Del test positivo al diagnóstico de endometriosis: crónica de un aborto en shock
Yo solo quería entender por qué la alegría de ese test positivo se había convertido en miedo. Me dijeron primero que todo estaba bien, después que mi embarazo era inviable y que lo tomara como “una regla más”, como si el duelo se pudiera archivar con una metáfora torpe. Pero mi cuerpo siguió hablando y, entre camillas, ecografías y urgencias repetidas, apareció por fin el diagnóstico: endometriosis. En ese cruce brutal entre aborto espontáneo y enfermedad crónica entendí que mi historia no era una excepción, sino parte de una larga lista de mujeres a las que les enseñaron a aguantar el dolor en silencio. La endometriosis afecta aproximadamente al 10% de las mujeres en edad reproductiva en el mundo y sigue infradiagnosticada y subfinanciada.

Desde que me casé, aprendí a llorar de felicidad. Es una emoción tan única y honesta que no solo nace del amor hacia otra persona, sino también del amor hacia lo que se construye, sueña, busca y cultiva. Hace unos meses, esas lágrimas de alegría me invadían de nuevo: estaba de pie, temblando, con un test de embarazo positivo en la mano. Hoy esas lágrimas cambiaron de sabor: incertidumbre, miedo, angustia y ansiedad. ¿Lo perdí?
Transitar un aborto espontáneo sigue siendo un tabú. En mi caso, además, se cruza con ciertas etiquetas: soy joven, tengo menos de 30 años, pertenezco a una generación que muchas veces enuncia “no quiero ser mamá”; vengo de una familia de siete hermanas mujeres, seis ya adultas y solo una con hijos; vivo en Chile, uno de los países con menor tasa de fecundidad de la región. Sin embargo, yo ahora sí quiero ser madre. Y esa decisión también se juzga: “primero desarrolla tu carrera profesional”, “todavía eres muy joven”, “no hay apuro”, “el mundo está muy malo”, “la Era de la IA será catastrófica”.
Es cierto que esa última idea a veces me llena de dudas. Vivimos en una época atravesada por la incertidumbre tecnológica, donde todavía no alcanzamos a comprender del todo qué implicará la inteligencia artificial para quienes vienen después de nosotros. Y aun así, incluso con toda esa conversación en el aire, mi deseo de ser madre pesa más que cualquier pronóstico apocalíptico.
Cuando supimos que estaba embarazada con mi marido decidimos no contarlo. Teníamos miedo a que no llegara a buen puerto, esperaríamos un poco, sin imaginar que eso era exactamente lo que sucedería. Empecé con dolores tipo cólicos menstruales, un leve sangrado; quise creer que era normal, parte del primer trimestre, pensé. Cuando el dolor se hizo insoportable, fuimos a urgencias. Entré llena de miedo e inseguridad.
Me recibió una matrona. Le conté que me había estado controlando la hormona beta‑hCG y que no subía como debía, que estaba sangrando. Me pidió que le mostrara y luego salió del box. Después entró un ginecólogo: era la primera vez que me hacían una ecografía estando embarazada. Mientras él introducía el ecógrafo —un aparato que se siente como un tampón gigante— otros colegas se asomaban para hacerle preguntas, como si yo no estuviera ahí. En medio de todo, yo solo miraba la pantalla. La matrona volvió a entrar: “doc, dejé aquí el espéculo sucio”, pese a que había un área destinada para eso. Se quedó allí, mirándome, casi esperando el diagnóstico. Fue positivo, lloré. Lloré otra vez de felicidad porque se veía todo bien, estaba ahí. Mi marido sacaba fotos, también con lágrimas en los ojos. Por un momento creímos que el miedo se disolvía.
La indicación fue simple: me pasarían paracetamol intravenoso y luego me darían el alta, con controles posteriores de la hormona por si había habido un “error de laboratorio”. Todo se veía normal. Pero hubo cambio de turno. Entró otro ginecólogo, me preguntó qué me había dicho su colega. Dudé: ¿no estaba todo anotado en la ficha? Se lo expliqué. Me escuchó y disparó una frase que me dejó en blanco: “bajaste los pantalones para ver cuánto estás sangrando”. Shock.
Yo no entendía. Le expliqué que ya me habían revisado, que me habían hecho una ecografía, que supuestamente estaba todo bien. Que la matrona ya había entrado conmigo al baño, que me vio sangrar. Entonces, el nuevo médico sentenció: “tu embarazo es inviable, vas a tener un aborto espontáneo, pero no te preocupes, esto es culpa de la ciencia, piensa que es una regla más. Tu abuelita se enteraba que estaba embarazada recién como a los cuatro meses”. Lloré, ahora de pena.
¿Cómo es posible pasar tan rápido de la felicidad al derrumbe absoluto?
Cuando me entregó la licencia médica por “patología del embarazo”, añadió casi como un papeleo administrativo: “te sumé el GES dental para embarazadas para que puedas activarlo si quieres”. ¿GES dental para embarazadas?, ¿cómo iba a activarlo si iba o estaba cursando un aborto? Otro shock. Otra vez tuve que recordar que sí, no tendría un embarazo a término. Y entonces vinieron las preguntas que nadie contestó con calma: ¿qué significa?, ¿me va a doler más?, ¿es peligroso?
Días después fuimos al control que ya tenía agendado por el embarazo, esta vez en VidaMujer, un centro por y para mujeres. Volver a contar la historia fue imposible; las palabras se me quebraban. Ahí estaba mi marido, también roto, poniendo en voz alta lo que yo no podía relatar. La ginecóloga nos habló de la Ley Dominga, una normativa que obliga a los centros de salud a entregar un trato digno y acompañamiento frente a la muerte gestacional o perinatal. Nos la activó a ambos. El aborto ya se había completado de manera natural. Lo sabía, lo había visto cada vez que iba al baño y sentí cada dolor —comentó la doctora— son similares a las contracciones.
Entonces vino otra tarea: activar nuestras redes de apoyo. Contar que había estado embarazada, pero ya no. Y con eso llegaron los consejos que no pedimos: “si ya te embarazaste, podrás hacerlo de nuevo”, “eres joven, quizá no era el momento”, “la vida sabe porqué hace las cosas”, “aprovecha ahora, que después de una pérdida es cuando estás más fértil”. De algunas frases desconozco la ciencia.
Hablar de aborto, incluso cuando es espontáneo, sigue estando proscrito en el espacio cotidiano. No se cuenta porque tememos escuchar comentarios que nos hieren, o porque pensamos que será una noticia demasiado triste para los demás, cuando la tristeza más profunda la habitan quienes lo transitamos. Hoy, elijo algo que quizá suene egoísta: priorizar mi pena sobre la ilusión ajena. Apropiarme de este duelo para poder soltarlo.
Después reflexioné por qué decidimos esperar los tres meses para contar el embarazo, una noticia feliz, que buscábamos y esperábamos: temor de un aborto espontaneo. Y, este llegó. Fue súper duro contar que ya no estaba embarazada.
Los dolores no cesaban. ¿Por qué, si ya había salido todo? Tenía miedo y volvimos a urgencias. Otra ecografía, otro ginecólogo, la misma historia. De nuevo relaté en detalle el dolor. De nuevo mi marido sentado a mi lado, con su mano acariciando mi cara, intentando consolarme, preocupado, con miedo, tratando de ser fuerte. “Tienes endometriosis”, fue el diagnóstico. Por eso el proceso fue tan doloroso físicamente.
Sabía, en teoría, qué era la endometriosis, pero igual pregunté. Es una enfermedad crónica en la que tejido similar al endometrio crece fuera del útero, puede generar adherencias y provocar dolores intensos durante la menstruación, en el acto sexual e incluso al ir al baño, los dolores suelen ser incapacitantes. Se estima que afecta alrededor del 10% de las mujeres en edad reproductiva a nivel mundial. A pesar de esta prevalencia, condiciones como la endometriosis, el síndrome de ovario poliquístico o la menopausia reciben menos del 2% de la inversión privada en salud de la mujer, dentro de un contexto en que la salud femenina en su conjunto solo concentra el 6% del financiamiento.
La realidad de quienes vivimos con una enfermedad crónica es ruda, cara, llena de exámenes, tratamientos y decisiones difíciles. Es una vida con dolor que muchas veces se normaliza, se minimiza o se interpreta como exageración. Por eso me parece potente —y simbólico— que el cortometraje “This Is Endometriosis” de Georgie Wileman haya ganado este año los BAFTA 2026 a Mejor Cortometraje Británico, convirtiéndose en un hito para la comunidad de mujeres que convive con esta enfermedad en silencio. Que una historia así llegue a una premiación masiva no nos quita el dolor, pero sí nos da algo que el sistema lleva años negando: visibilidad.
En este mes en que se conmemoran el Día Internacional de la Mujer y el Día Mundial de la Endometriosis (14 de marzo), quiero insistir en algo básico y radical a la vez: escuchar el cuerpo, conocerlo, creerle. Cuidarnos no debería ser un privilegio, pero lo es; yo hablo desde un acceso a atención médica y a una red de apoyo que muchas no tienen. Por eso escribo: para ponerle nombre a lo que nos pasa, para decir aborto sin susurrar, para decir endometriosis sin dudas, para recordar que nuestros derechos reproductivos y sexuales no se agotan en una consigna de marzo, sino que se disputan todos los días, en cada consulta, en cada diagnóstico tardío, en cada dolor que nos mandan a aguantar en silencio, porque “es normal”. No, ningún dolor es normal ni debiese ser normalizado.
En medio de cada lucha personal, hoy quiero compartir una pincelada de la mía, desde el sentir: la de una mujer que tuvo un aborto espontáneo y, en ese mismo trayecto, recibió un diagnóstico de endometriosis, la que incluso tarda hasta 10 años en diagnosticarse. ¿Fui afortunada? Reflexiono. Mientras espero que la ciudad recupere su armonía, yo aún siento aquella camilla vacía y fría.
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