Hablemos de amor: renuncié por amor (a mí)
"Todos merecemos trabajos que entiendan que las personas no dejamos de ser personas cuando empezamos nuestra jornada laboral", dice la autora de esta columna.

Hace ocho años tomé una decisión que para muchos fue una locura. Renuncié a un trabajo estable como abogada. Renuncié al sueldo fijo, al contrato indefinido y a esa tranquilidad que todos celebraban cuando me preguntaban cómo me estaba yendo. Lo curioso es que, mientras todos pensaban que yo estaba dejando la seguridad, yo sentía exactamente lo contrario.
Vivía esperando. Esperando que llegara el viernes. Esperando las vacaciones. Esperando la hora de almuerzo. Esperando las seis de la tarde para sentir que el día, por fin, empezaba a ser mío. No era infeliz. Tampoco tenía un mal trabajo. Pero había algo que me pesaba todos los días: la sensación de que mi tiempo siempre le pertenecía primero a alguien más.
Recuerdo mirar el reloj una y otra vez. No porque quisiera trabajar menos. Lo miraba porque necesitaba recuperar la sensación de elegir. Elegir cuándo salir a caminar. Elegir si almorzar con calma. Elegir cuándo tomar vacaciones sin sentir que estaba negociando un favor.
Con el tiempo entendí que no estaba escapando del trabajo. Estaba buscando libertad. Por eso, cuando escucho el debate sobre las jornadas laborales y aparecen voces diciendo que reducir las horas hace a las personas menos productivas, siento que seguimos discutiendo desde el lugar equivocado. Seguimos midiendo el trabajo en horas, como si la presencia fuera sinónimo de compromiso. Como si permanecer más tiempo sentado en una oficina garantizara mejores ideas, mejores resultados o personas más realizadas.
Quizás la pregunta no debería ser cuántas horas trabajamos. Quizás deberíamos preguntarnos cuántas de esas horas vivimos sintiendo que nuestra vida nos pertenece. Porque el verdadero desgaste no siempre viene del exceso de trabajo. Muchas veces viene de la falta de autonomía. De tener que pedir permiso para llevar a un hijo al médico. De no poder acompañar a una madre. De organizar toda la vida alrededor de un horario que alguien más definió por nosotros.
No todas las personas quieren emprender. Y tampoco todas deberían hacerlo. Pero sí creo que todos merecemos algo mucho más básico: trabajos que entiendan que las personas no dejamos de ser personas cuando empezamos nuestra jornada laboral.
Ser independiente tampoco es una historia perfecta. Hay meses de incertidumbre, decisiones difíciles y responsabilidades que recaen completamente sobre mí. Trabajo mucho. Probablemente más que cuando era empleada.
Pero en estos ocho años también construí una empresa. Formé un equipo. He podido contratar personas y crear un espacio donde otras abogadas también puedan ejercer su profesión con más autonomía y flexibilidad. Y, a través de mis mentorías, acompaño a mujeres que quieren independizarse.
No renuncié para trabajar menos. Renuncié para que mi tiempo volviera a tener mi nombre. No renuncié a un trabajo. Renuncié a una vida que no era mía. Y qué lindo se siente estar escribiendo esto desde un café, con mi perrita acompañándome, esperando a una abogada que viene a conversar conmigo porque también está buscando construir una vida profesional que se parezca más a ella.
Hace ocho años yo fui esa mujer que dudaba, que tenía miedo, que no sabía si existía otra forma. Hoy tengo la fortuna de acompañar a otras a descubrir que sí. Y quizás ese es el regalo más inesperado de haber elegido mi libertad: darme cuenta de que una decisión que empezó como una historia de amor conmigo misma, terminó convirtiéndose en una oportunidad para que otras también escriban la suya.
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