación de la patrística, desarrolla un pensamiento ambivalente: una cosa es este mundo, el siglo, y otra cosa es el otro, el Reino. Es fácil mirar este mundo en sus propios términos, pero no con los ojos del Reino. Cuando él lo intenta, muchas veces termina exagerando retóricamente, como cuando dice que se alegra por la muerte de un amigo. El punto de fondo es que los bienes temporales, siendo buenos, son apenas un reflejo imperfecto de aquellos trascendentes e infinitos. Que hay un sentido en que lo que conocemos imperfectamente acá y ahora nos prepara para la experiencia plena del amor. Y que nada del amor entregado y recibido aquí está perdido.

En el funeral de la hija de mi amigo leyeron el pasaje de Lázaro. En él, Jesús llora por su amigo muerto. En la cruz, no mucho después, levanta los ojos hacia el cielo y le pregunta al Padre por qué lo ha abandonado. Quienes creen que Jesús es Cristo ven aquí a Dios sufriendo pérdida, injusticia y abandono en la tierra. ¿Qué sentido puede tener algo así? ¿Qué aprende Dios con esto? ¿Hay algo sobre el mundo que viene que sólo puede comprenderse en el dolor de este?

Las palabras aquí comienzan a volverse resbaladizas. El artista, de hecho, tiene mayor facilidad para explorar el misterio. Así lo hace Leonard Cohen cuando, en la canción que le da el nombre a su último disco (“You want it darker”), enfrenta su propia muerte mirando el silencio de Yahvé con impotencia y rabia (“un millón de velas ardiendo / por una ayuda que nunca vino”), pero concluye diciendo: “Estoy listo, mi Señor”, mientras el coro repite “hineni, hineni”, “aquí estoy”: frase hebrea que expresa renuncia y entrega total a la voluntad divina. Así lo hace también Nick Cave, quien perdió dos hijos entre 2015 y 2022, en sus últimas composiciones (y en su libro de diálogos “Fe, esperanza y carnicería”). “Durante un duelo, dice Cave, uno se acerca al velo que separa este mundo del siguiente… Todo se ve tan frágil, precioso y exaltado, y el mundo y la gente en él se ven tan vulnerables, y aun así tan hermosos”.

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