Por Ricardo HurtubiaSuperlunes: lo barato cuesta caro
Cada “superlunes” es un recuerdo anual de que la movilidad urbana es un problema complejo, pero poco se habla de cómo la congestión que observamos es resultado, en gran parte, de que hay algo que hoy se percibe barato (o conveniente) pero que en realidad nos cuesta muy caro: movernos en auto.
A la mayoría de la gente esto le parecerá absurdo ¡si la bencina está tan cara! Sin embargo, estudios científicos (Rizzi y de la Maza, 2017) han estimado que el costo social promedio que genera un auto moviéndose en hora punta es de aproximadamente 0,5 dólares por kilómetro recorrido. Esto es por diversas externalidades negativas (ruido, emisiones, accidentes, desgaste de pavimento) pero principalmente por el tiempo de viaje adicional que se impone a otros usuarios a través de la congestión. A modo de ejemplo, para un viaje de 5 km de ida en la punta mañana y 5 km de vuelta en la punta tarde, el costo social sería de aproximadamente $9.000. Multiplique esto por 250 días laborales y por los cientos de miles de autos que hay en nuestras calles. ¡Son billones de pesos cada año!
Este costo social hoy no lo paga quien lo genera (el automovilista conduciendo en hora punta) sino la ciudad completa y, especialmente, otros usuarios de las calles, como los pasajeros de buses (que prácticamente no contribuyen a la congestión). No se paga en plata, sino en tiempo perdido (y “el tiempo es oro”). Este costo no alcanza a ser cubierto por el permiso de circulación ni por el impuesto pagado al adquirir un auto. Sólo el impuesto al combustible lo hace parcialmente, aunque de manera insuficiente pues en el mejor de los casos se traduce en un pago de $40 por km. Ni siquiera el TAG de las autopistas se hace cargo de estos costos sociales, pues su función es recuperar la inversión del privado al construir la infraestructura y debería ser más alto y recaudado por otras entidades si quisiera internalizar los costos sociales
En resumen, manejar es más barato de lo que realmente nos cuesta. Una consecuencia directa de lo anterior es un uso excesivo del automóvil y, en algunos casos, decisiones de vida que implican una movilidad totalmente dependiente del auto, derivando en un círculo vicioso del que cuesta mucho salir. Cada “superlunes” es un recuerdo de esto, donde miles de personas deciden moverse en auto sin calcular bien ni siquiera sus costos privados (quedar atrapado en un taco), menos todavía los sociales.
Hay una solución: la tarificación vial que se aplica en ciudades como Londres, Estocolmo, Singapur y, últimamente, Nueva York (Manhattan) y que racionaliza el costo de usar el auto, pero esta es una medida políticamente compleja de aplicar, si bien técnicamente correcta. Mientras tanto el camino a seguir es reducir ciertos privilegios no merecidos para el auto (por ejemplo, estacionar gratis o barato) mientras que se promueven políticas públicas e infraestructura que favorezcan a los modos de transporte que generan menor costo: transporte público, caminata y bicicleta.
Por Ricardo Hurtubia, Académico UC, Investigador Principal del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS)
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