Paula

Nancy Mamani Loza: La única mujer

De acuerdo al último Censo, un 11,5% de la población en Chile se identifica como perteneciente a un pueblo originario y más de la mitad son mujeres. Esta es parte de una serie de entrevistas que rescatan la voz de mujeres aymara -el pueblo más numeroso después del Mapuche-. Todas ellas son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara.

De los siete hijos que tuvieron los padres de Nancy Mamani Loza (44), ella es la única mujer. A diferencia de sus padres, Benito Mamani y María Loza, ambos bolivianos, Nancy nació en Chile, donde sus padres se conocieron, se juntaron y se instalaron, en uno de los tantos caseríos que forman parte de la comuna de Colchane, en el altiplano de la Región nde Tarapacá; Camiña. “Cerros grandes, verdes, llenos de verduras; choclo, zanahoria, betarraga, cebolla y ajo. Corría viento, había árboles de pera, corderos, conejos, cuyis”, describe Nancy al recordar lo que veía cuando se asomaba por la puerta de su casa, cuando no estaba tejiendo con su mamá y su abuela.

Desde chica mi madre y mi abuelita me inculcaron que una mujer sí o sí tiene que aprender a tejer, porque antes todas las vestimentas que se ocupaban eran tejidas por una. Y también el abrigo, las frazadas. Como mi mamá trabajaba día y día, mirándola aprendí”, recuerda Nancy. Si no observaba a su mamá, observaba a su papá; agricultor en el día, cordelero en las noches. “Mi papá trabajaba a diario la tierra, pero todos los tiempitos libres que tenía hacía la cordelería”, explica Nancy, cuando recuerda ese trenzado firme con el que su padre hacía las hondas que ataban a las llamas y las alpacas en tiempos de ceremonia.

En esos tiempos, recuerda Nancy, su madre no tenía que ir lejos para vender sus textiles. Sus mejores clientes eran las familias amigas y un par de agrupaciones de artesanía. “Desde pequeña vi que sus tejidos le generaban un ingreso. Yo seguí sus pasos y en la agricultura también”, dice. Como en la semana iba a la escuela, para Nancy el campo y la artesanía eran sus panoramas de fin de semana. También durante las vacaciones. “Mi mamá me decía que una como mujer tenía que hacer esto: nada de andar jugando, sino que aprender cosas para la casa, por ejemplo, a hilar”.

La única niña entre siete hermanos tenía trece años cuando tejió su primer cintillo, con una porción de lana de alpacas que su mamá pastoreaba a diario. “A los 14 años, como éramos tantos hermanos y había que ayudar en la casa, me puse a trabajar en Pozo Almonte atendiendo en un almacén o en la cocinería de un restaurante”, explica sobre esos días en los que repartía su tiempo entre Iquique y Pozo Almonte, mientras su familia aún vivía en Camiña. “Cuando llegué a Pozo atendía negocios, de ahí viene mi alma comerciante”, dice Nancy y agrega: “Mi mamá era comerciante, mi papá era comerciante y mis hermanos también lo son. Pero fue mi mamá la que me demostró que se puede serlo sin dejar el oficio textil. Hasta el día de hoy, si me entero de algún remate, llego y parto”, dice Nancy.

Fue en esos andares donde conoció a su pareja, cuando tenía 15 años, y como suele pasar cuando una mujer aymara se une a un hombre de otro lugar, desde entonces Pozo Almonte se convirtió oficialmente en su hogar. “Cuando llegué a vivir acá, mi cuñada al tiro me hizo ingresar a la agrupación, al Taller Achauta, de puras mujeres artesanas. Ahí empecé a comercializar mis tejidos”, dice. Por ese entonces también comenzó a sentir el peso de su propia historia. “Cuando chica nunca fui tan consciente de que yo sería la única que iba a heredar los conocimientos de mi mamá. Pero cuando me junté (con el padre de sus tres hijos) me di cuenta de que todas las cosas que ella hacía me las había enseñado solo a mí. Ahí se me vino el peso encima porque entendí que yo tenía que ser mamá, cocinar, tejer, hacerme cargo yo. sentí eso de ‘Soy la única mujer, tengo que tejer’. Pero la artesanía es un trabajo de la casa. Mi mamá me inculcó en el tejido y nunca nos dejó a las guaguas. Por eso yo estoy con la artesanía, porque no dejo de lado a mis niños”, reflexiona Nancy, quien pese a todas sus labores se las arregló para perseguir sus deseos: sacar su cuarto medio, aprender a tejer en cuatro pedales, ser parte de dos agrupaciones y una cooperativa de artesanía a la vez.

A diferencia de los tejidos que se hacían al interior, que se trabajaban en telar precolombino de cintura y cuatro estacas, en Pozo Almonte Nancy descubrió que el telar más común era el de lisos o pedales. “Era mucho más fácil”, dice hoy. La primera pieza que tejió en él fue una bufanda, y de ahí no paró más. “Luego fui haciendo piezas más grandes: ruanas, chales, ponchos y pieceras. En ese tiempo podía tejer hasta veinte piezas en un mes sin darme cuenta. A los niños les daba la comida, los acostaba y partía de nuevo a tejer. Era como un vicio. Me quedaba hasta la noche trabajando”, recuerda.

Cuando no estaba en el tejido, Nancy partía a rebuscárselas a la Zona Franca de Iquique. “Como siempre me gustó la ropa, me iba a la Zofri y camino de vuelta a Pozo Almonte vendía ropa y zapatillas. Eso lo hago hasta ahora, porque sé manejar distintos vehículos, mecánico y automático”. Nancy se ríe de ella misma. “Es que me gusta el comercio, nunca estoy tranquila, tengo tres hijos a los que eduqué y saqué adelante. Yo llevo esto en el corazón: el textil y el ser comerciante”.

Ese carácter busquilla la hizo darse cuenta que, a diferencia de lo que ocurría en los tiempos de su madre, donde la costumbre era hacer siempre las mismas piezas, ahora, en su tiempo, para atraer clientes había que tener siempre algo nuevo. “Los tejidos fueron saturando, porque todas las artesanas hacíamos lo mismo y se vendía poco. Así que ahí me atreví nomás a ir probando diseños, a mano alzada. Iba viendo cómo lo podía hacer con los colores, distintas formas”. En ese momento Nancy tenía veinte años. “Gustó tanto lo que hice que después seguí haciendo vestidos y ponchitos juveniles, porque me di cuenta, cuando por el comercio iba a Concepción o a Santiago, que muchas personas mayores me pedían vestidos y faldas de lana de alpaca. Ahí se me ocurrió ir probando, hacer diseños distintos en el telar, por ejemplo incorporando flores tejidas a crochet y encajes”.

Esta tarde, mientras la artesana repasa su historia, tiñe alpaca para seguir trabajando en pedidos. Sumerge el hilado en una olla con agua hirviendo, desde donde emana un olorcito a zipotula, hierba que recolecta en el altiplano de la comuna de Colchane con la que consigue el color mostaza. “Eso me gusta a mí de las hierbas, que al teñir con ellas siempre es un color nuevo; nunca queda igual”. Mientras revuelve el hilado en la olla, se queda en silencio, como si sus recuerdos se fueran a viajar por el paso de los años. “Ahora que tengo más edad, siento dolor de brazos. Ya me empieza a picar la vista, se me hinchan los ojos y con la lana me cambia la voz. No me queda otra que usar mascarilla y lentes”, dice Nancy y agrega: “Pero, ¿sabe qué? ¡Nada que hacer! A mí me gusta demasiado lo que hago”.

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Este testimonio es parte del libro Herederas de Isluga, publicado en 2021 por Fundación Artesanías de Chile (@artesaniasdechile), que recopila 18 historias de artesanas Aymara de la Región de Tarapacá. Todas ellas comparten una sabiduría donde se funde su relación con la naturaleza y sus ritmos vitales: son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara. Por el valor de estas historias, estos testimonios son rescatados por Paula.cl.

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