Por Pablo OrtúzarYankee noodle

El 4 de julio recién pasado, Estados Unidos celebró 250 años de independencia (1776). En los términos de “El Federalista”, de Hamilton, Madison y Jay, se trata del aniversario de un experimento destinado a probar si los gobiernos populares podían sostenerse sin sucumbir al poco andar a las furias que se incubaron históricamente en las democracias. Dicho experimento fue el faro para muchos otros esfuerzos por fundar repúblicas populares alrededor del mundo, incluyendo el caso chileno.
Sin embargo, la celebración ha tenido un sabor amargo. Esto, porque Donald Trump no parece encarnar los valores que dieron origen a la república estadounidense, sino más bien lo contrario. El apresamiento del dictador venezolano Nicolás Maduro sólo para dejar a cargo del país a otra dictadora chavista, pero servil a Trump, ha sido bastante desconcertante. Toda la operación, de hecho, fue hecha en nombre del petróleo, confirmando las peores caricaturas respecto del poder internacional de Estados Unidos (un buen resumen de ellas se puede encontrar en “La quinta libertad”, de Noam Chomsky). Lo mismo ha ocurrido con el maltrato sistemático a sus aliados estratégicos alrededor del mundo, y la promoción de la idea de que todos ellos serían chupasangres de los Estados Unidos. El broche de oro de esta situación es la emisión de monedas con el rostro de Trump con la excusa de conmemorar la independencia, lo que viola el espíritu de la antiquísima legislación estadounidense, que prohíbe que los mandatarios se representaran a sí mismos en el dinero como si fueran reyes. Una brutal ironía.
Las esquirlas de esta hybris política han llegado también a Latinoamérica y a Chile. Para cercenar los vínculos de la región con China, Trump ha decidido acusar a los países que comercian con el gigante asiático de consentir el trabajo esclavo, imponiendo tarifas especiales de un 12,5%. Y también ha manifestado que espera que todos los países de la región expandamos nuestro gasto militar (en tecnología y armas norteamericanas), al igual que los europeos, a un 5% del PIB de cada nación. Esto, a pesar de que no existe nada equivalente a Rusia en nuestro vecindario, y tampoco tenemos algo así como una OTAN que dependa de Estados Unidos.
Chile, hasta ahora, se ha negado a escalar su gasto militar. Lo cierto es que no tendría sentido, considerando la situación de equilibrio en que nos encontramos con nuestros vecinos inmediatos. Sin embargo, es justamente ese equilibrio el que se ha visto modificado por las compras de armamento norteamericano (F-16) por parte de Argentina y Perú, lo que nos obliga a revisar nuestra capacidad disuasiva. ¿Es una política de Estados Unidos alterar los equilibrios militares en Centro y Sudamérica para impulsar su propia industria de armamentos? Sería algo tan peligroso como inmoral.
Si algo caracteriza al trumpismo es la búsqueda vehemente de ganancias de corto plazo poniendo en jaque vínculos y lealtades de largo plazo. Y lo que está haciendo con Chile no es la excepción. La conducta de Trump está degradando el poder blando de Estados Unidos en toda nuestra región: su influencia cultural y política necesariamente decaerán si se le termina percibiendo simplemente como un gigante egoísta y abusador. Y esto ya ha sido captado por China, que comienza a operar en la dirección contraria, buscando ofrecer su “modelo” como una alternativa para generar paz, prosperidad y bienestar compartido. ¿Un ejemplo? La editorial Hueders misteriosamente publicó este año un libro de Lu Quan traducido al castellano en China cuyo título es bastante autoexplicativo: “La modernización al estilo chino para la prosperidad compartida de todo el pueblo”. Al leerlo uno puede ver un esfuerzo, que seguro está recién comenzando, por disputarle a Estados Unidos la hegemonía cultural y política. Una lucha por mentes y corazones.
Si el faro de la defensa de la vida, la libertad y la persecución de la felicidad parpadea por voluntad propia, en un contexto en que la adhesión a los valores democráticos retrocede en todos lados, ¿no es obvio que el desarrollismo autoritario y paternalista chino, con su promesa de seguridades compartidas, vea una oportunidad para salir a venderse?
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